La Muerte era una sombra obesa, alegre, hacendosa, piadosa y
gruesa. Andaba por todo el mundo con moño y bombín, perpetuando los ciclos de
la vida desde el inicio al fin.
Amaba tanto a Madre que deseaba salvar toda su creación,
recibía cada vida como un regalo que almacenaba para asegurar su perpetuación.
Todas las almas de los vivos, valiosas por ser un pedazo de
Madre a su vez, cumplían una función para los ciclos, permitiendo a la vida
rehacerse con cada mes.
Sin embargo con el tiempo, la cantidad de vivos creció, y
viéndose incapaz de supervisarlos a todos, los dividió en tres grupos para
cumplir la misión: mientras unos vivieran los otros recolectarían las almas de
los demás, y mientras tanto el otro tercio en espera, aguardaba su tiempo para
regresar.
Ocurría de esta manera: la Muerte, consciente de que se
acercaba de alguien el fin, mandaba un alma recolectora para darle la
bienvenida a su nueva situación, donde la tarea del recolector era ayudar al
alma recién fallecida a sanar para ganar su derecho a renacer. Durante el
tiempo que fuese necesario le prestaría ayuda o consuelo, sin dejarlo escapar
de su supervisión, de tal forma que ésta no fuese consumida por la tristeza o
devorada por cualquier creatura hambrienta de la creación. Este proceso podía
tardar horas, días o años por igual, la cuestión era que el alma fallecida
encontrara la paz.
Si el alma fallecida encontraba la paz, el recolector habría
cumplido su primera misión y ya tendría derecho de renacer en aquella faz. Su segunda encomienda sería
esperar la oportunidad de llevar a un alma de regreso a la Tierra y ayudarla a
nacer, y una vez con eso terminado podía ocupar su propio lugar en el almacén.
Buscaría en la enorme estantería de
la Muerte la zona donde se sintiese más a gusto, normalmente aquella donde sus
almas conocidas esperaban también su turno. Encerradas en pequeños contenedores
transparentes yacían separadas del resto del mundo vivo al fin, descansando sin
cuerpos y sin recuerdos esperando su turno para resurgir. La Muerte, consciente
de la incomodidad que representaba la soledad, agrupaba a las almas según sus
propios deseos para ayudarlas a reposar, de esa forma la espera era placentera.
Ahora el alma recién fallecida, habiendo encontrado la calma, sería el nuevo
recolector encargado de ayudar a su vez a dos almas más.
Antes de encerrar a las almas en los contenedores para
ponerlas en espera, la Muerte debía de quitarles todos sus recuerdos de la vida
en la Tierra.
Los recuerdos hacen al alma grande, espaciosa, vigorosa, le
dan identidad, y una vez sin ellos dicha imagen se desvanece y regresan a ser
la lágrima ambarina que Madre lloró cuando la vida vio la luz por primera vez
hacia una eternidad. Así de pequeñas las podía almacenar en sus grandes
estanterías donde sólo tenían que aguardar.
Todos esos recuerdos regresaban al suelo como energía
espiritual, llenado de misticismo y magia al mundo terrenal.
Algunos deliciosos los devoraba la golosa Muerte, hambrienta
de afecto, amor y admiración, pues todos ellos eran muestra de Madre misma, rastros
de su magnificencia, de su belleza, de su dedicación. Por eso estaba obesa,
cándida y llena de energía, pues día a día se alimentaba de lo mejor que
ofrecían la vida.
Durante las mega-extinciones, sin embargo, este ciclo se
veía interrumpido, pues los fallecimientos eran más que los nacimientos
preconcebidos. Cada que el Dios Rojo despertaba, una gran cantidad de vidas se
acababan, y viéndose con las manos llenas los recolectores debían trabajar de
más, pues no había más plazas para nacer en aquella faz. La recolección era tan
rápida como la muerte misma, más el renacimiento era lento pues cada alma debía
de sanar lo que había sufrido en vida.
Así pues, a temporadas se veía lleno el almacén.
A veces algunas almas jamás se recuperaban, transformándose
en entes terribles que requerían de más energía vital para sobrevivir. A
aquellos les llamaban sombras y la tarea de los recolectores era impedir que
devoraran a las demás almas. Estas almas malignas rondaban la tierra, fieles a
la naturaleza de su propia diversidad, de formas extrañas y variadas que los hacían
difíciles de señalar.
Habían sido corruptas por el Dios Rojo, quien pendiente de
toda oportunidad para intervenir, metía mano donde sentía que podía influir. No
le gustaba la vida para nada, le parecía tediosa y desordenada. Prefería hacer
que se autodestruyera a hacerlo posible por sí mismo, era perezoso, seductor,
ocioso, dominante y promiscuo. Le encantaba el morbo de observar a la vastedad por
sus manos perecer, por eso mismo intentaba lograrlo día y noche sin desfallecer.
Le hablaba al oído a los vivos, convenciéndolos de ideas que inevitablemente
los llevaban a su fin, y así se divertía viendo el autoconsumo tener ocasión sin
parar de reír.
Aun así la vida siempre resurgía, sin importar los
impedimentos, las intervenciones y las influencias, fuese de noche o fuese de
día.
De esta forma la vida se perpetuaba debido a la cooperación
de todos los vivos que ya en muchas ocasiones hemos tenido que pasar a la
Tienda de Almas para poder nuestros ciclos reanudar.
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