lunes, 27 de mayo de 2019

Sobre el Consumo: El Árbol del Desecho


Hace mucho tiempo, en una tierra lejana cuna de una gran ciudad, cada familia contaba con un ejido para cosechar. Había toda clase de semillas, frutos y plantas, mucho comercio, ríos lozanos y lluvias constantes.
A aquellas tierras iba cada año un comerciante durante el otoño para vender los frutos rojos que se daban en su región lejana, a un mes de camino de aquel lugar en las selvas lluviosas del sur. Transportaba en su carreta costales y costales de aquel manjar seco, que se vendían en la gran ciudad mejor que cualquier otro producto. Eran la golosina más popular, tanto así que al poco tiempo se acababan. Todos los años se esperaba con gran fervor su regreso, y era tan apreciada su mercancía que con el tiempo la gente había comenzado a tratarlo como familia.
Le daban frutos y plumas para agradecerle, siempre que pasaba por cualquier calle, lo trataban cordialmente. Sintiéndose muy cómodo el comerciante tomó una decisión estratégica: un año entero ahorró lo necesario y se compró una parcela en la ciudad, donde puso una casa y dispuso un jardín. Partió de regreso a tierras lejanas durante primavera y volvió en verano con un esqueje del árbol que daba los frutos rojos que a todos tanto gustaban y lo plantó junto a su casa, bien seguro y cerca del canal de riego que alimentaba el río cercano.
Todos los días lo abonaba sin falta, pensando que en unos poco años aquella  planta sería la fuente de su segura riqueza. Provisionalmente cultivaba la milpa y regresaba a sus tierras por frutos secos para vender, dejando a alguien a cargo en su ausencia para abonarlo en su lugar.
El árbol creció y creció y pronto se convirtió en un monumento enorme, una mata frondosa y de raíces anchas que se extendía cubriendo de sombra toda su casa. Una década pasó antes de que diera sus primeros frutos, que como lo esperado, fueron una sensación. Entonces el hombre, satisfecho, vio la recompensa por su esfuerzo y en aquella planta lo necesario para mantenerse durante la vejez.
Aquel árbol, que dependía totalmente del calor, floreaba todo el año en aquella tierra extranjera donde ninguna otra planta le impedía seguir creciendo. En la selva, animales e insectos todo el año lo picaban y solo con las inclementes lluvias del verano y los frutos de los demás lo dejaban en paz, más en aquel lugar no tenía predadores ni métodos de regulación natural, podía extenderse cuanto deseara adueñándose del canal de riego para saciar su sed. La abejas adoraban su néctar, y las aves también, en vez de nutrirse de su tierra o de su corteza lo ayudaban a crecer bien.
Mas no todo era perfecto en este cuento, y hubo un detalle que le falló: el follaje no era adecuado para abonar el suelo del que se alimentaba. Sus hojas y savia, compuestos de ácidos propios de la selva lluviosa, conservaban los desechos frescos impidiendo que regresaran a la tierra con facilidad. Tardaba muchísimo más que cualquier follaje en desaparecer, un mes o dos, tal vez. En su tierra natal todo el año era devorado sin parar de tal forma que los animales con su digestión, abonaban el suelo sin tantos problemas en medio.
Las especies locales se negaban a comer el follaje del árbol frutal, de tal forma que el hombre solo apilaba los desechos en la parte de atrás, junto al canal.
Fuera de eso las ventas iban de maravilla, y con la demanda creciendo su futuro pintaba bastante acogedor. La gente se acostumbró pronto a tener deliciosos frutos rojos todo el año, frescos, además. Aquél era un manjar de tierras lejanas que ahora podía probar cuanto quisieran; sin medida ni temor le compraban ramas enteras repletas de los frutos que ellos mismos no sabían cómo plantar, pues el comerciante era astuto y siempre se negó a hablar de sus cuidados.
Con los años el árbol siguió creciendo cual gigante, con sus raíces anchas como hombres extendiéndose por doquier, levantando el suelo, y devorando lentamente al canal también. El rico comerciante ni se fijaba, pues seguía siendo bastante popular su fruto. Familias enteras preferían comprarle que cosechar, era tal la delicia que otra cosa no querían probar. En las calles se recibía cordialmente al hombre, pues ahora que era rico podía pagarse cuantos lujos deseara: joyas, pieles y vasijas, de ellos era el mayor comprador, los artesanos lo adoraban, también las mercaderes que sus mejores semillas le guardaban. De la ciudad era ahora la celebridad, un hombre generoso, al parecer, pues invertía sus ganancias en complacer al pueblo también.
Empedraba las calles, arreglaba jardines, construía casas para los pobres con gran altruismo, el seguro ejemplo a seguir, todo un empresario con el que nadie quería discutir.
Mientras tanto junto al canal se juntaba la hojarasca ácida que no se desintegraba jamás, liberando sus jugos tóxicos en el agua para que recorrieran toda la ciudad. El viento a su vez, las arrastraba consigo y pronto ya estaban en cada recoveco, en cada edificio. Así, sin pudrirse, se acumulaban en las calles, y siendo las hojas desechos tan normales, las ignoraba constantemente el pueblo sin pensar en que aquello representaba un problema, solo se fijaban en sus frutos rojos y en su delicioso aroma.
Más abajo, siguiendo el río, los moradores del bosque hallaron la hojarasca en su camino. Desconocían esa planta, ¿pero qué hacía ahí?, siguieron los rastros río arriba hasta dar con el origen de aquel desecho tan peculiar, y andando, andando dieron con la casa del comerciante. Lo observaron varios días con curiosidad, hasta entender que aquel árbol era una aberración, una monstruosidad. Los animales no se alimentaban de sus frutos, solo de sus flores, y las demás plantas no crecían a sus pies, el suelo en sus raíces se erosionaba así como así y las hojas no se descomponían a su vez. Ese árbol era un enorme parásito en aquellas tierras, ajeno en su totalidad, y la gente lo aceptaba solo porque les proporcionaba placer y comodidad.
Hablaron con los citadinos, intentando hacerlos entrar en razón, aquel árbol debía de ser cortado o sería de todos la perdición. Varios los escucharon y se unieron a la causa, más el comerciante, viendo peligrar su fortuna, hizo abuso de su confianza.
Señaló a los moradores del bosque como anormales, los tacho de locos, de ignorantes, de irracionales; Los llamó salvajes e incivilizados, se burló de sus partes animales, se burló de sus orígenes, costumbres y opiniones, dijo que lo que saliera de sus bocas no serían más que maldiciones. El árbol era bueno, ¿y cómo no, si daba unos frutos tan deliciosos?, los equivocados eran ellos, y no aquel comerciante tan codicioso.
Convencidos, los citadinos optaron por obedecer a su vecino acaudalado, y echaron a los Moradores del Bosque de la ciudad, los tacharon de salvajes y les prohibieron nunca más entrar. Ellos se fueron con una sola advertencia:  si ese árbol se quedaba ahí sería para toda la ciudad una sentencia.
Los ignoraron y siguieron con sus vidas de la misma forma en la que ignoraban que el suelo bajo sus pies comenzaba a secarse.
El árbol monstruoso siguió creciendo sin control hasta ser del tamaño de un cerro. Ahora producía costales enteros día y noche sin cesar, y habiendo tanto producto a mano de obra mandó llamar. Contrató varios hombres por una paga diaria por cosechar, y con gente que cuidase de su fuente de ingresos, el comerciante solo se tiró a disfrutar. Con el árbol creciendo y extendiendo sus raíces sedientas por doquier, el suelo se desertificaba sin querer. Todo esto lo ignoraba pues podía remediarlo con abono y solo por eso no movía ni un dedo para arreglar la problemática central de su entorno. Ahora las hojas estaban por doquier, y la gente misma las tiraba en el suelo pues no sabían qué hacer.
Una época particularmente seca llegó, donde los ríos dejaron de correr, sin embargo aquello había pasado antes y no había por qué temer: había pozos de extracción de los cuales sacar agua, mas al abrirlos descubrieron con tristeza que incluso ahí escaseaba. Había, aunque poca, y lo mejor era racionarla de boca en boca. Esa temporada solo el árbol florecía, pues sus raíces profundas del agua del subsuelo lo abastecían. Esto no lo sabía la gente, quien ignorante, optaba por gastar sus dineros en frutos del árbol gigante.
Para regar las milpas trajeron agua de las lagunas cercanas, más alimentadas por el río contaminado de hojas acidificadas, mataban todo cuanto regaban. Nadie entendía por qué las milpas no germinaban y aquellas que sí, al poco tiempo cesaban; ya nada florecía en aquel lugar. Ni los animales se paseaban ni se escuchaba a las abejas zumbar.
En toda la ciudad solo había una fuente de alimento: el árbol rojo, la fuente de todo su tormento. De pronto el comerciante era un santo por compartir, todos lo preciaban por darles de comer para vivir.
El hombre se enriquecía descaradamente, abusando sin reparos de la confianza de la gente. En algún punto volvería a llover, se decía, y no habría por qué cortar su árbol. Más la temporada seca se quedó y pronto todo derredor se desertificó. Las gigantes raíces chuparon toda el agua y sin humedad en la tierra se secaba toda la sierra. Ya no llovía más, pues no había bosque que llamara a lluvia, no había sombra, no había insectos y escaseaban los animales alrededor, sin nutrientes nada podía crecer y toda la zona perdió su resplandor.
Al cabo de unos años la vida era insostenible y las familias fueron migrando, el comerciante rico era viejo y sencillamente se retiró a otras tierras a seguir disfrutando. Las familias más pobres, empleadas de aquel vil señor, no tuvieron para mudarse pues su paga era miserable y no tenían dónde quedarse y se quedaron ahí, a morir de hambre en esa tierra donde nada podía vivir. Muchos murieron en nombre de su negocio, pues no les daba más que lo indispensable para sostenerse, y los demás no alegaban pues cada quien tenía cosas más importantes en qué entretenerse. Otros tantos murieron años después pues los frutos rojos eran tóxicos a largo plazo también. Todo esto pasó pues el pueblo era comodino e indiferente, y debido a su desidia, en el proceso murió mucha gente.
 El árbol enorme ahí se quedó y sin gente que lo abonara y cuidara, sencillamente murió. Muchos siglos pasaron antes de que la tierra se repusiera, no como estaba antes, eso sí, pero al final volvió a resurgir toda la sierra. A esa zona no se acercaron humanos jamás, pues la acidez de la nueva tierra no les permitía ni pisar.


El árbol del desecho (ilustración), 23x30cm, Ana Fregoso, 2019

domingo, 26 de mayo de 2019

Bitácora del Proyecto: Genealogía Divina


La base de mi religión es científica y se justifica a través de la fantasía en un intento de conciliar lo racional (lo masculino, rígido, correcto, duro, científico, estadístico) con lo irracional (lo femenino, lo natural, lo fantasioso, la intuición, lo cíclico), porque la ciencia, la tecnología, la economía, la hegemonía, la colonización, todo eso nos ha controlado como población desde nuestros miedos irracionales hasta nuestros deseos más explícitos, y debemos consolar ambas nociones para llegar a un equilibrio y dejar de consumir. Lo irracional nos da fuerzas para vivir, identidad cultural e incluso herramientas para sobrevivir.
Nos han programado para desear todos lo mismo, para pensar que el trabajo es la solución de todos nuestros problemas, la meta a la cual llegar, que nuestra imagen es importante para darle ideas a los demás, que lo que tenemos entre nuestras piernas define rígidamente lo que debemos de ser, que el dinero es un recurso y no un medio, y que nuestras decisiones e incluso nuestra personalidad son únicas, cuando en realidad solo nos encierran en el individualismo.
Nada hay de malo en la diversidad, en la cooperación, no hay nada de malo en parecerse al otro, en la simpleza al vivir, al vestir. No hay nada de malo con las diferencias, las reales, no la aparentes. No hay nada de malo con desear cuidar, al contrario, opino que esa es nuestra misión en esta vida, sin importar las eras: cuidar de los demás.
Pero no, todos deseamos lo mismo o alguna variación: una casa lujosa, una cierta profesionalidad, la admiración de otros, una buena imagen, una fortuna que amasar, una buena jubilación, hijos, viajes, un perro (¿tal vez?), un carro y un jardín. O tal vez aventura en lo salvaje, y todo eso que nos anuncian en Discovery Channel, todos queremos ser alguna variable de Barbie o de Indiana Jones, ¿o negaremos que deseamos ser lo que pensamos que es más estable?, ¿y eso que es?, la normalidad, tener una familia nuclear, un carro, una casa y muchos gastos y deudas. Esa es la forma de vivir.
¿No hay nada más?, evidentemente sí pero no se nos ocurre cómo sería esa sociedad. Tememos que los valores cambien, pero, ¿saben qué?, van a cambiar. Quieran o no.
En fin:
Ha, que es la Diosa Madre de la mitología, la luz amarilla, representa la capacidad de reproducción de la vida misma, el milagro de que existan plantas en el asfalto, algas en los charcos, microorganismos por doquier. Ella es el hecho mismo de que haya vida donde la pueda haber.
Ella a su vez, tuvo seis hijos, Anzu (el mar), Gala (la tierra y su movimiento/la graveedad), Eo (el viento), Holo (el campo magnético de la Tierra/capa de ozono), Suu (la Luna) y la Muerte, a quienes apoda Artesanos. Algunos elementos que permiten la vida en la Tierra.
Anzu y Suu son amantes, crearon las mareas y a los hijos del mar y de la noche. Gala y Eo a su vez tuvieron tres hijos, los llaman titanes: Ka (el fuego y el magma), Ea (el agua dulce). Gala, además, tuvo un tercer hijo con Holo: Lu(el trueno). A su vez, la Muerte está tan enamorada de la vida que se queda con todo lo que ella le regale, cada fruto de su existencia, y lo reintegra. La Muerte y Ha representan los ciclos del carbono mientras que las relaciones entre los demás Artesanos son los ciclos del agua.
Los Dioses, a su vez, son seres humanos que lograron reencarnar, pues otros humanos los idolatraban y mandaban llamar sus almas. Tras muchas encarnaciones su identidad se pegó a dichas almas, y caminaban entre nosotros con capacidades divinas y todo. Esto tiene la intención de paralelamente bajar los mitos a lo humano y validar a todas las religiones por vez. 
Durante el enfrentamiento entre Anzu y Gala, Ka y Eo se unen con la Artesana de la Tierra para crear gigantes, criaturas de roca que se movían. ¿A qué les recuerdan?, a tortugas, por supuesto. Piedras con patas. Para esta mitología estos animales son importantes porque representan el pasar del tiempo debido a su longevidad. En la actualidad sólo sobreviven dos: la Tortuga Atlante que porta a la Atlántida y a las sirenas y que ahorita mismo se encuentra llena de plástico por nuestra culpa. Y la Montaña Flotante, una tortuga que cambió sus patas por alas y vuela oculta entre las nubes y en los huracanes. Con esto del calentamiento global les ponemos las cosas difíciles. Se supone que el Ojo del huracán existe para que la Tortuga Atlante pueda saludar con calma a la Montaña Flotante.
La más importante de este cuento es de hecho una que ya se murió, como la gran mayoría de ellas, pero que represento a través de un modelado en el que estoy trabajando: Mextli, la tortuga terrestre que caminó hasta morir en la Cuenca de México y cuyos restos óseos formaron los cerros que nos rodean. En esta mitología, vivimos en su interior descompuesto y el agua que solía estar aquí, es su sangre que nutre la tierra.
Los moradores del bosque o nativos, que son criaturas semi-humanas que nacen de las raíces de los árboles, son creaciones conjuntas de la evolución y la magia de los Artesanos. Hay variedades, desde arboreas, ninfas del árbol de Sae que se reproducen por polinización a falta de machos de su especie, hasta centauros, minotauros y toda clase de creaturas humanoides de cualquier mitología que se encuentren a su paso. También hay creaturas no humanas a las que apodo bestias. Agréguenle la mitología que quieran.
Mi creación preciada es un ser llamado cervata, la hembra del fauno, que es un animalito muy especial: para que un morador del bosque exista debe de haber una muerte de antemano la mayor parte del tiempo, es decir, cuando alguien muere es enterrado con semillas que germinan para que del cadáver nazca un árbol. Pasados unos años aparece de sus raíces adultas un nuevo ser, cuya primera prueba es escapar de su entierro para respirar. La hembra del fauno, sin embargo, es algo más bien premeditado, pues si se quiere que nazca una se tiene que enterrar al antepasado con semillas de arbóreas (también de mi creación) y así nace una hembra de primera generación, cuya descendencia son únicamente más hembras. Esta segunda generación de hembras puede dar a luz tanto a machos como hembras por igual, sin embargo evidentemente son escasas así que se les cuida bastante.
Representan la feminidad protegida y venerada, como se hacía antes, y su relación con la naturaleza. Es un tributo a la capacidad reproductiva de las mujeres y a su conexión con lo vivo en general.
Puesto que los árboles y el patrimonio vienen de la mano, los moradores no talan los bosques pues desconocen si bajo los árboles está o no criándose alguien. Su especie depende literalmente de proteger los bosques. Son una especie de analogía para hablar de los pueblos originarios.
El árbol de Sae es otro elemento importante, pues cada reino que prospera posee su propia semilla. Todas las religiones tienen un árbol sagrado y el de la mía nació de un chabacano. En alguna ocasión un monstruo hijo de los Artesanos amenazaba una villa cuando otro igual, pero femenino, lo mató. Lo enterró y en sus entrañas plantó un chabacano, que con los años dio paso al árbol de Sae, en honor a la brujita que lo transportó a tierras lejanas escondido en un pergamino durante las guerras. Este árbol cura a los enfermos y heridos, limpia el agua y el aire, y estar en contacto con él le permite a quienes lo cuiden hablar con los Artesanos. Es el árbol de la vida y representa una conexión directa con Ha y por eso se le venera.
En este cuento los relatos los contó Madre a sus Artesanos y ellos a nosotros. Eo trae las noticias de todos lados, se comunica mayormente con sus hijos, las aves, representantes de las canciones divinas. Por eso son importantes. Yo me caracterizo como cardenal rojo precisamente por eso.
Finalmente el malo de la historia, el Dios Rojo, aún no tiene nombre. Es una bola roja de luz que representa la devastación, lo desértico, lo que no puede germinar ni vida ni paz. Se supone que cada pedazo del universo tiene una fracción de ambas luces, amarillas y rojas, pero en cada planeta han tomado su propio color. El Dios Rojo representa los cambios climáticos y la devastación que impiden a la vida replicarse. Se dice que nos ha poseído si comenzamos a autodestruirnos, a los demás, o al suelo que pisamos.
Esta religión aboga sencillamente por la diversidad y la continuidad cíclica de la vida, y nada más. No se mete tanto con la moralidad. No hay cielo ni infierno, la Muerte cobra a las almas sus recuerdos por transportarlas, y así las despoja de identidad. Y sí, es obligatorio. La Muerte debe de ser para que la Vida exista. No son contrarias, son una misma. Lo más terrible es la devastación.
A lo largo de esta religión, el Dios Rojo ha contaminado de una forma u otra a alguno de los Artesanos y estos han acabado con la vida de la Tierra alguna vez. Dicho evento ha sucedido cinco veces, las cinco mega extinciones, y está por ocurrir nuevamente. Pero ahora las víctimas somos nosotros, invadidos por la codicia, autodestruyéndonos por nada.
La idea de esta religión solo es reincorporarnos pensarnos iguales para poder hacer un cambio, solamente. Es un llamado a unirnos. Es esquizofrenia social. No importa, la idea es que la gente sepa.
Todo esto lo ilustraré en un Libro Sagrado cuya portada bordé.  En realidad es un libro de Historia que estoy rayando bajo la idea de reescribir lo que sabemos del mundo, porque no nos vasta, nos estamos muriendo.
Los embajadores son arbolitos para regalar,  la idea es que la gente me ayude a reforestar.
El chiste de todo esto es hacerle entender a la gente con cuentos, que nos vamos a morir.
Hasta aquí mi reporte, Joaquín.

Bitácora del Proyecto: El Guión



Inicia la escena.
Se limpia el campo con hojas de palma y sal, posteriormente se trae a la deidad al frente y alrededor suyo se colocan las ofrendas.
En torno a la deidad, los sacerdotes se sientan a orar en voz baja.

Por mí, por el futuro
Por mí, por el presente
Por nosotros, por el pasado
Soy fuerte, soy capaz, soy suficiente.

Mi piel de barro hablará por las generaciones
Sin raza un antiguo linaje, mestizos que oran canciones
Hijos de la tierra que al suelo venimos a proteger
Ofrendas al tiempo para la vida defender.

Hijos de la sierra que a la tierra venimos para cuidar
De las generaciones futuras que nuestros caminos han de continuar
Hijos de la tierra que a la vida venimos a resguardar
Los ciclos eternos que al todo dan continuidad

El cardenal se pone de pie, gira hacia el público e inicia la narración.

En un inicio había nada, todo estaba oscuro y silencioso. No había noche ni día, no había dimensión ni distancia.
El tiempo, sabio, despertó de su sueño y tocando nuevamente a la materia dormida, la hizo despertar. Inmediatamente las dos fuerzas que la habitaban despertaron, e iniciando una inconsciente riña repartieron toda la materia por el universo. Ahora ya no había más nada, había luces, nebulosas y galaxias.
Vivimos en la tercera roca en torno a una estrella menor, donde hace eones, mucho antes de que hubiese vida para relatar este cuento, ambas fuerzas riñeron durante siglos  por la soberanía. El mayor era mañoso, abusivo y controlador. Se ocupaba de vigilar a la menor de ambos, intentando someterla en todo instante para asegurarse de reinar sobre esta roca, y siempre conseguía dominarla.
Milenios pasaron en los que distintas catástrofes tuvieron lugar sin casualidades en esta masa ardiente, cayeron meteoritos, y contento con el caos reinante, el mayor decidió dormir. Para estos seres de luz colorida los años eran apenas horas, por lo que el descanso duraba bastante. En ese ínter la menor aprovechó para escapar a su ojo vigilante y recorrer alrededor.
Era curiosa, impetuosa, y estaba profundamente molesta por haber sido tanto tiempo sometida, que estaba dispuesta a volverse independiente y alejarse de la mano aplastante de su hermano. Anduvo durante años y solo entonces se entendió sola, y deseó compañía.
Viendo que una roca partida creaba dos, figuró que si quería cambiar su situación debía de dividirse. Al apartar una fracción luminosa de su cuerpo, ésta se apagaba, por lo que decidió adherirla a la materia para evitar que aquello pasara, después de todo, la luz yacía igualmente contenida en el magma alrededor suyo, la materia contenía energía.
Halló agua y viendo en ella su reflejo, aventó el primer pedazo de su cuerpo a la gran masa líquida. El agua le habló con cordialidad, la llamó “Madre”.
Esto le gustó mucho al ser de luz amarilla y así se dispuso a crear más, añadiendo en cada uno más amor que en el anterior. Primero creó un ente de roca y magma. Luego, otro más de brumas y vientos. Rejuntó los fragmentos espaciales que en torno al planeta giraban y modeló a la Luna, a quien también dotó de un fragmento de su alma, y finalmente abrazó el corazón del planeta creando un ser más cuya fuerza daba atracción a todo.
Madre estaba feliz con sus cinco hijos, ya tenía con quien charlar, pero tanto se había fragmentado que su luz amarillenta parpadeaba. Debía de reponerse, recoger fuerza del suelo.
Volvió a dormir durante varios milenios.
En este periodo el hermano mayor, la luz roja, despertó nuevamente, alterado por haber perdido de vista a la luz amarilla. Anduvo en busca de ella e incidentalmente dio con los Artesanos, como más tarde los llamarían, y supo inmediatamente que eran creaciones de la menor, después de todo, su luz ambarina brillaba a través de sus cuerpos materiales.
Los observó varios milenios y notó que como su hermana eran pasionales, viscerales, impetuosos, volátiles y altamente reactivos, y viendo que eran mayoría, se le ocurrió que lo mejor era echarlos a pelear entre ellos para hacer que se destruyeran evitando ensuciarse las manos.
Habló primero al viento y luego al magma, haciéndoles notar lo peligrosos que eran el uno y el otro, pero ellos se miraban con admiración, no con cautela. No se generaban miedo en absoluto sino atracción, cuestión conveniente, pensaba el rojo, pues se podían auto-consumir entre ambos.
Cambió su estrategia y les mintió, asegurando que fundirse entre los dos era la mejor sensación del mundo, idea que a ambos agradó al grado de comenzar a devorarse sin miedo ni recato al poco tiempo, creando tormentas cargadas de gases y ventiscas ardientes a toda hora del día.
Esto llamó la atención del agua, quien pronto sintió celos, y viéndose rechazada por tierra y viento, arremetió sin piedad contra el suelo magmático en forma de enormes marejadas, enfriándola. 
El hermano rojo estaba tan contento con su hazaña que muy cómo se fue a dormir, seguro de que al despertar no hallaría más Artesanos sobre la faz de la Tierra.
A causa del enfrentamiento nació Ka, la titan del fuego, a partir del corazón herido del suelo magmático. Ella creó a los gigantes de piedra y corazón de fuego para proteger a su propia madre, los suelos.
El mar cesó su ataque y volvió a sí misma a llorar, derrochando tanta tristeza en el proceso que se saló el agua.
El viento, sintiéndose responsable deseó consolar a las hermanas peleadas, pues incluso la tierra se veía mal, y cooperando con el fuego, calentaron al mar para llevarlo en forma de lluvia a la tierra para reconciliarlas.
Tanto llovió que la tierra comenzó a exudar agua dulce por la piel, y ésta le habló también. Se llamaba Ea, el titan del agua clara, del corazón sollozante, y estaba ahí para conciliar a ambas hermanas.
Ea se transportaba a través de las tormentas como actos de amor del viento, el mar y la tierra, iluminando incidentalmente los contactos pasionales. El rayo se llamó Lu, el titan luminoso, quien marcaría con sus tambores las conexiones entre el cielo y el suelo de ahora en adelante.
Cuando la luz amarillenta de nombre Ha despertó, tantas cosas habían pasado que el planeta era ahora totalmente diferente. Estaba complacida, y deseaba crear más cosas, cosas que asemejaran al suelo. Vio en aquellos parajes cambiantes la posibilidad de la continuidad, de la presencia del tiempo.
Deseó seres que cambiaran como el suelo lo hacía, cuya existencia fuese limitada y valiosa, única y variable.
Intentó dividirse y crear más, pero lo que nacía eran seres similares a los primeros y no era lo que quería. Durante milenios trató de distintas formas sin conseguir nada.
Con el corazón roto se tendió con el mar a llorar, derramando en las aguas fragmentos de su alma  partida que le escurrían de la cara en forma de lágrimas. Tanto lloró que el agua se llenó de luz, ya nada la calmaba.
La luna le regaló una roca espacial que pasaba por ahí para consolarla, más Ha la aventó al mar sintiéndose desdichada, y se marchó, sin fijarse que sus fragmentos con los de la roca se fusionaban.
Tanto chilló que mejor se tiró a dormir, y en ese ínter la vida comenzó a existir. Al despertar había bastante, pero con el paso del tiempo notó que cuando ellos morían, como lo había deseado, su luz se extinguía sin reponerse, su energía podía ser contenida pero no sostenerse. Fue entonces que decidió que alguien debía de re-acomodar la energía para darle continuidad. Creó a la Muerte envolviendo la mitad de su alma en su sombra, y ésta juró proteger a los vivos con todo  su ser de aquel punto en adelante.
Madre Ha volvió a dormir, dándole oportunidad al Dios Rojo de resurgir. Éste vio con desagrado que sus planes de acabar con los Artesanos habían sido en vano y ahora había vivos también. Estaba enojado.
Ahora sí los echaría a pelear, que se pelearan tanto que la vida se extinguiera, así sin más.
En distintas ocasiones retomó su malintencionado, echando a pelear a los Artesanos con sus amados hermanos. Pelearon el viento, la marea y el fuego sin cesar, hubo tantas riñas que antes de nuestra era la vida casi se acaba cinco veces a causa de aquel terrible mal. Todas estas veces madre Ha se dividió, y donando de su alma, restituyó el orden.
Se volvió consciente tras la quinta tragedia que la culpa no era de tanto sus hijos como su hermano mayor, quien los echaba a pelear, y cayó en cuenta de que esto era muy propio de él. Era egoísta y manipulador, posesivo, no sabía compartir, no le gustaba crear ni descubrir.
Lo buscó molesta por todo el planeta, más no dio con él. Tanto anduvo que al final todo lo pudo recorrer, admirando ampliamente la vida que había surgido con el pasar de los años.
Los vivos habían modificado a través de sus alianzas todo el clima del planeta, sus texturas, su color, e incluso su temperatura. En conjunto eran tan poderosos como cualquier Artesano, como cualquier catástrofe, podían transformar la roca en su totalidad sin darse cuenta. Esto le dio a entender que si se volvieran conscientes de ello, podrían salvarse y salvar la vida de su planeta si conseguían mantener al clima estable conociendo sus ciclos.
Supo entonces que a lo único a lo que respetaban con fiereza sus hijos era a ella misma, y que su propio valor recaía en su consciencia, por lo que de yacer en cada ser vivo del planeta sus hijos los respetarían a todos por igual, y los seres vivos serían conscientes y podrían interceder para impedir que la vida se extinguiese aún si el Dios Rojo intentaba regresar.
Madre se transformó en bruma y ordenó al viento repartirla por doquier, para que la consciencia yaciera en el suelo y cualquiera pudiese obtenerla. A los Artesanos les encargó cuidar de los vivos a como diera lugar, para que ellos pudiesen seguir existiendo en Su nombre.
La lluvia sagrada cubrió con las estaciones a todo el planeta, adhiriendo la consciencia a la tierra de la cuál todos, de una forma u otra, se alimentaban.
Los vivos se volvieron conscientes a partir de aquel punto y aprendieron a hablar, muchas civilizaciones se alzaron y perecieron en el lugar. No había problema, era parte intrínseca de la vida, de vivir y de existir, el cambio constante y el conocimiento compartido eran las reglas de la supervivencia y la supervivencia brillaba por su propia permanencia.
Mas el Dios Rojo en algún punto despertó nuevamente, furioso de ver cómo fallaban sus planes. Finalmente resolvió hablar con Ha para reclamarle por la re-decoración planetaria y el sobrio hecho de no haberlo considerado en ninguna etapa de las decisiones que concernían a ambos, pues el planeta era de los dos, pero no dio con ella en ninguna parte y más tarde se enteró de sus planes.
Ahora ella yacía esparcida por doquier, en la consciencia de los vivos, y si quería rejuntarla debía de asesinarlos también. Perfecto, dos pájaros de un solo tiro, pensó, y se puso a planear cómo hacer para que los mortales se auto-destruyeran. 
Se infiltraría una vez más en los vivos, pensó, y los convencería con visiones de que el consumo y el abuso eran la mejor opción, para que devoraran sus recursos sin parar, como plagas, y quedara el planeta desprovisto de vida así sin más.
Y así lo hizo, les habló y les hizo sentir que eran superiores y podían poseer, los llamó empresarios, reyes, clérigos, soberanos, poderosos acumuladores.
Y nos sometimos a la terca voluntad de la avaricia que con los siglos ha ido acabando con nosotros y con todos los demás.
Nos volvió indiferentes y arrogantes, nos habla en susurros convenciéndonos de que la auto-complacencia es lo mejor que puede haber, nos mantiene mediocres y nos hace contaminar el medio ambiente para asegurarse de que nos destruyamos solos, él no tiene nada más que hacer.
Nos volvió racistas, nos volvió machistas, nos volvió violentos, nos volvió miserables, irresponsables y crueles. Años y años nos dijo que entre más poseyéramos mejor sería, pero no es así, porque los recursos se acaban y no hay adonde huir.
Años y años nos susurró al oído que estaba bien ser indiferentes, antipáticos y destructivos. Años y años nos mostró publicidad, nos impuso estándares, nos explotó sin piedad, hasta que nosotros mismos comenzamos a hacerlo también, aún sin su presencia.
Estamos poseídos por un mal intrínseco que no nos permite sobrevivir, que nos critica, nos oprime, y que para el final de este siglo amenaza con llevarnos al fin. No más vida en este planeta hasta la siguiente vuelta porque así lo deseamos. No más vida en este planeta porque todo codiciamos.
Compramos productos a compañías que destruyen nuestros bosques por mero placer, tiramos basura, asesinamos, matamos, talamos así sin más. Contaminamos porque sí. Son muestras evidentes del mal presente en cada quién, de nuestra ignorancia y nuestro deseo de morir también.
Hemos sido poseídos y ahora somos nuestra propia desgracia, y a nadie podemos culpar. Nos acarreamos nuestros males y hay mucho que enmendar.

Al concluir la narración se sienta. Oran.

Pedimos a la lluvia saciar nuestra sed y a la tierra nuestra hambre,
Pedimos benevolencia al clima y consciencia a  nuestra Madre.
Oramos por la capacidad de ver aquello que escapa nuestro entendimiento,
Aprender para vivir y vivir para compartir el conocimiento.

Diversidad como regla y cambio constante
La vida retomando su paso cada día a cada instante
Muerte como proceso,  muerte como reintegración
Historias urdidas en el lienzo inmenso de la creación

Vivir para dar y dar para vivir,
Fluir y soltar, amar y reír
Con empatía y sin ambición
Son las simples reglas en esta misión.

La mariposa monarca abre el caparazón de la Tortuga Mextli, de su interior extrae el libro Raíces, lo abre en la página indicada.

Tras las batallas con el mar…

Al concluir la narración, el libro se coloca en el centro junto a la tortuga, el cardenal y el zanate se ponen de pie y los tres danzan.

Bendita sangre que cae del cielo
Vida que da vida y la regresa al suelo
Dale prosperidad a esta tierra
Fuerza a los vivos y vigor a la sierra

Trae de regreso lo que el invierno se ha llevado
Las dulces lloviznas y las tormentas de verano
Trae de regreso los frutos y flores
Reviste al campo y trae de vuelta los colores

Recuerda con tu ronco canto canciones antiguas
Nanas viejas para sanar la tierra y las heridas
Recuerda a los vivos que por tu magnificencia viven
Que por tu fuerza las aves cantan y los ciclos siguen

Sangre bendita que cae del cielo
Lluvia sagrada que nutre al suelo
Que tus aguas permanezcas siempre potables
Que no se contamines tus lagos ni manglares
Que los vivos te adoren sin restricción
Que sepan que por tu presencia viven sin preocupación

Al detenerse la música, regresan a su lugar. El zanate se queda de pie.
Toma el libro sagrado, lo hojea y encuentra una leyenda de su agrado. Muestra el libro, ilustra la narración.
(...)

Al concluir, cierra el libro, lo mete en el caparazón de la tortuga y ocupa su lugar en el círculo central.
Los tres oran en voz alta arrojando sal a las ofrendas

Hijos de la tierra nos hacemos llamar
Aquellos que con las manos al suelo hemos de sanar
Hijos de la sierra nacimos para ser
Nacidos para ser amados, nacidos para proteger
Dignos y fuertes somos animales
Somos ríos, somos bosques, somos manantiales

Con piernas de raíces y brazos alados
Escamas en el cuerpo y los dedos emplumados
Hijos de la tierra somos aquellos que respiramos
Los que vuelan, los que nadan, los que andamos.

A lo largo de esta vida hemos aprendido
 que si hay cambio, hay camino recorrido
Del pasado se aprende si se quiere avanzar
Los dolores se resanan si se busca la paz

Cuida de otros, que otros cuidarán de ti
Cuida de otros para cuidar de mí
Cuida de otros sea cual sea su especie o color
Recibe ayuda y resana el dolor

Cuida de otros, así se irá el estrés
Cuida de otros para que todo esté bien
Cuida de otros midiendo tus acciones
Cuida de otros tomando decisiones
Cuida de otros cuidando al medio ambiente
Cuida de otros viviendo sanamente
Cuida de otros cuidando de ti
Cuida de otros cuidando de mí

Se ponen de pie, agradecen a la tortuga, agradecen a los presentes, entregan las ofrendas al público que desee recogerlas.
Termina la función.

Ana Fregoso (Cardenal)
Frida Ugalde (Mariposa)
Osvaldo Ibarra (Zanate)

El Primer Gran Sueño de Ha: El Nacimiento del Agua Dulce

(Esta historia toma lugar tras el nacimiento de los 5 Artesanos elementales, antes del inicio de la vida y del nacimiento de la Muerte)

"¡Madre duerme, Madre duerme!", susurraban los cinco Artesanos. Inquietos y ansiosos como lo son todos en su juventud, se dispusieron con sus enormes cuerpos elementales a explorar de aquel planeta toda la magnitud. 
Rocoso y caliente, explosivo, carbonizado y ardiente. 
Cada quién, ínfimo a su vez, partió en su propia dirección, asimilando a su cuerpo cada elemento similar que hallaba en la creación. Pronto ya no eran simples elementales sino complejas creaciones que se iban transformando, día con día y mes con mes. Madre seguía dormida y había mucho qué hacer.
Eo corría desprevenido por acá y por allá, atravesando valles, colinas y grietas sin más. Era salvaje e impetuoso, cargado de gases, terco, salvaje y valeroso. Madre Tierra era así también, sólida, líquida, terca y pasional a la vez. Se miraron durante siglos darse humaredas volcánicas y ventiscas el uno al otro, así sin más, y con el transcurrir del tiempo esto generó cambios al entorno.
Tanto ruido despertó al Dios Rojo que dormitaba por ahí, y viendo con desagrado lo que su hermana había creado, vio su oportunidad para intervenir.
Gala y Eo se amaban con locura.

Madre Tierra y Padre Viento se amaban con tal locura que su sola unión causaba en todo el planeta estremecimiento. Una voz seductora, el hermano rojo, los había convencido en sueños de la existencia de la pasión, de la euforia desmedida, del romance, de la exageración. Y ambos cayeron embelesados en sus promesas de alegría y exaltación. 
Ventiscas calientes azotaban a cada hora del día cargadas de afecto y apego, era aquel un romance poderoso con la fuerza de mil desastres. Eo y Gala, con sus brazos del tamaño de ciudades, se envolvían mutuamente entremezclando sus seres tan distintos con tal terquedad que se volvían indistinguibles.
Desde la costa, Anzu observaba su cariño con los días crecer, entintando de colores el cielo y devastando los suelos sin reparo o medición, espinada muy adentro, en lo profundo de su corazón. El Dios Rojo le había hablado al oído, comparándola con la tierra con zaña para hacerla sentir mal consigo misma, diciéndole que la vastedad volcánica era mejor; que el mar era introvertido y misterioso, y nadie querría explorarlo jamás, pues era incierto, inconmensurable, desmedido.
Ella, con su cuerpo de aguas inquietas era más bien insípida al lado de la vigorosa Gala, cuya piel florecía y cambiaba para espectáculo de todos con las temporadas. Anzu era bella únicamente para sí misma y las maravillas de su interior no eran para nadie sino para sus ojos; aquel era el problema, se decía, y por ello nadie la amaría jamás. Suspirando, comenzó a preguntarse si tal pasión sería alguna vez el sentido de su existencia también. Así partió al sur donde Gala reposaba, como siempre, en una cuna de lava perdida por ahí, intentando hablar con ella para consolar su sufrir. 
Silenciosa se acercó la tierra dormida, e intentando despertarla se recargó en el borde del volcán, sumergiendo por error un dedo en el rojizo fluido ardiente. De inmediato saltaron chispas y sus dedos se transformaron en mero vapor, aquel contacto era virtualmente imposible y Gala ni se movió. Apenas miró la columna blanca y tan pronto pudo, a su sueño regresó.
Frustrada volvió al norte de la gran esfera que era su hogar, y ahí se sentó sin muchos ánimos a ver a la tierra y al cielo besarse y hablar. Los días eran horas, los años apenas semanas, y mientras tanto Anzu, triste, sola se miraba.
Una buena mañana, sin embargo, se acercó a Eo y con voz dulce le preguntó:
--Artesano de los cielos, aquel de cabellos de ventisca, ¿podrías amarme y acallar a este corazón que suplica?
--Lo siento, no puede ser, este cuerpo pertenece sólo a la tierra. No puedo amarte, hermosa marea.
Fúrica, Anzu se retiró aún más al norte, llenando de hielo la tierra enmedio de una rabieta. Más tarde, decidida a ser amada pensó que si era a la tierra a quien sus afectos dirigía Eo, bien podría fundirse con ella para hacerse del amor que tanto deseaba, mas Gala se negó y pujando con terquedad, el mar arremetió contra los suelos ardientes. Grandes olas embistieron a Gala, quien casi incapaz de defenderse, sólo lograba alzarse y alzarse en enormes planicies, más la marejada era inmensa y por mucho que se alzara, no lograba salvarse de la tempestuosa Artesana.
Eo corrió con todo su ser, batallando entre agua y tierra, rogándole al mar que se detuviera, más Anzu ya no escuchaba, ya no razonaba, sólo embestía con letal belleza al indefenso suelo volcánico, indiferente de su propio dolor, elevándose en amenazadoras columnas de vapor que evidenciaban que comenzaba a apagarse su magmática pasión.
Aquella marejada amenazaba con terminar con la vida ardiente de Gala y con su pasional relación, hechos que la herían tanto en el fondo de su ser que causaron que se fragmentara su titánico corazón. Aquel centro ardiente, resultado de la pasión del romance y una tristísima traición, cobró consciencia propia y admiró detenidamente la situación.
Madre Tierra sufría un violento enfriamiento por parte del mar, y debía de defenderla y mantenerla viva a cómo diera lugar
"Mi nombre es Ka, madre", le dijo a la tierra, "y yo te voy a proteger".
La titan del fuego corrió en el auxilio de Gala y uniéndose de ella, le dio calor para combatir a las rugientes olas. Entonces del suelo brotaron enormes criaturas como nunca se habían visto, de formas inimaginables, inconmensurables, con cuerpos de roca y corazones de fuego, altos e imponentes, con la fuerza necesaria para hacer frente a la incontrolable marea. 
El mar, rico y mineral, bañó días y noches enteras a los gigantes de roca hasta que su esencia misma se mezcló con ellos, mas al cabo de un buen rato se cansó y sintiéndose derrotada, Anzu se volvió a sí misma y se sumergió con amargura en las profundidades, llorando día y noche sin parar, llevándose consigo toda el agua de regreso al mar.
Gala se repuso del ataque, ahora más fría y temblada gracias al tempestuoso mar, mas en su ser existía una grieta enorme que ni siquiera el amor de Eo podía sanar:La mayor de los hermanos no quería entablar conversación, y sintiéndose culpable, extrañando a las aguas, Gala lamentaba el incidente en lo profundo de su corazón.
 Suu, compasiva como puede serlo la Luna de plata, bajaba a cada momento a consolar al mar, atravesando ingrávida toda barrera que le ofreciera Anzu cruzar, cantando canciones en su oído, nanas para mecerla de acá para allá, lamiendo las costas para que dejase de llorar.
Mientras tanto Ka, preocupada, recordó en alguna ocasión haberla tocado, y haciéndose de una buena idea a Eo propuso un plan: calentar el agua y en forma de bruma poderla llevar, había que reconciliar a las hermanas para que las grietas pudieran sanar.
 Así quedaron y Ka, haciendo usa de su enorme fuerza de titan, calentó a los suelos y a la mar, haciendo hervir el agua ocasionalmente para poderla cargar. Eo la abrazaba con su cuerpo sin forma, arrastrándola hasta Gala para hidratar su piel, trayéndole retazos de la marea que silenciaba para hacerla sentir bien. Así lo hicieron, días y noches sin parar, hasta que Gala estuvo tan llena de agua que por la piel la comenzó a exudar. Los gigantes de piedra, al ver a su madre segura, entonces se tiraron en el suelo a morir, cubriéndola de texturas y formas que milenios más tarde la vegetación pudo recubrir.
La batalla había sido tan dura que los gigantes, cargados de sal y minerales, se convirtieron en grandes cordilleras y ricas montañas donde el agua saliente volvía a las tierras salvajes prósperas y lozanas. 
El orden se restablecía lentamente y lo cierto es que al fin una cosa sí se dio, y es que por mucho que no pareciera, una parte del mar en el cielo sí se quedó.
Anzu seguía molesta más extrañaba a Gala también, y asomando de las profundidades acordaron hablar sin desdén.
El agua dulce que exudaba por la piel de Gala le habló, saludándole con el afecto que de Ka también recibió. Su nombre era Ea, señor del agua dulce, de los saberes del corazón, y estaba ahí para consolarla y comunicarla con su hermana mayor. Sería el vínculo inquebrantable entre ambas, así se ofreció, para que pudieran comunicarse sin ninguna agresión.
Hablando Anzu y Gala lograron acordar ya no ser ninguna tan dramática ni tan pasional.
Fue entonces que Eo y Gala hicieron la promesa de darse uno agua y otra vientos para mantener la cooperación con la marea, con ternura y con mesura, para evitar tantos celos como devastación.
 Si llueve se dice que los cielos besan la tierra, y es la promesa de ese amor el que a la vida encierra. Sin acuerdos fijos se concluyó sencillamente vivir en paz, en cooperación e independencia para crear más vida en aquella faz, no era mucho lo necesario más que danzar al ritmo que permitiese al todo vivir. Suu ofreció hacerle compañía eterna a la marea, para que ésta jamás se sintiese sola de nuevo, dándole fuerza y ritmo, cariño y compañía eternas.
Mientras tanto Ka se volvió guardián de Gala, abrazándola con sus amplios cinturones con alma de fuego, erupciones en el suelo que abastecían al todo de calor, para compensar a la calidez que se fue cuando Anzu se retiró.
Siglos después nació la madre selva como recuerdo de una batalla inconclusa por la unificación, que dio paso vida y a la evolución. De aquellas riñas y romances llegaron las cordilleras, los huracanes, las lluvias, los volcanes dormidos y en erupción, el agua salada, el polo helado, las mareas y de la luna una dulce canción.

El Inicio de la Vida en la Tierra (Mito Central)


En un inicio había nada, y en medio de esa imponente vacuidad, toda la materia existente yacía unificada. Dos fuerzas cíclicas equitativas y distintas, coludidas en la materia dormitaban, e inconscientes de su propia existencia, sencillamente reposaban, hasta que el tiempo se hizo lugar entre la inconmensurable oscuridad y tocando a la materia, la hizo despertar. La menor de las fuerzas se volvió consciente entonces, y desgarrando la paz quieta, inició una riña que dividió a los elementos.
En medio del silencio se inició una explosión, que repartió a la materia por todo el espacio alrededor, dividida, con ambas fuerzas en cada fragmento despedido hacia la infinidad. De pronto ya no existía más nada, ahora todo estaba poblado por estrellas, por nebulosas, por galaxias, donde la riña entre ambas fuerzas creaba caos, color y movimiento, iluminando de luces y colores todo el firmamento.
La tercera roca que giraba en torno a una estrella menor, hizo de su órbita un hogar para establecer su posición, y ahí, entre el material ardiente, ambas fuerzas equitativas se peleaban sobre la superficie incandescente. Inconscientes y sin forma, los dos seres competían por la posibilidad de sobrevivir, a sabiendas de que ambos no podían coexistir. Durante mucho tiempo el mayor de ellos reinó en aquella roca volcánica, más con los siglos pasando poco a poco su guardia fue bajando, hasta que finalmente se durmió, dándole oportunidad a la menor de escapar de su ojo vigilante para recorrer alrededor.
Se admiró a sí misma en la superficie del agua, consciente de sí, y viéndose libre, deseó compañía más afable que su insufrible igual. Se comparaba y entre ellos no hallaba ninguna diferencia, ambos eran seres luminosos sin cuerpos pero con consciencia. Pensó, pues, que si una piedra partida creaba dos, dividirse sería de su problema la solución. Se sumergió así en el río, dividiendo su núcleo y aventándolo al vacío. Un ser de aguas, diferente de ella a su vez, tomó consciencia de sí y con una voz cavernosa saludó al ser de luz amarilla, quien complacida le habló de sí. Entablaron una charla, la primera en la historia del errante, y sintiéndose tan cómoda con su creación, decidió crear otro ser hablante.
Se aventó así como así al cráter de un volcán, y dividiéndose nuevamente entre la piedra y el calor, dio vida a un ser magmático, vigoroso y errático de material rocoso y piroplástico. Se saludaron con amabilidad, más al intentar tocarse, mar y tierra se hicieron estallar. Qué curioso, pensaba el ser, que seres de un mismo hogar no pudiesen tocarse, mas no se detuvo por mucho, su mente retozaba, deseosa e inquieta, viendo qué más creaba.
Lanzó un cacho más de sí a la brisa vaporosa que aquel contacto había creado, y entonces dicha brisa le habló, saludó las damas y su camino continuó. Emocionada, optó por crear más, y subiendo al firmamento, muchos pedazos de meteorito y tierra comenzó a juntar. Finalmente se construyó un satélite grisáceo y espectacular, lo besó, llenándolo de caricias y afecto sentimental, hasta que un fragmento de su vida se desprendió, y el ente de la Luna finalmente despertó. Saludó a los 3 seres que el ser de luz había creado, saludó a su creadora y echó a andar en torno a la gran esfera siguiendo a la brisa andar.
Finalmente, y ya en el cielo, el ser pensó que hacía falta algo que no pertenecía del todo al suelo, y enterrándose en la tierra estéril, llegó al núcleo del errante y ahí se dividió una vez más. El ser nacido del centro, lleno de amor y fraternidad, creaba atracción en el planeta que le daba cohesión a toda la vastedad, magnetismo y unificación, el campo que a todo le daba relación.
Mientras el mayor de las fuerzas reposaba, el mundo cambio en su totalidad, creando nuevos colores, paisajes y mezcolanzas que antes no habría podido ni contemplar: En este periodo, el ser de luz amarilla se fue también a dormir, pues exhausta de dividirse era la única forma de sobrevivir. Los siglos pasaron y el errante se llenó de texturas y formaciones varias, pues los Artesanos, como más tarde los bautizó el ser, estaban ligados al errante y no hacían sino crecer y andar como parias. Más pronto que tarde su actividad invadió la totalidad del planeta, creando ciclos interminables como resultado de sus relaciones fraternales.
Al despertar, el ser de luz amarilla se halló con una distinta vastedad, todo se había transformado en su ausencia, de una roca incandescente, deforme e incierta, a una masa caótica, variada  y pintoresca. Mas al observarse en las aguas se vio exactamente igual, como sus hijos lo eran, pues nada había cambiado, solo la inmensidad. Fue así que pensando se dio cuenta de que aquello no era lo único que podía haber: seres finitos en terrenos siempre cambiantes, vivos pero no siempre iguales. Deseó que algo diferente de ellos poblara la inmensidad, valioso por tener una existencia limitada que pudiese cambiar. Más en todo el planeta no halló nada así, todo lo que había eran seres elementales conscientes de sí.
Desesperada, revisó acá y allá, e incapaz de crear más nada, se tendió en un acantilado a llorar. Su núcleo luminoso entonces se fragmentó, y escurriéndole de la cara, directo en el mar cayó. La luna, comprensiva, jaló del cielo una roca espacial, algo que no se hallaba en la tierra, con afán de ayudarla a mejorar. Pero nada la consolaba, la vida quería crear, y de mala gana, aventó la roca al mar. Los fragmentos de su núcleo se unieron a su vez con los de la roca espacial, creando seres ínfimos que comenzaron a poblar el mar. De esto ella no se enteró, y durante siglos en ese acantilado se quedó. Lloró tanto que sin querer cubrió de sí todo el lecho marino, donde finalmente con los años, la vida encontró su camino.
Harta, el ser luminoso regresó a dormir sin saber que por ella la vida comenzaba a surgir. Milenios después despertó para ver su deseo cumplido al fin: toda una gama de seres minúsculos poblaban las aguas, diversos y coloridos, nadaban por doquier, más había un problema y es que al finalizar su tiempo de vida, su fragmento de núcleo se apagaba también. Al cabo de un rato, pensaba, la vida se extinguiría y no había nada nuevamente en aquel lugar, y buscando quien además de ella pudiese tocar los fragmentos, sobre su sombra se puso a reflexionar.
Partió otro pedazo de sí y en su sombra lo envolvió cual papel, haciéndola surgir hinchada de suelo bajo sus pies; oscura e ingrávida, la saludó galantemente, a lo que el ser respondió con simpleza pero amablemente. La obesa sombra entonces se aclaró la garganta y se anunció con recato, “soy la Muerte” y sin más comenzó a hacer su trabajo: cuando un mortal perecía, a su alma debía de reacomodar, así su luz no desaparecía sino se pasaba a otro lugar.
Con todo dispuesto, los ciclos comenzaron a cambiar, y como lo había deseado, los mortales modificaban todo a su paso por la vastedad. La ser de luz al que llamaban Madre estaba complacida, en el planeta no importaba otra cosa sino la vida. Con toda calma, exhausta tras haberse cedido por la mitad a la Muerte, regresó a dormir, y fue entonces que el otro ser de luz roja vio su oportunidad para resurgir.
A él no le agradaban para nada la diversidad, la incertidumbre, lo eternamente cambiante; él prefería lo predecible, lo rápido, lo cómodo, lo aberrante; a él le gustaba estar en control, despreciaba todo aquello fuera de su supervisión. Prefería los tiempos sencillos donde no tenía que compartir su energía con nadie, ni su tiempo, detestaba aquel mundo nuevo y a su hermana por haberlo hecho, ¿dónde quedó la simpleza de vagar en la nada?, ¿los espectaculares volcanes en eterna erupción, las tempestuosas tormentas del Fin del Mundo, la devastación?, ¿dónde estaban la emoción de lo masivo, lo excesivo, lo maleable?, ¿qué había de malo con que todo fuese como antes?, Simple, caótico, brillante. Solo lo visible a los ojos y nada más, ¿qué de bueno podría tener un mundo lleno de insectos, de algas y hongos, de suciedad?
A él no le gustaba cambiar, y estaba dispuesto a hacer todo lo necesario con tal de ganar. Su hermana dormía, ¿qué mejor oportunidad?, astuto y malicioso, se propuso intervenir aquella creación tan abominable, hasta que ya no pudiera revivir. Con dulces palabras, uno a uno a los Artesanos sedujo, les ofreció exceso, pasión, emoción y lujo.
Con mucho sigilo uno a uno fue convenciendo, y cinco veces antes de nuestra era, la vida fue desapareciendo. Más con la edad viene la sabiduría y los Artesanoshan aprendido su lección: a no ceder a las dudas, a los engaños, a los encantos, ni a la tentación. Hacer lo necesario para preservar la vida, mantener el contacto, sanar las heridas; más el mayor de los hermanos aún sigue aquí, buscando oportunidades para poder resurgir. Desde el inicio de la vida, siete veces ha ido a dormir Madre, y siete veces se ha visto obligada a resurgir de entre el caos para que la vida pueda existir.
Cada que duerme su energía se reparte, es el vínculo cíclico que todos los seres vivos comparten, la hebra que le da color al ser, la cohesión entre los ciclos, el milagro, la reproductibilidad, el perecer. La capacidad de la vida para existir depende de que los vivos mantengan sus ciclos andando, de lo contrario el monstruo dormido, el hermano mayor, nos seguirá rondando. Con ella reinante ambos pueden dormir, arropados por el colorido manto terrestre, y si alguno estuviese completamente consciente, ninguno de nosotros, ni la vida misma, podría existir. Mientras ella duerma, la tierra canta, susurra, mantiene el equilibrio andando en calma y sin mesura. Tales canciones mantienen a ambos seres de luz durmiendo, y el día que el mayor despierte, ninguno de nosotros podremos seguir viviendo. Es por ello que el barullo natural representa para los vivos un consuelo, pues el silencio ininterrumpido no puede significar otra cosa que miedo.
Oremos porque los ciclos se mantengan andando, porque las aves canten, los ríos suenen, los peces naden, las lluvias lleguen. Oremos porque el silencio no sea la norma jamás, para que el monstruo dormido de la tierra no despierte nunca más.

El Inicio de la Vida en la Tierra (Mito Central)

En un inicio había nada, y en medio de esa imponente vacuidad, toda la materia existente yacía unificada. Dos fuerzas cíclicas equitativas...