sábado, 28 de septiembre de 2019

Registro pictórico

Este proyecto no pudo haberse concebido sin la ayuda de Osvaldo Ibarra y Frida Ugalde, compañeros de la ENAT, quienes ofrecieron su tiempo y talento para cooperar con este proyecto. Asímismo, Nayeli Gutierrez y Vicente Romo nos hicieron el enorme favor de ayudarnos con los registros, tanto fotográficos como dde multimedia, por lo que nada de esto sería creíble sin ellos.

Ceremonia del 12 de Agosto en Ciudad Universitaria

El Zanate Danza (preparativos), foto por Vicente Romo


Maquillaje por Frida (preparativos), foto por Vicente Romo


Caperucita Roja (preparativos), foto por Vicente Romo


Zanate y Mariposa (conclusión), foto por Ana Fregoso


Capa de Mariposa (conclusiones), foto por Ana Fregoso

Vídeos disponibles en:

(movimiento de la capa de cardenal)
https://youtu.be/C7a8PcO7p5E

(360° de la Tortuga Mextli)
https://youtu.be/TSH8r5saaOw



Atento del 11 de Agosto en Parque México.


Osvaldo declamando (preparativos), foto por Nayeli Gutierrez


La capa roja (preparativos), foto por Nayeli Gutierrez


Aleteo (preparativos), foto por Nayeli Gutierrez


Mariposa (preparativos), foto por Nayeli Gutierrez

Registro de Peregrinación con los católicos en marzo


Vista de la Sierra de Guanajuato desde el santuario de Cristo Rey (ilustración), 30x23cm, Ana Fregoso, 2019


Cristo Roto, San José de Gracia, Aguascaliente (ilustración), 30x23cm, Ana Fregoso, 2019


Templo del Santo Niño de Atocha de Plateros, Zacatecas (ilustración), 30x23cm, Ana Fregoso, 2019


Fuente frente a la Basílica de San Juan de los Lagos, Zacatecas (ilustración), 30x23cm, Ana Fregoso, 2019

jueves, 22 de agosto de 2019

Culto a la Diosa

Tras el nacimiento de la consciencia, los seres vivos, de todas especies, tallas y colores, comenzaron a entablar lenguajes y relaciones, dando paso al nacimiento de las artes, la música, la danza y la belleza. Narraron de dioses, monstruos y fantasmas, establecieron costumbres, crearon rituales, e imaginaron historias.
El mundo se llenó de compendios y significados, de signos y objetos adorados.
Desde distintas partes del globo muchas civilizaciones de todas naturalezas se alzaron y perecieron, aún sin conocimiento de la existencia de los demás, pues la vida, etérea y limitada como se planteaba, exigía incluso a estos grandes organismos perecer en alguna ocasión, para darle cabida a otras formas de existencia después.
Los Moradores de bosque, hijos de los Artesanos, la selección natural, la magia y la hibridación, tomaron cuantas formas quisieron y se repartieron por toda la creación, Ellos, quienes mantenía contacto en todo momento con Eo, escuchaban del viento y la luna las historias de los seres que antes de nuestra era habían perecido, heredándolas a sus hijos para que no olvidasen jamás que dónde venían y en todo momento supiesen su lugar.
Madre Ha había establecido que la diversidad era la regla y el aprendizaje una señal del camino recorrido. Este mundo estaba hecho para permitir que sobre él todas las formas de existencia pudiesen residir, cada una con su tiempo, con su forma y su olor; cada una con sus ritmos, con sus normas y color. 
Así, todos los seres vivían en libertad, su única tarea era vivir, aprender, y pasarlo a los demás. Aquello, más que una competencia, era un acuerdo de mutua cooperación, donde todos los vivos con su existencia misma contribuían a mantener reverberante a la creación.
Todos había nacido para alguien más, habían nacido para ser en algún momento amados, y para proteger a los demás. Habían nacido también para morir, para alimentar al piso y asegurarse de que la vida pudiese seguir.
Entendían pues, que la muerte era una transición, de un estado activo a uno de hibernación. El cuerpo mismo venía de la tierra y a ella tenía que volver, para que esos recuerdos vivos se quedaran en ella y la vida misma desease nacer.
De esta forma el agua era agua porque eso deseaba ser, tenía la forma que tenía porque deseaba ver llover. Habitaba a los vivos para entender el movimiento, y habitaba a los cerros para entender el paso del tiempo. 
Los bosques eran bosques por el deseo de los vivos que en el pasado había fallecido dejando su cuerpo detrás, cargados de deseos de vivir y volver a habitar aquella faz. Los árboles nacían en la dirección en la que deseaban nacer, y morían deseando en este mundo reaparecer. Todos sembraban esperanzas que en vida no verían jamás, y regresaban de otras formas para los ciclos continuar.
Cualquiera con la capacidad de sostenerse tenía derecho a vivir, ser distintos y encontrar distintas maneras de mantener ese orden era lo primordial para sobrevivir.
La única regla era no romper los ciclos naturales que establecían el orden a gran escala, pues de quebrantarse habría muerte sin restauración, como en las extinciones anteriores, donde el desastre solo trajo caos y desolación.
Los vivos aman vivir conglomerados, las selvas y cordilleras están repletas de seres completamente amontonados. Es esa la naturaleza del habitar.
La consciencia era la capacidad de recrear los ciclos a voluntad, la presencia de Madre Ha es la creación y la magia, la constante reconstrucción. La capacidad de engendrar vida de la vida en la creación. 
Era por ello que amar a Madre Ha era amar a la vida misma, vivir sembrando vida para asegurarse de que ésta siga. En su nombre no se levantaban iglesias o templos, pues todo lugar donde la vida residiera era santuario o monumento.
Este mundo estaba hecho para andarse a voluntad, para verse, para vivirse, no para acumular. Este mundo existía bajo la expectativa de la experiencia y la creación, de la vastedad, del cambio, lo inconmensurable, lo diverso, el aprendizaje y la transformación.
Los Moradores del Bosque danzaban y cantaban en torno a Ha y sus Artesanos, pues las canciones, etéreas, hacía eco a las enseñanzas de los colosales hermanos. Su tarea, sabían ellos, era sencillamente vivir y andar, crear, amar, aprender y heredar. Ignoraban a las apariencias aunque les pareciera importantes, no era bélicos sino pacientes y tolerantes.
Entendían que sencillamente requerían vivir y sentirse tranquilos, cuidar de otros, cuidar del agua y cuidar de los ciclos. Era tan simple su existencia que se trataba de pueblos templados, de seres afables que entendían la diversidad de los pueblos y los trataban como hermanos.
Para ellos era más sencillo simplemente vivir en paz, pues aquellas habían sido las instrucciones de Madre para habitar sobre la faz. 
Rendían culto viviendo y asegurándose de que otros vivieran, tenían consciencia histórica y aprendían para evitar la guerra. No engendraban sino hasta estar seguros de poder criar adecuadamente, evitaban el abuso y la acumulación para mantener en calma su mente. Ambas cosas les causaban ansiedad, pues si pensaban en acumular cosas siempre deseaban tener más. Abusar de otros permitía a otros abusar también, de tal forma que sencillamente lo evitaban para sentirse bien. Era más sencillo solo andar más inmediatamente, conscientes de sí mismos y en paz con el resto de la gente. Era más sencillo soltar y seguir andando que cargar a cuestas con aquello que les hacía daño.
Soltar y seguir, vivir y fluir, como el agua, como el viento, como la vida misma.
Para ellos importantes eran el duelo y la sanación, pues ambas eran lecciones de cómo vivir sobre la creación. 
La expresión era meditada también, pues sabían que con sus palabras y gestos creaban significados que podían quedarse pendientes a través de los años. 
Entendían a las desgracias como algo casual, pues al estar plenamente conscientes de su entorno en su mayoría nada era personal. Si algo había que hacer debía de hacerse, estaban dispuestos a cambiar porque no podían entretenerse. La vida misma cambiaba en toda ocasión, no adaptarse significaría su perdición,
Nacían del suelo y a él volvían, se expresaban libremente pues la responsabilidad entendían.
Rendían culto viviendo sanamente y ya, pues nada más requerían para habitar esa tierra con consciencia y paz. Empatía era orden y mandato, en los buenos momentos y los malos ratos.
Mundano era el amor como sagrado era el dolor. El primero para existir en abundancia, en todos lados, como un hecho tácito expresado pero no mencionado. De esta manera al segundo se le podía hacer frente, de forma tal que entre todos sanaban a la gente.
Divino era todo aquello que vivía para mantener la vida, todo aquello que ayudaba a sanar al suelo y a las heridas. Divino era todo aquello que generaba en los vivos contento, que traía paz y aseguraba el alimento. Divino era aquello que aprendía, que generaba conocimiento y a los demás lo transmitía.
Divino era todo lo que deseaba vivir, digno para rendir culto, digno para sobrevivir. 

lunes, 22 de julio de 2019

Hijos del Hombre, hijos de la tierra


Por mí, por el futuro
Por mí, por el presente
Por nosotros, por el pasado
Soy fuerte, soy capaz, soy suficiente.

Mi piel de barro hablará por las generaciones
Sin raza un antiguo linaje, mestizos que oran canciones
Hijos de la tierra que al suelo venimos a proteger
Ofrendas al tiempo para la vida defender.

Hijos de la sierra que a la tierra venimos para cuidar
De las generaciones futuras que nuestros caminos han de continuar
Hijos de la tierra que a la vida venimos a resguardar
Los ciclos eternos que al todo dan continuidad

Pedimos a la lluvia saciar nuestra sed y a la tierra nuestra hambre,
Pedimos benevolencia al clima y consciencia a  nuestra Madre.
Oramos por la capacidad de ver aquello que escapa nuestro entendimiento,
Aprender para vivir y vivir para compartir el conocimiento.

Diversidad como regla y cambio constante
La vida retomando su paso cada día a cada instante
Muerte como proceso,  muerte como reintegración
Historias urdidas en el lienzo inmenso de la creación

Hijos de Madre nos hacemos llamar
Aquellos que a esta vida venimos a celebrar
A la pintoresca colección de seres y de experiencias
De formas, de colores, de lenguas, de consciencias

Hijos de Madre gritamos al viento
A la lluvia, al pasto, a la montaña, al mar
Hijos de Madre somos en todo momento
Para vivir, vivir y nada más

Hijos de la tierra nos hacemos llamar
Aquellos que con las manos al suelo hemos de sanar
Hijos de la sierra nacimos para ser
Nacidos para ser amados, nacidos para proteger

Dignos y fuertes somos animales
Somos ríos, somos bosques, somos manantiales
Hijos de la sierra, hijos de los volcanes
De los mares, de los lagos, de los manglares

Hijos de la sierra quemados por el sol
Morenos, oscuros, forzudos de buen corazón
Con piernas de raíces y brazos alados
Escamas en el cuerpo y los dedos emplumados

Hijos de la tierra somos aquellos que respiramos
Los que vuelan, los que nadan, los que andamos.

A lo largo de esta vida hemos aprendido
 que si hay cambio, hay camino recorrido
Del pasado se aprende si se quiere avanzar
Los dolores se resanan si se busca la paz

Cuida de otros, que otros cuidarán de ti
Cuida de otros para cuidar de mí
Cuida de otros sea cual sea su especie o color
Recibe ayuda y resana el dolor

Cuida de otros, así se irá el estrés
Cuida de otros para que todo esté bien
Cuida de otros midiendo tus acciones
Cuida de otros tomando decisiones
Cuida de otros cuidando al medio ambiente
Cuida de otros viviendo sanamente
Cuida de otros cuidando de ti
Cuida de otros cuidando de mí

Empatía y compasión
Fuertes estandartes de nuestra misión.
Antes humildad que apariencia
Vale menos el dinero que la consciencia

Si no puedo consumirlo, no he de producirlo,
Si no quiero respirarlo, no he de quemarlo
Aflige el dolor que estés dispuesto a recibir,
Que serás fuerte si aprendes a dar para sobrevivir

Agua que no has de beber, déjala correr
Pues Madre nos dijo que libres hay que ser

Vivir presente en la realidad
Presente de la vida y de la mortalidad
Presente del dolor, de las limitaciones
Presente del amor, de las transformaciones
Presente del cambio
Presente para mí.
Presente en el todo
Presente por ti.

domingo, 14 de julio de 2019

Ciclos biológicos: Orígenes

El inicio del tiempo en la Tierra/El Dios Rojo (ilustración del Libro Sagrado), 30x23cm, Ana Fregoso, 2019


En un inicio había nada, y en medio de esa imponente vacuidad, toda la materia existente yacía unificada. Dos fuerzas cíclicas equitativas y distintas, coludidas en la materia dormitaban, e inconscientes de su propia existencia, sencillamente reposaban, hasta que el tiempo se hizo lugar entre la inconmensurable oscuridad y tocando a la materia, la hizo despertar. La menor de las fuerzas se volvió consciente entonces, y desgarrando la paz quieta, inició una riña que dividió a los elementos.
En medio del silencio se inició una explosión, que repartió a la materia por todo el espacio alrededor, dividida, con ambas fuerzas en cada fragmento despedido hacia la infinidad. De pronto ya no existía más nada, ahora todo estaba poblado por estrellas, por nebulosas, por galaxias, donde la riña entre ambas fuerzas creaba caos, color y movimiento, iluminando de luces y colores todo el firmamento.
La tercera roca que giraba en torno a una estrella menor, hizo de su órbita un hogar para establecer su posición, y ahí, entre el material ardiente, ambas fuerzas equitativas se peleaban sobre la superficie incandescente. Inconscientes y sin forma, los dos seres competían por la posibilidad de sobrevivir, a sabiendas de que ambos no podían coexistir. Durante mucho tiempo el mayor de ellos, de una luz roja e intensa como las llamaradas, reinó en aquella roca volcánica, más con los siglos pasando poco a poco su guardia fue bajando, hasta que finalmente se durmió, dándole oportunidad a la menor de escapar de su ojo vigilante para recorrer alrededor.
Se admiró a sí misma en la superficie del agua, consciente de sí, y viéndose libre, deseó compañía más afable que su insufrible igual. Se comparaba y entre ellos no hallaba ninguna diferencia, ambos eran seres luminosos sin cuerpos pero con consciencia. Pensó, pues, que si una piedra partida creaba dos, dividirse sería de su problema la solución. Se sumergió así en el río, dividiendo su núcleo y aventándolo al vacío. Un ser de aguas, diferente de ella a su vez, tomó consciencia y con una voz cavernosa saludó al ser de luz amarilla, quien complacida le habló de sí. Entablaron una charla, la primera en la historia del errante, y sintiéndose cómoda con su creación, decidió crear otro ser hablante.
Se aventó así como así al cráter de un volcán, y dividiéndose nuevamente entre la piedra y el calor, dio vida a un ser magmático, vigoroso y errático de material rocoso y piroplástico. Los nuevos seres se saludaron con amabilidad, más al intentar tocarse, mar y magma se hicieron estallar. Qué curioso, pensaba el ser, que seres de un mismo hogar no pudiesen tocarse, mas no se detuvo por mucho, su mente retozaba, deseosa e inquieta, viendo qué más creaba.
Lanzó un cacho más de sí a la brisa vaporosa que de aquel contacto había nacido, y entonces dicha brisa le habló, saludó las damas y su camino continuó. Emocionada, quiso por crear más, y subiendo al firmamento, muchos pedazos viejos de meteorito y tierra comenzó a juntar. Finalmente se construyó un satélite grisáceo y espectacular, lo besó, llenándolo de caricias y afecto, hasta que un fragmento de su vida se desprendió, y la ente de la Luna finalmente despertó; saludó a los otros 3 seres que el ser de luz había creado, saludó a su creadora y echó a andar en torno a la gran esfera siguiendo a la brisa andar.
Finalmente, y ya en el cielo, el ser pensó que hacía falta algo que no pertenecía del todo al suelo, y enterrándose en la tierra estéril, llegó al núcleo del errante y ahí se dividió una vez más. El ser nacido del centro, lleno de amor y fraternidad, creaba atracción en el planeta que le daba cohesión a toda la vastedad, magnetismo y unificación, el campo que a todo le daba relación. Saludó el enorme campo magnético a la Luna al pasar, y agarrándose de las manos, cubrieron al planeta en su totalidad.
El ser de luz amarilla admiró a sus cinco creaciones con gran placer, estaba feliz de haberse compartido para crear más, ahora se sentía mejor acompañada y ya no estaría sola jamás. Sintió cansancio también, pues habiéndose fragmentado requería descansar y reponerse para estar bien. Decidió irse a dormir, no sin antes preguntar cómo se llamaban para recordarlo al despertar.
"Anzu", se hizo llamar el ser de aguas, de todos la mayor. "Gala", le dijo el magma. "Eo", anunciaron los vientos. "Suu", cantó la Luna. "Holo", le hizo eco el campo. 
"¿Cuál es tu nombre?" le preguntaron, más la ser amarilla no supo responder pues carecía de un nombre, nunca nadie la había llamado, nunca nadie la había nombrado. Bostezó.
"Ha", escucharon los seres elementales. "Madre, madre, madre" corearon. "Madre Ha", puntualizó la mayor. Esto al ser amarillo le agradó y así se nombró, Ha, y cansada se tendió en una cueva cercana a dormir. 

"¡Madre duerme, Madre duerme!", susurraban los cinco Artesanos, como Madre los apodaría después. Inquietos y ansiosos como lo son todos en su juventud, se dispusieron con sus enormes cuerpos elementales a explorar de aquel planeta toda la magnitud. 
Rocoso y caliente, explosivo, carbonizado y ardiente. 
Cada quién, ínfimo a su vez, partió en su propia dirección, asimilando a su cuerpo cada elemento similar que hallaba en la creación. Pronto ya no eran simples elementales sino complejas creaciones que se iban transformando, día con día y mes con mes. Madre seguía dormida y había mucho qué hacer.
Eo corría desprevenido por acá y por allá, atravesando valles, colinas y grietas sin más. Era salvaje e impetuoso, cargado de gases, terco, valiente y valeroso. Gala era así también, sólida, líquida, terca y pasional a la vez. Se miraron durante siglos darse humaredas volcánicas y ventiscas el uno al otro sin parar, y con el transcurrir del tiempo esto generó cambios al entorno.
Tanto ruido despertó al Dios Rojo que dormitaba por ahí, y viendo con desagrado lo que su hermana había creado, vio en aquellos dos una oportunidad para intervenir:

"...Gala y Eo se amarán con locura"


Madre Tierra y Padre Viento se amaban con tal locura que su sola unión causaba en todo el planeta estremecimiento. Una voz seductora, el hermano rojo, los había convencido en sueños de la existencia de la pasión, de la euforia desmedida, del romance, de la exageración. Y ambos cayeron embelesados en sus promesas de alegría y exaltación. 

Ventiscas calientes azotaban a cada hora del día cargadas de afecto y apego, era aquel un romance poderoso con la fuerza de mil desastres. Eo y Gala, con sus brazos del tamaño de ciudades, se envolvían mutuamente entremezclando sus seres tan distintos con tal terquedad que se volvían indistinguibles.

Desde la costa, Anzu observaba su cariño con los días crecer, entintando de colores el cielo y devastando los suelos sin reparo o medición, espinada muy adentro, en lo profundo de su corazón. El hermano Rojo le había hablado al oído, comparándola con la tierra magmática con zaña para hacerla sentir mal consigo, diciéndole que la vastedad volcánica era mejor; que el mar era introvertido y misterioso, y nadie querría explorarlo jamás, pues era incierto, inconmensurable, casi espantoso.
Ella, con su cuerpo de aguas inquietas era más bien insípida al lado de la vigorosa Gala, pensaba, cuya piel florecía con el magma y cambiaba para espectáculo de todos. Anzu era bella únicamente para sí misma y las maravillas de su interior no eran para nadie sino para sus ojos; aquel era el problema, se decía, y por ello nadie la amaría jamás. Suspirando, comenzó a preguntarse si tal pasión sería alguna vez el sentido de su existencia también. 
Partió al sur donde Gala reposaba en una cuna de lava perdida por ahí, intentando hablar con ella para consolar su sufrir. 
Silenciosa se acercó la tierra dormida, e intentando despertarla se recargó en el borde del volcán, sumergiendo por error un dedo en el rojizo fluido ardiente. De inmediato saltaron chispas y sus dedos se transformaron en mero vapor, aquel contacto era virtualmente imposible y Gala ni se movió. Apenas miró la columna blanca y tan pronto pudo, a su sueño regresó.
Frustrada volvió al norte de la gran esfera que era su hogar, y ahí se sentó sin muchos ánimos a ver a la tierra y al cielo besarse y hablar. Los días eran horas, los años apenas semanas, y mientras tanto Anzu, triste, sola se miraba.
Una buena mañana, sin embargo, se acercó a Eo y con voz dulce le preguntó:
"Artesano de los cielos, aquel de cabellos de ventisca, ¿podrías amarme y acallar a este corazón que suplica?"
"Lo siento, no puede ser, este cuerpo pertenece sólo a la tierra. No puedo amarte, hermosa marea", le respondió.
Decidida a ser amada pensó que si era a la tierra a quien sus afectos dirigía Eo, bien podría fundirse con ella para hacerse del amor que tanto deseaba y así lo comunicó, mas Gala se negó y pujando con terquedad, el mar arremetió contra los suelos ardientes. Grandes olas embistieron a Gala, quien casi incapaz de defenderse, sólo lograba alzarse y alzarse en enormes planicies, más la marejada era inmensa y por mucho que se alzara, no lograba salvarse de la tempestuosa Artesana.
Eo corrió con todo su ser, batallando entre agua y tierra, rogándole al mar que se detuviera, más Anzu ya no escuchaba, ya no razonaba, sólo embestía con letalidad al indefenso suelo volcánico, indiferente de su propio dolor, elevándose en amenazadoras columnas de vapor que evidenciaban que comenzaba a apagarse la magmática pasión de Gala.
Complacido por el conflicto, el Dios Rojos, que miraba a lo lejos, se echó a reír, y viendo que entre los hermanos se destruían, con mucha alegría regresó a dormir.
Aquella marejada amenazaba con terminar con la vida ardiente de Gala y con su pasional relación, hechos que la herían tanto en el fondo de su ser que causaron que se fragmentara su titánico corazón. Aquel centro ardiente, resultado de la pasión del romance y la tristísima traición de su hermana mayor, cobró consciencia propia e independizándose de los suelos, admiró detenidamente la situación:
Madre Tierra sufría un violento enfriamiento por parte del mar, y debía de defenderla y mantenerla ardiente a cómo diera lugar
"Mi nombre es Ka, madre", le dijo el magma a la tierra, "y yo te voy a proteger".
La titan del fuego corrió en el auxilio de Gala y uniéndose de ella, le dio calor para combatir a las rugientes olas. Entonces del suelo brotaron enormes criaturas como nunca se habían visto, de formas inimaginables, inconmensurables, con cuerpos de roca y corazones de fuego, altos e imponentes, con la fuerza necesaria para hacer frente a la incontrolable marea. Se aglomeraron en torno a la costa como una gran muralla de roca, manteniéndose estoicos como soldados.
El mar, rico y mineral, bañó días y noches enteras a los gigantes de piedra hasta que su esencia misma se mezcló con ellos, mas al cabo de un buen rato se cansó y sintiéndose derrotada, Anzu se volvió a sí misma y se sumergió con amargura en las profundidades, llorando día y noche sin parar, llevándose consigo toda el agua de regreso al mar, salándola de tanto llorar.
Gala se repuso del ataque para su propia sorpresa, ahora más fría y temblada gracias al tempestuoso mar, mas en su ser existía una grieta enorme que ni siquiera el amor de Eo podía sanar: La mayor de los hermanos no quería entablar conversación, y sintiéndose culpable, extrañando a las aguas, Gala lamentaba el incidente en lo profundo de su corazón.
 Suu, compasiva como puede serlo la Luna de plata, bajaba a cada momento a consolar al mar, atravesando ingrávida toda barrera que le ofreciera Anzu cruzar, cantando canciones en su oído, nanas para mecerla de acá para allá, lamiendo las costas para que dejase de llorar.
Mientras tanto Ka, el corazón de la tierra, preocupada, recordó en alguna ocasión haber tocado a la marea, y haciéndose de una buena idea a Eo propuso un plan: calentar el agua y en forma de bruma poderla llevar, había que reconciliar a las hermanas para que las grietas pudieran sanar.
 Así quedaron y Ka, haciendo usa de su enorme fuerza de titan, calentó a los suelos y a la mar, haciendo hervir el agua ocasionalmente para poderla cargar. Eo la abrazaba con su cuerpo sin forma, arrastrándola hasta Gala para hidratar su piel, trayéndole retazos de la marea que silenciaba para hacerla sentir bien. Así lo hicieron, días y noches sin parar, hasta que Gala estuvo tan llena de agua que por la piel la comenzó a exudar. Los gigantes de piedra, al ver a madre Tierra segura, se sintieron libres del mundo explorar, y con sus pesados cuerpos echaron a andar cargados de sal y minerales procedentes del mar.
El agua clara que exudaba por la piel de Gala le habló, saludándole con el afecto que de Ka también recibió. Su nombre era Ea, señor del agua dulce, de los saberes del corazón sollozante, y estaba ahí para consolarla y comunicarla con su hermana mayor. Sería el vínculo inquebrantable entre ambas, así se ofreció, para que pudieran tocarse sin ninguna agresión. Anzu seguía molesta más extrañaba a Gala también, y asomando de las profundidades acordaron hablar sin desdén.
Eo y Gala acordaron a su vez quererse con mesura para no crear más discordia, se tocarían a través de Ea y nada más, para detener las peleas y no cabrear al mar. En alguna ocasión cuando Anzu se hubo retirado al sur, se besaron como antes creando sin querer a Lu, el trueno, y de los titanes el tercer nieto.
Lo cierto es que al fin una cosa sí se dio, y es que por mucho que no pareciera, una parte del mar en el viento sí se quedó. 
Mientras ambos seres luminosos domrían, el mundo cambio en su totalidad, creando nuevos colores, paisajes y mezcolanzas que antes no habrían podido ni contemplar. Los siglos pasaron y el errante se llenó de texturas y formaciones varias, pues los Artesanos estaban ligados al errante y no hacían sino crecer y andar como parias. Más pronto que tarde su actividad invadió la totalidad del planeta, creando ciclos interminables como resultado de sus relaciones fraternales.
Al despertar, el ser de luz amarilla se halló con una distinta vastedad, todo se había transformado en su ausencia, de una roca incandescente, deforme e incierta, a una masa caótica, variada  y pintoresca. Mas al observarse en las aguas se vio exactamente igual, como sus hijos lo eran, ellos no habían cambiado, solo la inmensidad. Fue así que pensando se dio cuenta de que aquello no era lo único que podía haber, tenía que hacer algo más: seres finitos en terrenos siempre cambiantes, vivos como ellos pero no siempre iguales. Deseó que algo diferente de ellos siete poblara la inmensidad, valioso por tener una existencia limitada que pudiese cambiar. Más en todo el planeta no halló nada así, todo lo que había eran seres elementales conscientes de sí.
Desesperada, revisó acá y allá, e incapaz de crear más nada, se tendió en un acantilado a llorar. Su núcleo luminoso entonces se fragmentó, y escurriéndole de la cara, directo en el mar cayó. La luna, comprensiva, jaló del cielo una roca espacial, algo que no se hallaba en la tierra, con afán de ayudarla a mejorar. Pero nada la consolaba, la vida quería crear, y de mala gana, aventó la roca al mar. Los fragmentos de su núcleo ambarino se unieron a su vez con los de la roca espacial, creando seres ínfimos que comenzaron a poblar el mar. De esto ella no se enteró, y durante siglos en ese acantilado se quedó. Lloró tanto que sin querer cubrió de sí todo el lecho marino, donde finalmente con los años, la vida encontró su camino.
Harta, Ha regresó a dormir sin saber que por ella la vida comenzaba a surgir. Milenios después despertó para ver su deseo cumplido al fin: toda una gama de seres minúsculos poblaban las aguas, diversos y coloridos, nadaban por doquier, más había un problema y es que al finalizar su tiempo de vida, su fragmento de núcleo se apagaba también. Al cabo de un rato, pensaba, la vida se extinguiría y no había nada nuevamente en aquel lugar, y buscando quien además de ella pudiese tocar las lágrimas luminosas, sobre su sombra se puso a reflexionar.
Partió otro pedazo de sí y en su sombra lo envolvió cual papel, haciéndola surgir hinchada de suelo bajo sus pies; oscura e ingrávida, la saludó galantemente, a lo que ella respondió con simpleza, amablemente. La obesa sombra entonces se aclaró la garganta y se anunció con recato, “soy la Muerte” y sin más comenzó a hacer su trabajo: cuando un mortal perecía, a su alma debía de reacomodar, así su luz no desaparecía sino se pasaba a otro lugar.
Con todo dispuesto, los ciclos comenzaron a cambiar, y como lo había deseado, los mortales modificaban todo a su paso por la vastedad. Madre Ha estaba complacida, pronto todo el planeta estaría rebosante de vida. Con toda calma, exhausta tras haberse cedido por la mitad a la Muerte, regresó a dormir, y fue entonces que el otro ser de luz roja vio su oportunidad para resurgir.
El Dios Rojo observaba a tal atrocidad como el capricho de un infante que no sabe mantener sus juguetes ordenados en su habitación e insiste en regarlos por todos lados, reclamando el espacio como suyo.
Pensaba, pues, que  tenía derecho a destruir y a no compartir su energía con nadie, al contrario de lo que hacía Ha, él era el mayor, había despertado primero y aquella roca era tan suya como de ella, era lo más lógico del mundo; él mismo era un ser inmortal e incambiable, bello, unitario, suficiente, y quería un espacio similar para combinar. No entendía la terquedad por invadirlo todo, no entendía la necesidad de desaparecerlo a él también, de invadirlo, de ocupar cada espacio de la roca que era de ambos.
Ha era injusta, se había dividido y ahora sus hijos habían invadido absolutamente todo sin dejarle espacio para existir plenamente. Primero los detestables Artesanos que habían reorganizado al planeta y luego los insufribles vivos que amenazaban con redecorado. Nada le gustaba, se sentía justamente invadido y suficientemente indignado con la situación. Aquella cosa, la vida, era más bien como una enfermedad que debía erradicar.
Se acercó al mar y sumergió en las aguas el cuerpo, extrayendo de los vivos maliciosamente el ambarino fragmento de Ha. Anzu, percatándose de esto, a la Muerte mandó llamar pensando que aquella intervención fue un error, pues el Dios Rojo le era conocido y pensaba que era un agradable señor. 
La Muerte se materializó frente al Dios Rojo al instante, viendo con total desconfianza al hermano mayor de la magnífica Ha. Sabía que aquello no había sido un accidente, mas no quiso discutir, se interpuso entre él y los vivos para que no pudiese intervenir. 
El Dios Rojo se retiró de momento para intentarlo nuevamente después, mas la Muerte aparecía puntual para impedirlo en todo lugar, cada vez; no podía acercárseles sin verse impedido por el odioso gordo que resguardaba a la marea en todo lugar. 
Decidió atacar la situación de otra manera:
Primeramente habló con la marea, herida todavía por el romance de sus otros dos hermanos, haciéndola rabiar, le contó mentiras sobre la titan del fuego haciéndole pensar que algo se urdía en contra suya. La echó a pelear nuevamente con Ka, quien terca sencillamente le mandó químicos al mar para apaciguar la rabieta. Insistió nuevamente pero Ka la ignoró, y burlándose de ella, la alborotó. Tantos cambios de humor calentaron, enfriaron y revolvieron a Anzu sin parar, de forma que la vida en su interior comenzaba a mainar.
Viéndose exitoso, el Dios Rojo regresó a dormir, y en ese lapso de sueño la vida volvió a resurgir.
Sintiendo a la vida desparecer, Madre Ha despertó, llamando a Suu para que acudiera a solventar la situación. Anzu era terca, difícil de contactar, más Suu era templada y al final la logró calmar. Madre Ha dividió su corazón nuevamente, dando a la mar más almas para reabastecer de vivos al medio ambiente. Cansada por dividirse, regresó a dormir, y fue entonces que el Dios Rojo decidió salir.
Cuando despertó la vida seguía existiendo y haciendo una rabieta, quiso influenciar al Artesano del viento.
Sentose en un risco a esperar su pasar, y llamando su atención le comenzó a hablar. Le dijo que había escuchado a la marea quejarse nuevamente, hablando de retomar su arranque contra la tierra salvajemente. Explicó de esa manera sus cambios de humor y el descenso de la vida en el mar, díjole que eso a la marea no le importaba pues estaba planeando volver a atacar. Eso hizo enojar tanto al viento que haciendo uso de su fuerza elemental enfrío a toda la Tierra para inmovilizar al mar.
Así, la marea aturdida compacta se vio, incapaz de moverse o de hallar salida de aquella situación. Tanto frío la hizo retroceder y siendo parcialmente absorbida por Ea en forma de hielo, hicieron a los niveles del mar descender.
Cambió tanto el océano que gran parte de la vida desapareció, y viéndose exitoso el Dios Rojo solo se echó para atrás, observando con gran deleite los desastres que había desatado en aquella faz.
Muchos años pasaron en los que el elemental del viento se calmó, pues tras hablar con Suu entendió que todo había sido un error. Así pidió a Ka y a Gala ayudarlo a templar el ambiente para que Anzu fuera libre de retomar sus corrientes. El nivel del mar subió nuevamente, aniquilando sin querer a gran parte de la vida del territorio adyacente, y solo entonces Madre Ha volvió a despertar, preguntando por todos lados que había pasado para la situación enmendar.
Nuevamente se dividió y exhausta volvió a dormir, repartiendo su energía para que los vivos pudiesen existir.
El Dios Rojo no estaba contento, aquella vida tan vasta solo le causaba incomodidad y tormento. No entendía aquella terquedad por dividirse, cuando era más sencillo solo existir, consumir y divertirse.
Viendo que la vida dependía grandemente del mar, la mayor y de todos la más pasional, fue a ella a quien decidió atacar nuevamente, convenciéndola de que los atentados del viento eran evidente muestra de un odio enorme y ferviente. Herida por aquella afirmación, comenzó a alterarse, cambiando su propia temperatura y la calidad de sus gases. Así, nuevamente en su interior la vida junto con el amor de su corazón se extinguió, pues no soportaba ser odiada por sus hermanos al grado de causarle la pasada glaciación.
Fue a encararse con el viento quien culpable y confundido sin temor le respondió, alterando también sus gases terrestres a causa del conflicto, promoviendo también arriba en la tierra la extinción.
La pelea escaló a tal grado que Suu, intentando disipar el conflicto, les aventó varias rocas espaciales que orbitaban cerca de la Tierra, acrecentando así la crisis y contribuyendo sin querer a la extinción de más especies.
 De dicho evento el Dios Rojo se burló por años, pues le sorprendía lo ingenuos que eran aquellos Artesanos. Así de buenas volvió a dormir, y fue entonces que Madre regresó para los errores resarcir. Habiéndose dividido nuevamente, regresó a su sueño, dejando nuevamente la vida en manos de sus legítimos dueños.
Aunque la vida se repuso nuevamente, apenas sintiendo el cambio en la temperatura el Dios Rojo regresó, bastante molesto pues no lograba desaparecer la creación.
Así persuasivo hizo cabrear a Ka, asegurándole que el mar la odiaba debido a los pasados eventos y la quería apagar. Díjole, además, que los demás Artesanos la consideraban peligrosa y planeaban eliminarla de aquella faz. Ésta estalló a su vez, amenazando pasionalmente contra todos, cubriendo el cielo de columnas incandescentes y de ceniza volcánica a una buena parte del planeta. La ceniza contaminó al mar mientras que el carbono calentó al ambiente, su fuerza agujeró la capa de Holo haciendo del suelo un infierno ardiente.
Al Dios Rojo le gustaba el calor, y cándido y placentero, retomó su sueño con mucho fervor.
La vida por poco se apaga en este punto de no ser por su propia naturaleza resiliente. Cooperando entre todos, los Artesanos lograron estabilizar al planeta nuevamente. Fue entonces que recurrieron a Madre otra vez para que volviese a dividirse, y de esta forma el planeta volvió a recubrirse.
Ka sin embargo, seguía inestable y desconfiada, y casi sin ayuda de nadie volvió a desatar otra gran catástrofe. Murieron varios miles por igual pero aquella extinción no fue tan desastrosa como la que por su rabieta tuvo lugar.
De esta los vivos se repusieron casi sin problemas, pues ahora eran más fuertes y más resilientes los organismos y los ecosistemas. Los suelos eran tibios y vastos, lo que le permitió a los organismos adaptarse y sobrevivir, tras este evento hubo varios nuevos que se reproducían como si el futuro fuese únicamente morir.
Más tarde el Dios Rojo volvió a despertar, y viendo tan poblada a la Tierra no hizo otra cosa sino rabiar. Viéndose frustrado en todos sus intentos por reinar en aquella faz, subió a lo alto hasta el espacio y tomando un gran cometa lo aventó sin medición alguna contra el planeta, como un niño emberrinchado, terco, inmaduro y falaz.
Tal ataque directo cubrió al errante de polvo y devastación, asolando a los vivos y dando fin a buena parte de la creación. Este evento lo observó atentamente hasta sentirse contento, viendo morir a los organismos como no lo había hecho en sus anteriores intentos. Comenzaba a cansarle tal situación, y es que Ha no entendía que todo ello le parecía una aberración.
Todo cambiaba, todo era errante, todo se modificaba, nada era permanente. No le gustaba vivir así, al borde de la incertidumbre, viendo al mundo cambiar indefinidamente, ¿dónde tendría lugar un ser como él si siempre había sido el mismo desde el inicio de la historia?, no estaba dispuesto a convivir, a competir, a sentirse amenazado por aquella escoria.
Independientemente de todo aquella masa ya no le pertenecía sino a Ha, quien en su inteligencia se había dividido para conquistar. La devastación nunca era permanente, siempre había seres vivos que enfrentando los cambios del medio ambiente. ¿Dónde podría existir si no era así?, y es que Ha no lo había contemplado para nada a la hora de decidir. Y eso le cabreaba.
Nuevamente Ha despertó, pero harta de dividirse porque sí, a todos los Artesanos y a los tres titanes mandó a llamar, preguntándole a cada uno qué había pasado en aquel lugar. Así se dio cuenta de que las extinciones eran mayormente culpa del Dios Rojo, pues ese ser nefasto pensaba que podía hacer de la Tierra lo que fuese su antojo.
Habló detenidamente con sus hijos y sus nietos y les hizo saber que su misión era a la vida proteger. Debían de llevarse bien como hermanos, de otra manera no sería posible enfrentar al terrible villano. Su tarea era ahora no dejarse influenciar por él y controlar sus emociones, pues sólo de esa manera obtendrían poder verdadero para encarar todas las situaciones.
De esta manera Ha decidió encararse con su hermano mayor, pero por mucho que buscaba no lograba dar con él en ninguna parte de la creación. En su búsqueda anduvo por el eje ecuatorial del planeta, llenando de vida accidentalmente a toda la franja verde entre los trópicos alrededor, floreciendo estos debido a los minerales que se depositaron en la tierra gracias a las riñas de sus hijos, llenándolo todo de prosperidad y esplendor.
Así bien recorrió al mundo buscando a su hermano, conociendo su creación más detenidamente, convenciéndose de que lo más bello era formar parte del todo, desarrollando afecto incontrolablemente. Deseaba fundirse con la totalidad, pero antes debía de hallar al causante de las desgracias que habían azotado al planeta.
Anduvo por doquier sin suerte, dejando su corazón botado en todo terreno inerte. Inmediatamente todo volvía a florecer, haciéndola inmensamente feliz. Notó que el amor empleado para sanar era un acto de consciencia, por lo que contempló dotar a los vivos de dicha inteligencia.
Ellos con sus ciclos del carbono eran capaces de, con las generaciones, estabilizar al planeta, por lo que de ser más conscientes serían aliados importantes en esta casi-guerra.
¿Por qué ellos no eran así si compartían su fuerza original con los Artesanos?, ¿sería que estaban demasiado alejados de ella que no compartían sus dones?, dependían de los Artesanos para sobrevivir desde hacía generaciones, no así de Ha, no eran hijos propiamente suyos sino el resultado de varios procesos más.
Llamó a sus artesanos y se los hizo saber: los seres vivos requerían consciencia para no perecer.
“¿Consciencia?”, preguntaron, “¿cómo otorgar algo propio de los Artesanos a seres que existen así sin más?, fue la división de Tu ser entero lo que nos trajo a esta faz, ¿cómo darle a ellos el vínculo que tienes con nosotros?, ¿cómo dotarlos de intelecto, de cualquier modo?”
“Ustedes son conscientes pues están directamente unidos a mí, más ellos no lo son pues dependen de ustedes, de la tierra, para sobrevivir; tienen que estar sintonizados conmigo para obtener un pedazo de consciencia”, les respondió. “Descompondré mi existencia en energía, pura, fluyente, para que ustedes me repartan por el mundo y me unifique con el suelo nuevamente, de tal suerte que la consciencia sea algo asequible para cualquier ser, todo aquel que se alimente del suelo la podría obtener”.
A los Artesanos no les pareció tan buena idea, pues si Madre faltaba ya no habría cómo repoblar la Tierra. Ella les explicó que no sería así, y que si volvían a verla unificada sería porque la vida nuevamente habría llegado a su fin. No iba a desaparecer sino a repartirse, de forma que los vivos fuesen aliados para defenderse en contra del Dios malvado.
A esto quisieron objetar, pero Madre se veía tan dispuesta que al final nadie dijo nada. Había repartido tareas y no quedaba sino apegarse al plan. Provisionalmente Madre le encargó a Suu no parar de cantar, pues sus nanas arrudalloras podían dormir y calmar cualquier mal.
Así, cuando la vida se hubo recuperado, Madre se descompuso para unificarse con la Tierra. La tomaron como lluvia y bruma, repartiéndola por todos lados al azar, y dejándola caer en cada sierra, Suu se puso a cantar.
El Dios Rojo, fisgón se volvió consciente del plan, más de la nana de la Luna no se pudo salvar. Antes de darse cuenta se durmió, y así ingrávido sobre el suelo dormido se quedó. Mientras tanto Madre se unificaba con el todo, dando la posibilidad a la vida de resurgir de cualquier modo.
Con el tiempo varias criaturas interesantes tuvieron lugar, siendo los frutos de la consciencia, varios híbridos comenzaron a andar.
Cuando el lenguaje se hizo popular estas criaturas conscientes de todas formas y colores como los Artesanos, se pudieron comunicar, y heredando de ellos el conocimiento, la Tierra comenzaron a explorar. La mayoría entendía el funcionamiento de las cosas, participando de él activamente, en general no eran codiciosos, sanguinarios o indecentes.
Existían solo para vivir, haciendo eco de la sabiduría del todo cuya ley más básica dictaba que simplemente debían de existir. Su tarea era vigilar que los ciclos se mantuvieran constantes, de esa forma podría haber vida siempre en aquel errante. La regla de oro era la diversidad, pues se pretendía que la vida existiera de todas las formas posibles en la vastedad. La vida como tal era una experiencia que varios de los vivos ahora exploraban a consciencia. 
Antes de los hombres se elevaron y desaparecieron varias civilizaciones por igual, algunas cuyos descendientes existen hasta la actualidad. A esos seres humanoides, parientes lejanos, los llamamos moradores, monstruos, criaturas y espectros varios.
El humano, como tal, es un híbrido interesante producto de una casualidad:
Alguna tarde se lamentaba la serpiente de su propia condición, a sabiendas de que estaba condenada a arrastrarse sobre su abdomen sin poder conocer la vastedad del mundo. Pasaba por debajo de un árbol donde varios primates descansaban sin preocupación, balanceándose con sus largas extremidades entre los árboles sin ninguna precaución.
Sintió envidia pues ellos podían describir un mundo más grande que ella misma, que era larga, lenta y no sabía trepar ni caminar, por lo que decidió hacerse un par de manos como aquellas para el mundo explorar.
La serpiente sabía bastante de magia, pues ya antes había visto a varios seres conscientes nacer de la hibridación de varios animales. Los primates en especial eran buenos para hibridar, por lo que colocándose detrás de uno, comenzó a entonar una canción poderosa para unificarse con aquel otro animal.
Al terminar la canción escaló por su espalda, uniéndose con la columna del primate y extendiendo como raíces sus nervios por cada rincón de su cuerpo.
La serpiente, hija de la lluvia y del rayo, que viajaba bajo tierra y sobre el suelo por el igual, era la depositaria de mucha sabiduría animal, pues todo lo observaba. La intercambió con el primate por un par de manos para crear, accidentalmente logrando que se irguiera y comenzara a pensar.
El nuevo ser era particularmente habilidoso e inteligente, pues combinaba una gran capacidad motriz con una mente realmente potente. Las raíces de la serpiente en forma de nervios lo invadieron todo, llevando su conocimiento a cada parte de su ser, contactado las plantas de sus pies en el suelo con el cerebro de reptil que daba cohesión a todo el ser.
Se decía pues que si la serpiente tocaba plenamente la base del cráneo del ser humano, éste se volvía sabio y desinteresado, pues existía comunicación directa entre la tierra que sentían las raíces de la serpiente a través de la piel, y el cerebro de primate que dotaba de habilidad manual al ser. De lo contrario aquel era un animal inteligente y petulante, abusivo, estúpido, pero dotado de lenguaje.
El proceso de madurar por tanto es entender las consecuencias, razones y causas de todo alrededor, para asegurarnos de actuar sin afectar a otros por ninguna razón.
La consciencia se volvió el escudo contra el Dios Rojo, quien al tanto del plan de Madre, aún en sueños siguió planeando el despojo. Contaminaría la consciencia colectiva del reino animal y vegetal, de esa forma acabaría al mismo tiempo con la vida y son su insufrible hermana menor, que ahora habitaba los cuerpos de los animales de la creación.  


Audio: https://drive.google.com/drive/folders/1Ecx-zqbl4pUhaR3gIa6_VeP9PpvROazp




Los Dos Hermanos (acuarela) 1.5x85cm, Ana Fregoso, 2019.

viernes, 12 de julio de 2019

Sobre el Agua: La Tortuga Mextli


La Tortuga Mextli (modelado), 50x55x65, Ana Fregoso, 2019

Tras las batallas con el mar todos los gigantes de roca volcánica y alma de fuego, con sus cuerpos pesados, comenzaron a andar trasladándose de las costas hacia todas direcciones con gran lentitud.
El agua salada depositada en sus cuerpos, rica en nutrientes, los abandonaba en forma de bruma debido al magma de sus entrañas  ardientes, atrayendo a Ea, el titán del agua dulce, quien compadeciéndose del dolor que les causaba el calor en su propio interior, los fue bañando con lluvias durante siglos para facilitar su movimiento. 
El paso del tiempo y la fuerza del agua misma fueron puliendo sus formas hasta resultar en enormes criaturas esculpidas del suelo mismo, rocas lisas con patas y un largo cuello que andaban con gran pesadez y gran lentitud sobre el suelo estéril que poco a poco se fue enfriando por acción de las lluvias que ellas mismas atraían.  
Cuando la tierra se hubo enfriado y los gigantes hubieron andado, la vida vio su oportunidad para existir en el vientre de Anzu, diminuta al inicio y vasta después, poblándolo todo. Anzu estaba maravillada más Ha se hallaba dormida en alguna parte donde no la podía hallar, por lo que calló la noticia durante varios siglos. 
La vida evolucionó y se extinguió en diversas ocasiones durante las cuales, sin importar qué, los gigantes siguieron andando, llenando de nutrientes y lluvias al suelo. Con el paso de los milenios sus caparazones se fueron poblando de plantas y animales por lo que se volvieron bosques andantes. Los gigantes eran tan enormes y su andar era tan lento que a la lejanía se veían como texturas del suelo y uno debía de encontrarse a varios kilómetros de distancia para dimensionar toda su enormidad. 
Con el tiempo algunos de ellos se metieron al mar, otros tantos se conglomeraron en locaciones varias donde se tiraron al suelo a morir, dando paso a las cordilleras y grandes selvas, a los bosques nevados y a las sierras. 
Uno de ellos, tras la quinta mega-extinción, aprendió a volar y cambió sus enormes patas por alas albergando habitantes en su lomo. Otro más, negándose a morir, echó a nadar en el mar donde desarrolló aletas y dio lugar a una hermosa ciudad de coral sobre su caparazón. 
Un tercero, especialmente enorme, siguió andando y andando, acumulando en su interior una gran cantidad de agua dulce y en su exterior una gran cantidad de vida animal y vegetal. Los moradores del bosque seguían a aquella montaña que exudaba de entre sus piedras agua fría y fresca, dejando a su paso ríos que reverdecían la tierra y la volvían fértil. A su alrededor se establecieron pequeños pueblos y civilizaciones que se nutrían de ella y la montaña, consciente de ello, se paraba a dormir un tiempo para retomar su marcha después.

La Montaña flotante (ilustración), 23x30cm, Ana Fregoso, 2019


La Tortuga del Atlántico (ilustración), 23x30cm, Ana Fregoso, 2019

Así andando llegó a un gran valle donde una civilización se había asentado, La montaña estaba sumamente cansada, era más vieja que la vida misma y era tan grande y tan vasta que andar ya le costaba demasiado. Veía gustosa el tiempo en el que su corazón de fuego se apagase para descansar finalmente, pues sabía que volvería a andar entre los vivos pero de otra forma una vez que se apagase el magma en su interior. No temía a la muerte sino a la eterna vida de roca que parecía no tener fin.
Así, eligió ese bello valle como última locación. La población que ahí yacía era nómada y observando con gran curiosidad a aquella enorme montaña viva, de las últimas que aún andaban, se acercaron a explorarla. Estaba repleta de animales que podían comer y de plantas que podían utilizar. Exudaba agua limpia que podían beber y producía madera útil que podían tomar. 
Así se asentaron a su lado.
Primeramente cazaron. A la montaña esto no le extrañaba pues todos los animales cazaban. Más tarde cortaron madera, cosa que tampoco le preocupó demasiado pues crecería más. Después desviaron sus aguas para el cultivo, ¿qué más daba?, si la vida engendraba vida. 
Con el tiempo la población creció bendecida por aquel enorme animal al que rendían culto, pues sostenía su supervivencia casi en su totalidad. Lo respetaban y amaban, lo cubrían de flores, y la tortuga se sentía dichosa de no tener que morir en soledad.
Las lluvias eran constantes y la cosecha era buena, los minerales y los materiales eran vastos, todo era perfecto y así continuó durante muchos siglos en los que la población creció. No era un problema ya que los recursos alcanzaban inicialmente. Habiendo tanta abundancia, sin embargo, la población creció sin medida hasta que en un cierto punto comenzaron a escasear los recursos.
No era problema, pues había agua.
Hubo una época seca, sin embargo, en la cual Ea no llovió sobre aquel valle durante mucho tiempo causando una sequía prolongada que comenzó a acabar con la vida en los alrededores a excepción de la vida que se ocultaba sobre el caparazón de la tortuga colosal. Inmediatamente todos los animales y algunos moradores del bosque se mudaron a su caparazón buscando la vegetación que requerían para sobrevivir, convirtiéndose en presas del la civilización cercana quienes, a sabiendas de que la tortuga los abastecía de agua, la usaban como trampa. 
Con el tiempo aprendieron a evitar aquella civilización, migrando a regiones lejanas donde pudiesen sobrevivir, dando paso a que, con el tiempo, dejara de haber animales e insectos en aquella región donde abundaba el agua. 
Sin ellos los ciclos estaban rotos y los desechos de la población no regresaban a la tierra por lo que, para evitar tenerlos acumulados, comenzaron a aventarlos en los ríos para que la corriente los arrastrara lejos. Esto no le gustó para nada a la tortuga colosal quien, viendo la crueldad y la vanidad de aquel pueblo que se había adueñado del agua y cazaba a todo aquel que se acercara a beber, comenzó a cerrar los poros de su piel poco a poco para que el pueblo abusivo no pudiera beber y se fueran para que los animales volvieran.
Pero el pueblo no se detuvo. Viendo que la tortuga dejaba de exudar agua, dejaron de tratarla como deidad y en vez de ello comenzaron a amenazarla con talar totalmente sus bosques, sin embargo ella no cedió pues era más vieja que cualquiera de ellos y sabía que el bosque regresaría con el tiempo. 
Puesto que no cooperaba los hombres, se molestaron y comenzaron lanzar más desechos a los ríos para amenazarla, pues ya no respetaban al agua y habían crecido tan acostumbrados a su abundancia que su carencia ni siquiera figuraba en su imaginación. Estaban dispuestos a obtener aguas como fuese pues sin ellas sus cosechas perecerían, pero la tortuga  pensaba que eran malvados y no merecían el agua, pues debían de ser más humildes con la vida y no abusar de ella al grado de cazar en los abrevaderos. Y no cedió. Con esa amenaza se molestó más y cerró totalmente sus poros, dejando a secas al pueblo.
Así bien, los pobladores comenzaron a atentar contra la roca y haciéndose de palos y picos escavaron el cuerpo del gigante.  Al principio aquello eran cosquillas, pero como hormigas fueron llegando poco a poco a su interior donde dieron con el centro de roca y perforándolo, causaron una herida en la piedra de la cual sangraba agua. La tortuga no podía contener el flujo que de su interior fluía y sintiéndose herida, quiso huir, pero era ya muy vieja y había pasado tanto tiempo echada en aquel valle que ya no se podía mover, y así herida, se sintió a morir.
El agua corría limpia nuevamente, dando vida a las cosechas. Los pobladores entendieron entonces que podían modificar el paisaje al grado incluso de controlar el agua que fluía. Se sintieron dioses pues decidían sobre el destino de los seres vivos de todo el valle, y viéndose en poder de hacer cuanto quisieran con ese poder, cazaron y cultivaron hasta desgastar totalmente la tierra. Si la tortuga sanaba sus heridas, abrían otras sin cuestionarse. Contaminaban el agua a partir de cierto punto para que nadie pudiese beber de ella y así conservar su soberanía sobre aquella tierra seca para pesar de la tortuga, quien siendo causante de las desgracias comenzó a llorar.
de sus enormes ojos escurría agua dulce que los pobladores agradecían y bebían sin culpa ni recato, para ellos aquella tristeza era simplemente un riachuelo más. Pero la tortuga no paró de llorar. Sus heridas sangraban y su corazón dolía pues había traído muerte a aquel lugar cuando lo que había deseado era llevar vida. 
Debido al inconsolable llanto algunas heridas cesaron de sangrar, pues su vida se iba en la tristeza, y así el agua brotaba sucia de sus ojos, llena de metal y tierra, y nadie la podía beber pues quien lo hacía, moría. 
En vista de la falta de agua comenzaron a escarbar aun más en la roca, sacando agua cada vez más sucia y haciendo que aumentara el llanto del enorme animal. Al principio no les importó pero con el pasó del tiempo aquello se volvió insostenible. Así, siguieron escarbando y la tortuga siguió sufriendo y poco a poco, sin lluvias, su agua fue cesando al grado de incluso causar escacéz en el llanto del animal.
Un cierto día, sin embargo, los hombres llegaron a la vieja carne bajo la roca y pensando que bajo de ella se encontraba el agua, la perforaron igualmente, causando la muerte de la tortuga colosal, quien agradecida de que aquel suplicio terminara, cerró sus ojos de una buena vez y abandonó su cuerpo tras de ella.
Ya no volvió a brotar agua de aquel enorme animal.
Ea decidió llover entonces más siendo testigo de aquella desgracia prefirió vengar al gran animal y persiguió con sequías a aquella población. Se llevó toda el agua, incluso el agua sucia, y los dejó en un terreo árido de vientos secos. La población migró, más Ea, molesto, se llevó toda lluvia que se cruzara en el paso de aquella población. Los hizo pasar sed y hambre, los sumergió en la miseria pues ya no había más agua, toda la habían gastado y contaminado y poco a poco los fue matando.
Una vez se hubiesen extinto, regresó donde yacía la tortuga colosal y apiadándose de ella, llovió sin cesar cada día hasta que las plantas regresaron y los animales también. De nuevo la tortuga estaba rodeada de vida, de nuevo su cuerpo engendraba vida. 
El tiempo fue puliendo aquel cadáver de piedra hasta agujerar su caparazón descubriendo en su interior una gran cantidad de agua dulce y limpia, como un tesoro lleno de amor, hasta entonces oculto, que con los años albergó aves, peces y otros animales. La lluvias degradaron aún más al caparazón hasta hacer de sus restos óseos una cuenca enorme que acogía a un gran lago donde la luna, enorme, bañaba al suelo de luz en las noches, llenándola de canciones viejas.
"Mextli", bautizaron al gigantes difunto que aún tras su muerte era para aquella tierra un regalo que generaba vida.
Muchos años después esa enorme cuenca se conoció como la cuenca de México donde grandes civilizaciones de alzaron nuevamente, haciendo culto al agua.
 

La Tortuga Colosal (ilusración), 23x30cm, Ana Fregoso, 2019

El Inicio de la Vida en la Tierra (Mito Central)

En un inicio había nada, y en medio de esa imponente vacuidad, toda la materia existente yacía unificada. Dos fuerzas cíclicas equitativas...