jueves, 20 de junio de 2019

Analogías de la Muerte (todos los seres vivos tienen alma)


La Muerte era una sombra obesa, alegre, hacendosa, piadosa y gruesa. Andaba por todo el mundo con moño y bombín, perpetuando los ciclos de la vida desde el inicio al fin.
Amaba tanto a Madre que deseaba salvar toda su creación, recibía cada vida como un regalo que almacenaba para asegurar su perpetuación.
Todas las almas de los vivos, valiosas por ser un pedazo de Madre a su vez, cumplían una función para los ciclos, permitiendo a la vida rehacerse con cada mes.
Sin embargo con el tiempo, la cantidad de vivos creció, y viéndose incapaz de supervisarlos a todos, los dividió en tres grupos para cumplir la misión: mientras unos vivieran los otros recolectarían las almas de los demás, y mientras tanto el otro tercio en espera, aguardaba su tiempo para regresar.
Ocurría de esta manera: la Muerte, consciente de que se acercaba de alguien el fin, mandaba un alma recolectora para darle la bienvenida a su nueva situación, donde la tarea del recolector era ayudar al alma recién fallecida a sanar para ganar su derecho a renacer. Durante el tiempo que fuese necesario le prestaría ayuda o consuelo, sin dejarlo escapar de su supervisión, de tal forma que ésta no fuese consumida por la tristeza o devorada por cualquier creatura hambrienta de la creación. Este proceso podía tardar horas, días o años por igual, la cuestión era que el alma fallecida encontrara la paz.
Si el alma fallecida encontraba la paz, el recolector habría cumplido su primera misión y ya tendría derecho de renacer en  aquella faz. Su segunda encomienda sería esperar la oportunidad de llevar a un alma de regreso a la Tierra y ayudarla a nacer, y una vez con eso terminado podía ocupar su propio lugar en el almacén.
Buscaría en la enorme estantería de la Muerte la zona donde se sintiese más a gusto, normalmente aquella donde sus almas conocidas esperaban también su turno. Encerradas en pequeños contenedores transparentes yacían separadas del resto del mundo vivo al fin, descansando sin cuerpos y sin recuerdos esperando su turno para resurgir. La Muerte, consciente de la incomodidad que representaba la soledad, agrupaba a las almas según sus propios deseos para ayudarlas a reposar, de esa forma la espera era placentera. Ahora el alma recién fallecida, habiendo encontrado la calma, sería el nuevo recolector encargado de ayudar a su vez a dos almas más.
Antes de encerrar a las almas en los contenedores para ponerlas en espera, la Muerte debía de quitarles todos sus recuerdos de la vida en la Tierra.
Los recuerdos hacen al alma grande, espaciosa, vigorosa, le dan identidad, y una vez sin ellos dicha imagen se desvanece y regresan a ser la lágrima ambarina que Madre lloró cuando la vida vio la luz por primera vez hacia una eternidad. Así de pequeñas las podía almacenar en sus grandes estanterías donde sólo tenían que aguardar.
Todos esos recuerdos regresaban al suelo como energía espiritual, llenado de misticismo y magia al mundo terrenal.
Algunos deliciosos los devoraba la golosa Muerte, hambrienta de afecto, amor y admiración, pues todos ellos eran muestra de Madre misma, rastros de su magnificencia, de su belleza, de su dedicación. Por eso estaba obesa, cándida y llena de energía, pues día a día se alimentaba de lo mejor que ofrecían la vida.
Durante las mega-extinciones, sin embargo, este ciclo se veía interrumpido, pues los fallecimientos eran más que los nacimientos preconcebidos. Cada que el Dios Rojo despertaba, una gran cantidad de vidas se acababan, y viéndose con las manos llenas los recolectores debían trabajar de más, pues no había más plazas para nacer en aquella faz. La recolección era tan rápida como la muerte misma, más el renacimiento era lento pues cada alma debía de sanar lo que había sufrido en vida.
Así pues, a temporadas se veía lleno el almacén.
A veces algunas almas jamás se recuperaban, transformándose en entes terribles que requerían de más energía vital para sobrevivir. A aquellos les llamaban sombras y la tarea de los recolectores era impedir que devoraran a las demás almas. Estas almas malignas rondaban la tierra, fieles a la naturaleza de su propia diversidad, de formas extrañas y variadas que los hacían difíciles de señalar.
Habían sido corruptas por el Dios Rojo, quien pendiente de toda oportunidad para intervenir, metía mano donde sentía que podía influir. No le gustaba la vida para nada, le parecía tediosa y desordenada. Prefería hacer que se autodestruyera a hacerlo posible por sí mismo, era perezoso, seductor, ocioso, dominante y promiscuo. Le encantaba el morbo de observar a la vastedad por sus manos perecer, por eso mismo intentaba lograrlo día y noche sin desfallecer. Le hablaba al oído a los vivos, convenciéndolos de ideas que inevitablemente los llevaban a su fin, y así se divertía viendo el autoconsumo tener ocasión sin parar de reír.
Aun así la vida siempre resurgía, sin importar los impedimentos, las intervenciones y las influencias, fuese de noche o fuese de día.
De esta forma la vida se perpetuaba debido a la cooperación de todos los vivos que ya en muchas ocasiones hemos tenido que pasar a la Tienda de Almas para poder nuestros ciclos reanudar.

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