Tras el nacimiento de la consciencia, los seres vivos, de todas especies, tallas y colores, comenzaron a entablar lenguajes y relaciones, dando paso al nacimiento de las artes, la música, la danza y la belleza. Narraron de dioses, monstruos y fantasmas, establecieron costumbres, crearon rituales, e imaginaron historias.
El mundo se llenó de compendios y significados, de signos y objetos adorados.
Desde distintas partes del globo muchas civilizaciones de todas naturalezas se alzaron y perecieron, aún sin conocimiento de la existencia de los demás, pues la vida, etérea y limitada como se planteaba, exigía incluso a estos grandes organismos perecer en alguna ocasión, para darle cabida a otras formas de existencia después.
Los Moradores de bosque, hijos de los Artesanos, la selección natural, la magia y la hibridación, tomaron cuantas formas quisieron y se repartieron por toda la creación, Ellos, quienes mantenía contacto en todo momento con Eo, escuchaban del viento y la luna las historias de los seres que antes de nuestra era habían perecido, heredándolas a sus hijos para que no olvidasen jamás que dónde venían y en todo momento supiesen su lugar.
Madre Ha había establecido que la diversidad era la regla y el aprendizaje una señal del camino recorrido. Este mundo estaba hecho para permitir que sobre él todas las formas de existencia pudiesen residir, cada una con su tiempo, con su forma y su olor; cada una con sus ritmos, con sus normas y color.
Así, todos los seres vivían en libertad, su única tarea era vivir, aprender, y pasarlo a los demás. Aquello, más que una competencia, era un acuerdo de mutua cooperación, donde todos los vivos con su existencia misma contribuían a mantener reverberante a la creación.
Todos había nacido para alguien más, habían nacido para ser en algún momento amados, y para proteger a los demás. Habían nacido también para morir, para alimentar al piso y asegurarse de que la vida pudiese seguir.
Entendían pues, que la muerte era una transición, de un estado activo a uno de hibernación. El cuerpo mismo venía de la tierra y a ella tenía que volver, para que esos recuerdos vivos se quedaran en ella y la vida misma desease nacer.
De esta forma el agua era agua porque eso deseaba ser, tenía la forma que tenía porque deseaba ver llover. Habitaba a los vivos para entender el movimiento, y habitaba a los cerros para entender el paso del tiempo.
Los bosques eran bosques por el deseo de los vivos que en el pasado había fallecido dejando su cuerpo detrás, cargados de deseos de vivir y volver a habitar aquella faz. Los árboles nacían en la dirección en la que deseaban nacer, y morían deseando en este mundo reaparecer. Todos sembraban esperanzas que en vida no verían jamás, y regresaban de otras formas para los ciclos continuar.
Cualquiera con la capacidad de sostenerse tenía derecho a vivir, ser distintos y encontrar distintas maneras de mantener ese orden era lo primordial para sobrevivir.
La única regla era no romper los ciclos naturales que establecían el orden a gran escala, pues de quebrantarse habría muerte sin restauración, como en las extinciones anteriores, donde el desastre solo trajo caos y desolación.
Los vivos aman vivir conglomerados, las selvas y cordilleras están repletas de seres completamente amontonados. Es esa la naturaleza del habitar.
La consciencia era la capacidad de recrear los ciclos a voluntad, la presencia de Madre Ha es la creación y la magia, la constante reconstrucción. La capacidad de engendrar vida de la vida en la creación.
Era por ello que amar a Madre Ha era amar a la vida misma, vivir sembrando vida para asegurarse de que ésta siga. En su nombre no se levantaban iglesias o templos, pues todo lugar donde la vida residiera era santuario o monumento.
Este mundo estaba hecho para andarse a voluntad, para verse, para vivirse, no para acumular. Este mundo existía bajo la expectativa de la experiencia y la creación, de la vastedad, del cambio, lo inconmensurable, lo diverso, el aprendizaje y la transformación.
Los Moradores del Bosque danzaban y cantaban en torno a Ha y sus Artesanos, pues las canciones, etéreas, hacía eco a las enseñanzas de los colosales hermanos. Su tarea, sabían ellos, era sencillamente vivir y andar, crear, amar, aprender y heredar. Ignoraban a las apariencias aunque les pareciera importantes, no era bélicos sino pacientes y tolerantes.
Entendían que sencillamente requerían vivir y sentirse tranquilos, cuidar de otros, cuidar del agua y cuidar de los ciclos. Era tan simple su existencia que se trataba de pueblos templados, de seres afables que entendían la diversidad de los pueblos y los trataban como hermanos.
Para ellos era más sencillo simplemente vivir en paz, pues aquellas habían sido las instrucciones de Madre para habitar sobre la faz.
Rendían culto viviendo y asegurándose de que otros vivieran, tenían consciencia histórica y aprendían para evitar la guerra. No engendraban sino hasta estar seguros de poder criar adecuadamente, evitaban el abuso y la acumulación para mantener en calma su mente. Ambas cosas les causaban ansiedad, pues si pensaban en acumular cosas siempre deseaban tener más. Abusar de otros permitía a otros abusar también, de tal forma que sencillamente lo evitaban para sentirse bien. Era más sencillo solo andar más inmediatamente, conscientes de sí mismos y en paz con el resto de la gente. Era más sencillo soltar y seguir andando que cargar a cuestas con aquello que les hacía daño.
Soltar y seguir, vivir y fluir, como el agua, como el viento, como la vida misma.
Para ellos importantes eran el duelo y la sanación, pues ambas eran lecciones de cómo vivir sobre la creación.
La expresión era meditada también, pues sabían que con sus palabras y gestos creaban significados que podían quedarse pendientes a través de los años.
Entendían a las desgracias como algo casual, pues al estar plenamente conscientes de su entorno en su mayoría nada era personal. Si algo había que hacer debía de hacerse, estaban dispuestos a cambiar porque no podían entretenerse. La vida misma cambiaba en toda ocasión, no adaptarse significaría su perdición,
Nacían del suelo y a él volvían, se expresaban libremente pues la responsabilidad entendían.
Rendían culto viviendo sanamente y ya, pues nada más requerían para habitar esa tierra con consciencia y paz. Empatía era orden y mandato, en los buenos momentos y los malos ratos.
Mundano era el amor como sagrado era el dolor. El primero para existir en abundancia, en todos lados, como un hecho tácito expresado pero no mencionado. De esta manera al segundo se le podía hacer frente, de forma tal que entre todos sanaban a la gente.
Divino era todo aquello que vivía para mantener la vida, todo aquello que ayudaba a sanar al suelo y a las heridas. Divino era todo aquello que generaba en los vivos contento, que traía paz y aseguraba el alimento. Divino era aquello que aprendía, que generaba conocimiento y a los demás lo transmitía.
Divino era todo lo que deseaba vivir, digno para rendir culto, digno para sobrevivir.