domingo, 26 de mayo de 2019

El Primer Gran Sueño de Ha: El Nacimiento del Agua Dulce

(Esta historia toma lugar tras el nacimiento de los 5 Artesanos elementales, antes del inicio de la vida y del nacimiento de la Muerte)

"¡Madre duerme, Madre duerme!", susurraban los cinco Artesanos. Inquietos y ansiosos como lo son todos en su juventud, se dispusieron con sus enormes cuerpos elementales a explorar de aquel planeta toda la magnitud. 
Rocoso y caliente, explosivo, carbonizado y ardiente. 
Cada quién, ínfimo a su vez, partió en su propia dirección, asimilando a su cuerpo cada elemento similar que hallaba en la creación. Pronto ya no eran simples elementales sino complejas creaciones que se iban transformando, día con día y mes con mes. Madre seguía dormida y había mucho qué hacer.
Eo corría desprevenido por acá y por allá, atravesando valles, colinas y grietas sin más. Era salvaje e impetuoso, cargado de gases, terco, salvaje y valeroso. Madre Tierra era así también, sólida, líquida, terca y pasional a la vez. Se miraron durante siglos darse humaredas volcánicas y ventiscas el uno al otro, así sin más, y con el transcurrir del tiempo esto generó cambios al entorno.
Tanto ruido despertó al Dios Rojo que dormitaba por ahí, y viendo con desagrado lo que su hermana había creado, vio su oportunidad para intervenir.
Gala y Eo se amaban con locura.

Madre Tierra y Padre Viento se amaban con tal locura que su sola unión causaba en todo el planeta estremecimiento. Una voz seductora, el hermano rojo, los había convencido en sueños de la existencia de la pasión, de la euforia desmedida, del romance, de la exageración. Y ambos cayeron embelesados en sus promesas de alegría y exaltación. 
Ventiscas calientes azotaban a cada hora del día cargadas de afecto y apego, era aquel un romance poderoso con la fuerza de mil desastres. Eo y Gala, con sus brazos del tamaño de ciudades, se envolvían mutuamente entremezclando sus seres tan distintos con tal terquedad que se volvían indistinguibles.
Desde la costa, Anzu observaba su cariño con los días crecer, entintando de colores el cielo y devastando los suelos sin reparo o medición, espinada muy adentro, en lo profundo de su corazón. El Dios Rojo le había hablado al oído, comparándola con la tierra con zaña para hacerla sentir mal consigo misma, diciéndole que la vastedad volcánica era mejor; que el mar era introvertido y misterioso, y nadie querría explorarlo jamás, pues era incierto, inconmensurable, desmedido.
Ella, con su cuerpo de aguas inquietas era más bien insípida al lado de la vigorosa Gala, cuya piel florecía y cambiaba para espectáculo de todos con las temporadas. Anzu era bella únicamente para sí misma y las maravillas de su interior no eran para nadie sino para sus ojos; aquel era el problema, se decía, y por ello nadie la amaría jamás. Suspirando, comenzó a preguntarse si tal pasión sería alguna vez el sentido de su existencia también. Así partió al sur donde Gala reposaba, como siempre, en una cuna de lava perdida por ahí, intentando hablar con ella para consolar su sufrir. 
Silenciosa se acercó la tierra dormida, e intentando despertarla se recargó en el borde del volcán, sumergiendo por error un dedo en el rojizo fluido ardiente. De inmediato saltaron chispas y sus dedos se transformaron en mero vapor, aquel contacto era virtualmente imposible y Gala ni se movió. Apenas miró la columna blanca y tan pronto pudo, a su sueño regresó.
Frustrada volvió al norte de la gran esfera que era su hogar, y ahí se sentó sin muchos ánimos a ver a la tierra y al cielo besarse y hablar. Los días eran horas, los años apenas semanas, y mientras tanto Anzu, triste, sola se miraba.
Una buena mañana, sin embargo, se acercó a Eo y con voz dulce le preguntó:
--Artesano de los cielos, aquel de cabellos de ventisca, ¿podrías amarme y acallar a este corazón que suplica?
--Lo siento, no puede ser, este cuerpo pertenece sólo a la tierra. No puedo amarte, hermosa marea.
Fúrica, Anzu se retiró aún más al norte, llenando de hielo la tierra enmedio de una rabieta. Más tarde, decidida a ser amada pensó que si era a la tierra a quien sus afectos dirigía Eo, bien podría fundirse con ella para hacerse del amor que tanto deseaba, mas Gala se negó y pujando con terquedad, el mar arremetió contra los suelos ardientes. Grandes olas embistieron a Gala, quien casi incapaz de defenderse, sólo lograba alzarse y alzarse en enormes planicies, más la marejada era inmensa y por mucho que se alzara, no lograba salvarse de la tempestuosa Artesana.
Eo corrió con todo su ser, batallando entre agua y tierra, rogándole al mar que se detuviera, más Anzu ya no escuchaba, ya no razonaba, sólo embestía con letal belleza al indefenso suelo volcánico, indiferente de su propio dolor, elevándose en amenazadoras columnas de vapor que evidenciaban que comenzaba a apagarse su magmática pasión.
Aquella marejada amenazaba con terminar con la vida ardiente de Gala y con su pasional relación, hechos que la herían tanto en el fondo de su ser que causaron que se fragmentara su titánico corazón. Aquel centro ardiente, resultado de la pasión del romance y una tristísima traición, cobró consciencia propia y admiró detenidamente la situación.
Madre Tierra sufría un violento enfriamiento por parte del mar, y debía de defenderla y mantenerla viva a cómo diera lugar
"Mi nombre es Ka, madre", le dijo a la tierra, "y yo te voy a proteger".
La titan del fuego corrió en el auxilio de Gala y uniéndose de ella, le dio calor para combatir a las rugientes olas. Entonces del suelo brotaron enormes criaturas como nunca se habían visto, de formas inimaginables, inconmensurables, con cuerpos de roca y corazones de fuego, altos e imponentes, con la fuerza necesaria para hacer frente a la incontrolable marea. 
El mar, rico y mineral, bañó días y noches enteras a los gigantes de roca hasta que su esencia misma se mezcló con ellos, mas al cabo de un buen rato se cansó y sintiéndose derrotada, Anzu se volvió a sí misma y se sumergió con amargura en las profundidades, llorando día y noche sin parar, llevándose consigo toda el agua de regreso al mar.
Gala se repuso del ataque, ahora más fría y temblada gracias al tempestuoso mar, mas en su ser existía una grieta enorme que ni siquiera el amor de Eo podía sanar:La mayor de los hermanos no quería entablar conversación, y sintiéndose culpable, extrañando a las aguas, Gala lamentaba el incidente en lo profundo de su corazón.
 Suu, compasiva como puede serlo la Luna de plata, bajaba a cada momento a consolar al mar, atravesando ingrávida toda barrera que le ofreciera Anzu cruzar, cantando canciones en su oído, nanas para mecerla de acá para allá, lamiendo las costas para que dejase de llorar.
Mientras tanto Ka, preocupada, recordó en alguna ocasión haberla tocado, y haciéndose de una buena idea a Eo propuso un plan: calentar el agua y en forma de bruma poderla llevar, había que reconciliar a las hermanas para que las grietas pudieran sanar.
 Así quedaron y Ka, haciendo usa de su enorme fuerza de titan, calentó a los suelos y a la mar, haciendo hervir el agua ocasionalmente para poderla cargar. Eo la abrazaba con su cuerpo sin forma, arrastrándola hasta Gala para hidratar su piel, trayéndole retazos de la marea que silenciaba para hacerla sentir bien. Así lo hicieron, días y noches sin parar, hasta que Gala estuvo tan llena de agua que por la piel la comenzó a exudar. Los gigantes de piedra, al ver a su madre segura, entonces se tiraron en el suelo a morir, cubriéndola de texturas y formas que milenios más tarde la vegetación pudo recubrir.
La batalla había sido tan dura que los gigantes, cargados de sal y minerales, se convirtieron en grandes cordilleras y ricas montañas donde el agua saliente volvía a las tierras salvajes prósperas y lozanas. 
El orden se restablecía lentamente y lo cierto es que al fin una cosa sí se dio, y es que por mucho que no pareciera, una parte del mar en el cielo sí se quedó.
Anzu seguía molesta más extrañaba a Gala también, y asomando de las profundidades acordaron hablar sin desdén.
El agua dulce que exudaba por la piel de Gala le habló, saludándole con el afecto que de Ka también recibió. Su nombre era Ea, señor del agua dulce, de los saberes del corazón, y estaba ahí para consolarla y comunicarla con su hermana mayor. Sería el vínculo inquebrantable entre ambas, así se ofreció, para que pudieran comunicarse sin ninguna agresión.
Hablando Anzu y Gala lograron acordar ya no ser ninguna tan dramática ni tan pasional.
Fue entonces que Eo y Gala hicieron la promesa de darse uno agua y otra vientos para mantener la cooperación con la marea, con ternura y con mesura, para evitar tantos celos como devastación.
 Si llueve se dice que los cielos besan la tierra, y es la promesa de ese amor el que a la vida encierra. Sin acuerdos fijos se concluyó sencillamente vivir en paz, en cooperación e independencia para crear más vida en aquella faz, no era mucho lo necesario más que danzar al ritmo que permitiese al todo vivir. Suu ofreció hacerle compañía eterna a la marea, para que ésta jamás se sintiese sola de nuevo, dándole fuerza y ritmo, cariño y compañía eternas.
Mientras tanto Ka se volvió guardián de Gala, abrazándola con sus amplios cinturones con alma de fuego, erupciones en el suelo que abastecían al todo de calor, para compensar a la calidez que se fue cuando Anzu se retiró.
Siglos después nació la madre selva como recuerdo de una batalla inconclusa por la unificación, que dio paso vida y a la evolución. De aquellas riñas y romances llegaron las cordilleras, los huracanes, las lluvias, los volcanes dormidos y en erupción, el agua salada, el polo helado, las mareas y de la luna una dulce canción.

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