lunes, 29 de abril de 2019

Bitácora del Proyecto: La Monstruosa Naturaleza

Los animales temen a lo desconocido.
Es curioso encontrar animales que le tengan miedo al medio natural, pero los hay. Muchos. Varios miles de millones. Viven en las ciudades, las manchas grises que abiertamente se oponen a la naturaleza al interrumpir cada uno de sus ciclos manualmente, desde el agua hasta el carbono e incluso la capacidad de reproducción de ésta con la depredación de cada una de las criaturas que la representan, desde plantas en el pavimento hasta insectos con el insecticida (¡que sigue actuando hasta por seis semanas!).
 Los animales temen a lo desconocido.
 Mientras representaciones de la amorosa, piadosa y vasta Madre Naturaleza abundan, desde Te Fiti en Moana, hasta la tierra rica y paradisíaca retratada en El Camino hacia El Dorado (DreamWroks Animation Studio), o incluso la visión conquistadora de las Américas predominante en la película Pocahontas (Disney), hay otra visión común en las películas de acción que todos conocemos: la naturaleza como algo que debe de temerse.
Existen películas sensacionalistas como Anaconda de Luis Llosa, Tiburón de Steven Spielberg, Tornado de Jan de Bont, o similares donde el antagonista del filme es un animal o bien un evento natural al cual hay que sobrevivir, donde lo que se refuerza en el público es la noción del medio natural o sus criaturas como algo desconocido, salvaje, incontrolable y con sed de sangre cuyo único objetivo es matar seres humanos, encarnando aún más el miedo común a lo desconocido de la población y su rechazo a la Naturaleza.
 La noción es bastante simple: cualquier animal posee más capacidades de supervivencia de manera autónoma que el ser humano, lo que nos salva es nuestra capacidad inventiva, pero a falta de herramientas o materiales, fácilmente perecemos en un ambiente donde ellos logran sobrevivir exitosamente. Más aún, dichos animales, al conocer los terrenos, no sólo son superiores a nosotros en su propio medio sino que hipotéticamente tendrían el deseo y la capacidad de aniquilarnos, volviéndolos enemigos ocultos dentro del monstruo natural, como una extensión del mismo.
Aquí hay varias ideas interesantes: 1.-La naturaleza, ya sea a través de sus animales o sus elementos, intenta destruir al hombre. 2.-Los animales son entes hambrientos de sangre que cazarán a los seres humanos sin importar qué, para devorarlos sanguinariamente tras una muerte horrible, por tanto no poseen un intelecto superior, sólo una ventaja física, por lo que se les retrata como irracionales bestias salvajes y estúpidas en ocasiones. 3.- La naturaleza, de no ser domada, es un ente desconocido, salvaje y destructivo que yace en esos territorios donde el hombre no abunda, por lo que las civilizaciones son refugios de dicho monstruo lejano.
'Antropocentrismo' es la mejor manera de definirlo: la idea de que todo gira en torno al hombre. Habría que hacer varias notas al respecto: los animales son, en su mayoría, oportunistas. Cazarán al más débil, al enfermo, al viejo, ya que la supervivencia es algo complejo y por tanto no pueden gastar energías cazando solo porque sí. Si una cacería resulta fútil, sencillamente se rinden y esperan por la siguiente presa, difícilmente se obsesionan personalmente con una sola presa si su objetivo es alimentarse nada más. Después, puesto que cada especie ha evolucionado para digerir solamente ciertas plantas y animales, de forma que cada animal tiene sus propios depredadores y presas, es estúpido pensar que en su mayoría desearían devorar seres humanos cuando a veces ni siquiera pueden digerirlos. Es bien sabido que los tiburones, por ejemplo, no pueden digerir tan fácilmente la carne humana debido a nuestra alimentación y por tanto no gustan de comernos solo porque sí, usualmente si ocurre un ataque, es debido a confusiones del animal.
En último puesto está la idea más interesante: la naturaleza no intenta destruirnos porque no es un ente consciente. La naturaleza es un conjunto coordinado de ciclos y elementos físicos que permiten la reproducción de los seres vivos maravillosamente, pero no intenta destruirnos. Todas las ocasiones en las que las mega extinciones han tenido lugar, cinco veces antes de nuestra era, la naturaleza se auto-destruyó acabando con toda la vida, por lo que la siguiente mega extinción que se proyecta para los siguientes siglos no tiene como objetivo acabar con el ser humano (porque nosotros la causamos), no tiene ningún objetivo, solo ocurrirá acabando con el 97% de las formas de vida. No es personal, digamos.
Si ahondamos en esta idea de la naturaleza como algo monstruoso, retratada tan seguido en las películas y libros eurocentristas, entenderemos que a lo que se teme es a lo desconocido, a lo lejano. La idea de la naturaleza monstruosa es, por supuesto, un ideal de los conquistadores europeos que insistían en la división entre el hombre y el medio, que hablaban del orden, la higiene y el control, de lo racional y lo irracional, de la separación entre hombres y mujeres, de los animales como entes sin alma y cosas así. Lo que refleja es una necesidad de separar lo de afuera de lo de adentro, lo salvaje de lo civilizado, para traer el orden y acabar con la incertidumbre.
Es la misma línea de pensamiento que estipula que en las investigaciones científicas debe de aislarse lo más posible aquello que desea estudiarse para entenderlo por sí mismo y minimizar las variables y errores durante la investigación: aquello que elimina la incertidumbre, la coincidencia, el accidente y solo se centra en el conocimiento, en lo racional, en lo ordenado.
Lo que refleja son dos cosas: el deseo de entender la naturaleza para dominarla y la humanidad como dueña de la naturaleza. En un sentido estricto lo que se piensa es que este ente enorme y monstruoso, que son los mares, los bosques, las selvas, lo inconmensurable, puesto que es defendido por el clima y sus animales, es algo caótico, desordenado, desconocido y variable a lo que hay que temerle pues no lo entendemos/conocemos y por tanto no lo dominamos y debe de ser temido o conquistado.
Los nativos que la habitan, por tanto, son necesariamente hostiles, salvajes, retrógrados e ignorantes pues viven con la naturaleza y la conocen y por tanto se les piensa como enemigos o iletrados dependiendo de quien los retrate. 
Es una noción muy extraña de la otredad donde la naturaleza, los animales, lo salvaje, son un otro ajeno y desconocido cuyo objetivo es hacerle daño al inocente explorador que llega a visitarlos.
Está ligada con la muy común noción de los conquistadores como seres piadosos trayendo la civilización a lo salvaje para el bien de los nativos necesitados e ignorantes para salvarlos de su propia ignorancia, pues, al parecer, ellos no saben que son animales salvajes y no conocen nada mejor, o algo así.  
Aquí yacen el desconocimiento y falta de reconocimiento del otro, donde el conquistador se pinta como lo avanzado, lo civilizado, lo racional, lo bueno, lo correcto; y el nativo, los animales y la naturaleza son por tanto irracionales, incivilizados, salvajes, caóticos y por ende requieren ser ordenados para no ser desconocidos para ser dominados. No se les piensa como iguales, sino como inferiores, y por tanto no pasa por nuestra imaginación la idea de lo distinto, de lo diverso, de lo diferente, de lo equitativo, o del respeto, pues.
La naturaleza tienes sus ciclos, ciclos que los animales y las plantas conocen, ciclos con los que están familiarizados aquellos seres humanos que viven en constante contacto con ella. Cuando uno se vuelve consciente de lo que habita a su alrededor, deja de ser desconocido, deja de ser algo a lo que hay que temerle, deja de ser un monstruo. Es entonces cuando las particularidades con las que hay que tener cuidado, aparecen: animales peligrosos, plantas ponzoñosas, insectos venenosos, cuestiones de las que hay que cuidarse, no así de todo el conjunto que representa una zona natural. En ese sentido, conocer la zona que se habita y coexistir con ella no resulta salvaje sino inteligente, pues los nativos se salvan de vivir en constante terror, rodeados de pura incertidumbre, y comienzan a reconocer su entorno y participar de él o aprovecharlo. 
El conquistador que teme a la naturaleza pasa entonces a ser el ignorante, pues a todo teme, nada entiende, y llega directamente a destruir aquello que considera caótico y desordenado. Es totalmente ajeno a irracional, inconsciente de su alrededor y cegado por su propio conocimiento.
Algo así sucede en las ciudades: puesto que al final sí nos conquistaron, los citadinos llevan generaciones enteras alejados de la naturaleza, por lo tanto le temen, no la entienden y con toda la facilidad del mundo, la destruyen. Los citadinos son ignorantes, inconscientes y comodinos, como parásitos. Consumen películas que retratan a la naturaleza como algo ajeno, tiran basura y consumen como animales inconscientes del daño ecológico y la contaminación. Su inconsciencia está basada en el dinero, el entretenimiento y las apariencias, sustentada por el consumismo y atenuada por las masas, el anonimato y la conglomeración.
Lo interesante de pensar a la naturaleza como un otro ajeno es ser inconsciente de que los ciclos naturales son algo omnipresente que se lleva a cabo en todo el planeta, sin los cuales no podríamos ni hacer digestión ni respirar. La lluvia es algo universal. El viento es algo universal. También las plantas entre los adoquines, las estaciones, el día y la noche. La naturaleza es algo inescapable y por tanto es estúpido temerle y abusarla. Ni siquiera los animales son tan inconsciente como lo es el citadino promedio.
En la naturaleza los animales nos huyen porque saben que somos problemáticos, y nosotros les huimos porque somos ignorantes la mayor parte del tiempo. ¿Qué tanto se puede decir que avanzó la civilización si llegamos a un punto en el que desconocemos a la naturaleza al grado de rechazarla totalmente y pensar que podemos escapar de ella o dominarla?, ¿qué tan grande es nuestro ego?, ¿qué tan inteligentes tenemos que ser para entender que somos los únicos animales que temen a los ciclos naturales?, ¿qué tan estúpidos somos para ser ignorantes en plena cuna de la tecnología?
En el mejor de los casos reintegraríamos a la naturaleza en las ciudades, sin controlarla para que se recupere, y así poder salvarnos, a plena consciencia de que si hay plantas, habrá animales, y sabiendo cómo tratarlos y coexistir con ellos. En el peor de los casos, apuntaremos a que las ciudades se parezcan a los paisajes de Tron (Disney), donde todo es metálico, brillante, higiénico e inmaculado. Pendejo, pues.
Haría que entender que puesto que somos animales, necesitamos al medio natural para sobrevivir. Pero es más fácil seguir viendo Netflix, donde series como The OA, retratan el retorno a la naturaleza como algo degenerativo, monstruoso, enfermizo, irracional y fanático. 
Sí, eso es mejor.

martes, 16 de abril de 2019

Bitácora del Proyecto: Valores humanos

La Naturaleza como ente femenino, piadoso y bueno como la pintan en películas como 'Moana' es una representación totalmente patriarcal. 
En primera instancia por la noción de que la Naturaleza es mujer por la evidente relación semiótica entre la maternidad y la fertilidad de la tierra. Una mujer difícilmente se designaría a sí misma como representante absoluta del medio natural sencillamente por poseer la capacidad de engendrar en su vientre, por tanto esa noción es una noción adquirida que algún otro decidió nombrar y representar de esa manera. 
En segundo lugar porque se asume que la Naturaleza como ente femenino, es maternal, piadosa, generosa, paciente, justa y consciente. Esa noción da por sentado que los recursos naturales son "designados" al ser humano para su aprovechamiento, como si fuesen regalos, para su bienestar, placer y uso. Aquí habría que aclarar que la naturaleza no es un ente consciente, lo que concebimos como naturaleza es la relación equilibrada entre los seres vivos y la física del planeta, que mantienen andando los ciclos del agua y del carbono, que nutren el suelo y permiten que la vida siga proliferando... Pero esto no es algo que alguien haya planeado. Esta es una situación que se dio a través mucho tiempo, tanto tiempo que no lo podemos dimensionar, solo cuantificar, y que nadie predispuso de esa manera por acto de voluntad o consciencia.
Puesto que el medio natural no es un ser consciente sino la suma de muchos seres cooperando inconscientemente, no se puede hablar de un ente piadoso, generoso o paciente porque no es un ser persé sino un medio. Se trata de la suma de los componentes químicos de una zona que permiten que la vida florezca gracias a que los seres vivos la han nutrido a través de los siglos. Por tanto la biósfera no existe por hechos casuales sino que se trata de una cuestión colaborativa que no puede medirse monetaria ni utilitariamente, sino biológicamente; y  de la que sólo puede apreciarse una fracción pues no tenemos forma de experimentar dicha temporalidad en carne, sólo la contemplamos siguiendo rastros que deja la misma tierra. 
Ningún recurso existe para ser aprovechado como material para el ser humano sencillamente porque el ser humano no participa de manera directa en la totalidad que compone la existencia de dicho material, el ser humano lo encontró y decidió aprovecharlo y no había nada para instruirlo de dichos procesos biológicos, porque también nosotros los describimos en la práctica. Muy distinto es justificar dicho uso y abuso bajo la palabra de Dios, porque Dios no designó nada a nadie y no cooperó en su formación.
Un verdadero acto de consciencia sería tener presente dicho equilibrio y participar de él y de sus ciclos, puesto que eso no sólo mantendría el clima estable sino la tierra fértil y fructífera, de modo tal que la posibilidad de alimentarse y subsistir sanamente, aumentaría. Pero no porque la gente es inconsecuente, comodina e ignorante.
De aquí que la designación divina es una excusa para evadir la responsabilidad de participar en los ciclos biológicos. La diferencia entre un bosque y un desierto yace sencillamente en la consciencia de sus habitantes humanos.   
Puesto que ninguna religión contempla al calentamiento global porque nadie era tan puntualmente consciente de la forma en la que funcionan las cosas a nivel global, nadie se hubiese imaginado en la antiguedad que en el infierno habría dispositivos táctiles, pagos a meses sin intereses, dinero, racismo, sexismo y materia tan inútil que no se puede reabsorber por el medio.
Pero mi religión sí. Y ese es su chiste.
Mi Diosa no establece una moral de la misma forma en la que Dios cristiano lo hace. Todavía no tengo claro cómo exactamente la establece, pero no así. Lo que sí es que estoy aprovechando la plantilla ceremonial de las misas a las que he estado asistiendo para darme una idea de cómo se lleva a cabo una ceremonia religiosa. Quiero reemplazar sus juramentos por otro tipo de valores.
La cuestión aquí sería dogmatizar la empatía como medio de acercamiento a la consciencia de forma tal que dicha empatía como filtro primero estipule la conducta de las personas. Si entendemos el sufrimiento de otros, somos capaces de actuar conscientemente en respuesta a ello y acertar con más facilidad. No tiene que ver con cuestiones morales sino emocionales donde la apertura al otro sea lo que permita el accionar a la población.
Pensar en el otro a partir de lo que nos inspira al ponerle atención y empatizar es una forma más humana de conectarse, en mi opinión. Si la consciencia es el segundo paso es porque la consciencia nos indicaría, de mano de la lógica, cómo proceder, y nos limitaría para no ser abusados ni abusar. Son dos cuestiones inseparables y es lo que quiero establecer.
La diosa de mi religión se llama Vita o Bios y representa la capacidad de los seres vivos por repoblar el terreno, regenerarse y a sus ciclos. No es la abundancia o la vida persé sino la personificación de la capacidad de adaptación y la reproductibilidad de los seres vivos, pues cada árbol, insecto, microorganismo o animal por sí mismo es un individuo. Se trata de lo que todos ellos tienen en común desde los bosques, hasta los mares y los desiertos: la capacidad de, cada quien desde su diversidad, existir y dar paso a que existan más seres vivos a lo largo del tiempo. 
Mi Diosa es el proceso mismo, no la materia visible. Es el tiempo transcurrido que se traduce en todo lo vivo, no el conjunto de todos los seres vivos, sino su conexión.
Su contraparte es, por tanto, todo aquel proceso que interrumpe dicha capacidad de reproducción, como el plástico, que no se puede reabsorber ni alimentar a nadie. Mi diosa es energía y su antagonista es desconexión. Todo aquello que impida que continúe de la reproducción. 
Dicho antagonista nos ha invadido, de tal forma que nosotros como seres vivos, somos quienes destruimos el medio que habitamos y lo encaminamos a un final doloroso, lento y catastrófico del que nadie se va a salvar. Somos inconscientes. Fuimos poseídos y por eso nos auto-destruimos.
Así lo quiero plantear. 
Tal vez de esa forma la gente entienda que sí se trata de una cuestión en nuestras manos. El cielo y el infierno son cuestiones morales, que en esta religión no hay, sólo existe la vida y no hay nada más allá de eso. Sólo más vida, en un caso ideal. Tal vez el ser reducidos a nada aterrorice a la gente al grado de moverse.

viernes, 12 de abril de 2019

Bitácora del Proyecto: La Ceremonia hasta ahora

Este proyecto comprende la simulación de una religión pagana en contra del capitalismo que se expresará de 3 formas:

1.- La exposición de una representación pictórica de mi religión cuya única finalidad sea la de ser expuesta en una galería durante la Exposición de Generación de La Esmeralda,.

2.- La recreación en parques de ceremonias en torno a dicha deidad pagana que engloba el concepto de la vida, llamada Ha, donde yo como la sacerdotisa de la religión, conduciré el evento, involucraré al público y consagraré ya sean brotes de árboles o semillas que otorgaré a los participantes bajo la promesa de ver por ellos. Seguiré el guión escénico de una misa católica como referencia a la colonización de las Américas y haré a mis seguidores recitar y jurar en torno al compromiso ecológico y social que nosotros como citadinos tenemos con el resto del mundo. 
La idea general de la ceremonia es difundir la información y simultáneamente involucrar a la sociedad con la problemática de manera que el mensaje pase claramente al consciente de los partícipes. 
Dichas ceremonias se documentarán y serán guiadas por dos ayudantes, amigos míos, cuya función será similar a la de los voluntarios y los monaguillos en las misas. Leerán, recitarán y guiarán los movimientos del público.

3.- Evangelización activa del público: en tres ocasiones, durante dos a tres horas, me sentaré en los parques donde previamente hayan tenido lugar las ceremonias con una mesita a dialogar con los transeúntes e intentar convencerlos de la existencia de dicha deidad a la vez que pretendo informarles del daño ecológico que resulta de la actividad humana. Todo el proceso se documentará. 

Con estos performance pretendo reiterar la noción de que el capitalismo se ha arraigado tan profundamente en la consciencia colectiva que, aún cuando con frecuencia se refiere a "arcaicas" o "retrógradas" a las creencias religiosas, sigue habiendo un dejo de espiritualidad en todos nosotros, de forma tal que aún las personas más escépticas en algún momento de su vida buscan el equilibrio emocional que de cualquier otra forma obtendrían al disciplinarse espiritualmente. En ese sentido la población ha crecido acostumbrada a las fracciones ideológicas que desprenden del capitalismo, como las clases de yoga y tai-chi que van en aumento, sin el compromiso espiritual, dogmático y disciplinario que acompañaban originalmente a dichas costumbres. 
El hecho mismo de referir a ellas o de pretender participar de ellas en algún instante es muestra suficiente de que la población requiere tanto de calma como disciplina para mantenerse saludables, cuestiones casi imposibles de conseguir en un ambiente metropolitano súper poblado donde la naturaleza escasea a causa del crecimiento urbano y la nula consciencia ambiental de los pobladores, agraviando los problemas de contaminación y la carencia de empatía de la que sufre la población en general.
Confirmar la participación general del público será, entonces, una muestra inequívoca de dicho fenómeno social, que quedará documentado.
La investigación persé tiene dos vertientes: la ciudad como maquinaria autodestructiva causante de ansiedad institucionalizada como resultado del capitalismo; y la función social que cumplen las religiones dentro de una población traducida desde una perspectiva artística con enfoque en la antropología.
Se lanzará un evento en Fb para dar noticia del evento en redes sociales y facilitar la participación del público, y se elegirá de entre estos 15 parques cinco locaciones para los performance:

lunes, 8 de abril de 2019

Sobre la Inacción: Los Cabecillas


Hace mucho tiempo, en una tierra donde las colinas se parten y el paisaje danza,
ahí donde sangraban los manantiales y reverberaban la vida fértil y la esperanza,
existía un pueblo viejo de antiguos nómadas que tejían cestos, mimbre y manta,
labraban la tierra, seguían al arrollo, hablaban con los árboles y vivían con templanza.

Viajaban de región en región, siguiendo a las aves de norte a sur,
como la vida iba y venía, andando, andando en busca de calor y luz.
No temían a la noche ni a los animales, no había extraños ni gente de los arrabales,
todos eran semejantes y justos con el suelo, vivían de él con los animales y los bosques en su paraíso por debajo del cielo.

El sacerdote de la comunidad era un joven culto e inteligente,
diestro para hablar, atractivo y muy bueno con su gente.
Leía las estrellas, los cielos y hablaba con los animales, enseñaba a líderes y seguidores, a niños y ancianos, todos como iguales.
Guiaba a recolectores y cazadores por las rutas antiguas de sus predecesores, por tierras conocidas y a veces nuevas, por toda la región, por valles, cascadas, bosques y cuevas.

Su tribu no hacía más que andar y andar con las estaciones, recorriendo parajes sin dejar rastro de sus migraciones.
Ocasionalmente se hallaban con tribus más grandes o asentamientos enormes, se establecían cerca una temporada para después retomar su marcha por los alrededores.

El sacerdote era pleno más tenía un pesar y es que gustaba de ser maestro porque no podía procrear.
Su anhelo más grande era el de crear vida como la madre tierra lo hacía, pero sin capacidad propia, a experimentar con la vida se reducía.
Un árbol centenario que sólo crecía en una cierta región, se rumoraba mágico pues de sus hojas nacía una dulce canción.

Se decía que eran los árboles más viejos del mundo, hijos del viento y de la tierra, que narraban historias con sus raíces y hablaban desde el suelo con toda la sierra.
A sus pies se enterraba a los difuntos para que hallasen descaso, pues los árboles entonaban canciones desde el alba hasta el ocaso.
Les llamaban Cabezas pues sus frutos rojos asemejaban a la cabeza de un infante;
no tenían temporadas, siempre estaban en flor, mas en aquel bosque no se reproducían si no había suficiente calor.
En esa parte de la sierra rebosaba la vida, por lo cual en vez de seguir de largo, el sacerdote decidió retrasar un tiempo su partida.
Ahí se asentaron y construyeron sus casas de barro y madera, cerca de los árboles que florecían en la ladera; hicieron del llano campos de labranza, y del río cercano beta para la crianza.
Muchos años pasaron sin que retomaran su incansable andar, tiempo suficiente para que el sacerdote estudiara a los árboles que habían capturado su curiosidad.

Conocía de rituales, ingredientes y materiales.
Todo lo tenía ahí para sus estudios acerca de los minerales.
Creía que tal magia era más bien producto del entorno y no así del conjunto del todo, tantas plantas y animales fértiles en un mismo lugar le daban la esperanza de poder hallar una cura para su urgente causa.

La tribu aledaña que vivía en la sierra -mujeres ave, sátiros y hombres coyote- interactuaba escuetamente con los humanos para intercambiar alimentos, materiales y pieles, y a cada visita que hacían, ratificaban al sacerdote que su mal no tenía cura pues era obra de la madre tierra, sin embargo el hombre terqueaba por hallar una.

Fue así que un cierto día atestiguó algo sorprendente: de las raíces de un árbol de Cabeza vio surgir a una mujer serpiente.
Los moradores del bosque acudieron a auxiliarla con presteza, y explicaron a los humanos que ellos nacían a los pies de la maleza; que bajo el bosque yacían ancestros suyos sepultados con semillas, que con el tiempo habían crecido para ser árboles, plantas y más tarde, criaturillas.

El sacerdote quedó maravillado y del hueco comenzó a sacar raíces y piedras,
que molió con sangre, pieles de animales, minerales, huesos y demás ingredientes rituales.

Lo dejó reposar varios días hasta que de él salió un hombrecillo de cabeza enorme, cuyas palabras dulces encantaron al sorprendido hombre.
Hizo más mezclas y de ellas vinieron más criaturillas curiosas a los que llamó Cabecillas, pues compartían una misma alma repartida en varios cuerpos de arcilla.
Anunció gustoso su descubrimiento a la tribu entera, y celebraron alegres con cantos en torno a la hoguera.

Era tan grande su alegría que decidió compartir las buenas nuevas, enviando un cabecilla para cada líder tribal de las afueras.
Todos quedaron maravillados y enviaron de regreso alimentos, pieles y regalos, que aceptaron gustosos todos los fieles.
 El sacerdote estaba complacido, pues no sólo había creado vida sino medios de comunicación, así gente de distantes regiones podía saber qué pasaba sin la necesidad de enviar un mensajero a la locación.
Los hombrecillos relataban a sus dueños lo que sus semejantes atestiguaban en tierras lejanas, y así, sin necesidad de moverse, los reinos se comunicaban.

Aquello era un invento genial y más pronto que tarde, ya había demandas para producir más.
Emocionado, el sacerdote decidió seguir investigando, y así contrató a hombres para que la tierra siguieran escarbando.
Mejoró la fórmula y en aquello vio un negocio para acrecentar sus riquezas, sin saber que en la lejanía los moradores del bosque lo espiaban desde la maleza.
Una buena noche se enfrentaron con él, y le advirtieron que desgracias caerían de escarbar el suelo. De él nacían plantas y animales, le reclamaban, no era para usarse en sus banalidades.

 Sin embargo él los ignoró, y muy contento prosiguió con su excavación.
A la siguiente noche, decididos, los moradores del bosque atacaron para proteger a los árboles ancestrales, sin embargo fueron pronto replegados por los humanos y sus armas letales.
Así, los enfrentamientos se repitieron, hasta que los moradores del bosque finalmente se rindieron.
Marcharon a lo alto de la sierra, y jamás volvieron a los parajes.
Los humanos se apropiaron de la  tierra, excavado y talando el hermoso paisaje.
Ya raramente se escuchaba a los árboles cantar, desde la caída del primero no hacían más que sollozar.

En un principio los hombres se resistieron a la devastación, más con las ventas creciendo pronto se les pasó la indignación.
Tenían pieles sin necesidad de cazar, y alimentos que no tenían que cultivar. Los pueblos aledaños los alimentaban por producir los cabecillas que tanto se demandaban. Pronto ya nadie labraba la tierra, y todos se entretenían sacando raíces de la sierra.
Los árboles poco a poco fueron desapareciendo hasta que la zona se transformó de bosque a pastizal, y los años pasaron sin que nadie pensara en reforestar.
El clima cambió, ahora todo era caliente; las generaciones pasaron hasta que del bosque se olvidó la gente.
Ya nadie escuchaba hablar de los árboles de Cabeza que canciones entonaban, sino que buscaban sus enormes raíces que en la tierra se encarnaban.

Todos se dedicaban completamente a la extracción, de forma tal que los niños se quedaban todo el día sin supervisión.
Para esas épocas todos tenían ya un cabecilla con el que charlaban con la familia; al parecer la distancia era una cosa del pasado como lo eran sus orígenes, sus tradiciones y su legado.
Los adultos salían temprano a trabajar, volviendo tarde solamente a descansar. Puesto que el trabajo era demandante y las raíces cada vez más escasas, la paga era miserable, y miserables se tornaban las casas.
Los niños yacían solos todo el tiempo, siendo visitados solamente a la hora del cuento.
Al mundo lo conocían a través de relatos, ya no era necesario verse para pasar el rato.
Los vecinos apenas y se frecuentaban, no gustaba de verse y se limitaban a saludarse desde la entrada. Compartían más chismes por mensajería y voz de cabecilla, ya no era necesario salir a verse ni llenarse las plantas de arcilla.

Aún así la producción dejaba, de tal forma que a pesar de la explotación, el trabajo no escaseaba. Con la creciente demanda, la economía parecía florecer, pero lo mismo no se decía de la sierra, que con tristeza comenzaba a perecer.
Escaseaban los animales grandes, los árboles, las flores y las sagradas serpientes, no renacía la vida ni en el valle, ni en la montaña, ni en las escarpadas pendientes. A pesar de que el río corría, ya no se escuchaban ni su arrullo ni su cantar; por sus aguas llenas de tierra escavada ya no se veían ni aves ni ranas ni peces pulular.
Del suelo crecían solamente pastos altos que más pronto que tarde terminaban muertos. Ya no crecían ni arbustos, ni bayas, ni cactus, ni hortalizas, ni enredaderas, ni setos.
Aunque la gente parecía notarlo, no era tema de preocupación, pues la producción minera se encargaba plenamente de alimentar a la población.

Una ciudad vecina cuya gente padecía, llamaba tercamente a la lluvia para acabar con la sequía. Sin embargo sus ruegos y rituales resultaban en vano, pues sin los moradores del bosque aquellas tierras se transformaban en un seco llano. Buscaron por toda la región formas de alimentarse, más todo se había devastado y no existían ya formas de sustentarse.

Fue así que repararon en la causa de todos sus males: la tribu minera que había acabado con el bosque y los animales. Se trataba de los productores de los cabecillas, los mismos que habían derrochado en el río sus sobrantes de metales, piedras y arcillas. Se dieron cuenta, además, que ya nadie labraba el terreno, todos se dedicaban a la minería y se les pagaba con alimento ajeno.

Sintieron furia, ira y coraje, pues la ciudad entera pagaba con hambre las labores de aquel pueblo salvaje. No había para donde voltear, todo estaba igual por doquier, los niños lloraban, las crías morían y ya no había nada que hacer.
A menos que, acordaron algunos, les arrebataran sus tierras labradas en nombre de la avaricia. Les quitarían sus casas, sus raíces, sus minerales y sus insumos como pago por su enorme codicia.
Asintió el pueblo entero a la decisión y pusieron a planear la peligrosa misión.
Si lograban adueñarse del negocio, todo estaría bien. Crecerían las plantas, cantaría el bosque y regresarían las aves también. Podrían producir Cabecillas a cambio de agua y alimentos, así los niños no morirían y las familias tendrían nuevamente un sustento.

Una noche de luna nueva, con el cielo negro sobre los campos de las afueras, los hombres de la ciudad vecina cercaron al pueblo por los pastizales, prendiendo fuego a la maleza seca, los troncos y los matorrales. El pueblo minero yacía dormido, arrullado por la canción a eco de los cabecillas, tan profundamente desconectados del ruido, que no notaron que afuera se perpetraba una guerrilla.
No había animales que alertaran de nada al atolondrado pueblo, de tal forma que ni siquiera notaron la velocidad a la que se acercaba el fuego. Cuando abrieron los ojos ya era demasiado tarde, todo a su alrededor había sido consumido por el voraz fuego que arde.

Se vinieron abajo casas, cabañas y corrales; nada quedó en pie tras el incendio de los matorrales. Sobrevivientes no hubo ninguno, apenas quedaron cenizas, carbón y humo.

Festejaron gustosos el éxito de la misión, pues con ese negocio acabarían con la inanición. Más, oh, sorpresa, que al escarbar la tierra no hallaron más que lombrices; el fuego había voraz que había carbonizado hasta la más anchas raíces.
Ya no había materia para producir, y debido a la sequía, la ciudad no tuvo más que partir.

Los siglos pasaron y el con el tiempo los moradores del bosque regresaron. La tierra se reverdeció, pero los de Cabezas jamás se volvió a escuchar ninguna canción.

El Inicio de la Vida en la Tierra (Mito Central)

En un inicio había nada, y en medio de esa imponente vacuidad, toda la materia existente yacía unificada. Dos fuerzas cíclicas equitativas...