La Tortuga Mextli (modelado), 50x55x65, Ana Fregoso, 2019
Tras las batallas con el mar todos los gigantes de roca volcánica y alma de fuego, con sus cuerpos pesados, comenzaron a andar trasladándose de las costas hacia todas direcciones con gran lentitud.
El agua salada depositada en sus cuerpos, rica en nutrientes, los abandonaba en forma de bruma debido al magma de sus entrañas ardientes, atrayendo a Ea, el titán del agua dulce, quien compadeciéndose del dolor que les causaba el calor en su propio interior, los fue bañando con lluvias durante siglos para facilitar su movimiento.
El paso del tiempo y la fuerza del agua misma fueron puliendo sus formas hasta resultar en enormes criaturas esculpidas del suelo mismo, rocas lisas con patas y un largo cuello que andaban con gran pesadez y gran lentitud sobre el suelo estéril que poco a poco se fue enfriando por acción de las lluvias que ellas mismas atraían.
Cuando la tierra se hubo enfriado y los gigantes hubieron andado, la vida vio su oportunidad para existir en el vientre de Anzu, diminuta al inicio y vasta después, poblándolo todo. Anzu estaba maravillada más Ha se hallaba dormida en alguna parte donde no la podía hallar, por lo que calló la noticia durante varios siglos.
La vida evolucionó y se extinguió en diversas ocasiones durante las cuales, sin importar qué, los gigantes siguieron andando, llenando de nutrientes y lluvias al suelo. Con el paso de los milenios sus caparazones se fueron poblando de plantas y animales por lo que se volvieron bosques andantes. Los gigantes eran tan enormes y su andar era tan lento que a la lejanía se veían como texturas del suelo y uno debía de encontrarse a varios kilómetros de distancia para dimensionar toda su enormidad.
Con el tiempo algunos de ellos se metieron al mar, otros tantos se conglomeraron en locaciones varias donde se tiraron al suelo a morir, dando paso a las cordilleras y grandes selvas, a los bosques nevados y a las sierras.
Uno de ellos, tras la quinta mega-extinción, aprendió a volar y cambió sus enormes patas por alas albergando habitantes en su lomo. Otro más, negándose a morir, echó a nadar en el mar donde desarrolló aletas y dio lugar a una hermosa ciudad de coral sobre su caparazón.
Un tercero, especialmente enorme, siguió andando y andando, acumulando en su interior una gran cantidad de agua dulce y en su exterior una gran cantidad de vida animal y vegetal. Los moradores del bosque seguían a aquella montaña que exudaba de entre sus piedras agua fría y fresca, dejando a su paso ríos que reverdecían la tierra y la volvían fértil. A su alrededor se establecieron pequeños pueblos y civilizaciones que se nutrían de ella y la montaña, consciente de ello, se paraba a dormir un tiempo para retomar su marcha después.
La Montaña flotante (ilustración), 23x30cm, Ana Fregoso, 2019
La Tortuga del Atlántico (ilustración), 23x30cm, Ana Fregoso, 2019
La Montaña flotante (ilustración), 23x30cm, Ana Fregoso, 2019
La Tortuga del Atlántico (ilustración), 23x30cm, Ana Fregoso, 2019
Así andando llegó a un gran valle donde una civilización se había asentado, La montaña estaba sumamente cansada, era más vieja que la vida misma y era tan grande y tan vasta que andar ya le costaba demasiado. Veía gustosa el tiempo en el que su corazón de fuego se apagase para descansar finalmente, pues sabía que volvería a andar entre los vivos pero de otra forma una vez que se apagase el magma en su interior. No temía a la muerte sino a la eterna vida de roca que parecía no tener fin.
Así, eligió ese bello valle como última locación. La población que ahí yacía era nómada y observando con gran curiosidad a aquella enorme montaña viva, de las últimas que aún andaban, se acercaron a explorarla. Estaba repleta de animales que podían comer y de plantas que podían utilizar. Exudaba agua limpia que podían beber y producía madera útil que podían tomar.
Así se asentaron a su lado.
Primeramente cazaron. A la montaña esto no le extrañaba pues todos los animales cazaban. Más tarde cortaron madera, cosa que tampoco le preocupó demasiado pues crecería más. Después desviaron sus aguas para el cultivo, ¿qué más daba?, si la vida engendraba vida.
Con el tiempo la población creció bendecida por aquel enorme animal al que rendían culto, pues sostenía su supervivencia casi en su totalidad. Lo respetaban y amaban, lo cubrían de flores, y la tortuga se sentía dichosa de no tener que morir en soledad.
Las lluvias eran constantes y la cosecha era buena, los minerales y los materiales eran vastos, todo era perfecto y así continuó durante muchos siglos en los que la población creció. No era un problema ya que los recursos alcanzaban inicialmente. Habiendo tanta abundancia, sin embargo, la población creció sin medida hasta que en un cierto punto comenzaron a escasear los recursos.
No era problema, pues había agua.
Hubo una época seca, sin embargo, en la cual Ea no llovió sobre aquel valle durante mucho tiempo causando una sequía prolongada que comenzó a acabar con la vida en los alrededores a excepción de la vida que se ocultaba sobre el caparazón de la tortuga colosal. Inmediatamente todos los animales y algunos moradores del bosque se mudaron a su caparazón buscando la vegetación que requerían para sobrevivir, convirtiéndose en presas del la civilización cercana quienes, a sabiendas de que la tortuga los abastecía de agua, la usaban como trampa.
Con el tiempo aprendieron a evitar aquella civilización, migrando a regiones lejanas donde pudiesen sobrevivir, dando paso a que, con el tiempo, dejara de haber animales e insectos en aquella región donde abundaba el agua.
Sin ellos los ciclos estaban rotos y los desechos de la población no regresaban a la tierra por lo que, para evitar tenerlos acumulados, comenzaron a aventarlos en los ríos para que la corriente los arrastrara lejos. Esto no le gustó para nada a la tortuga colosal quien, viendo la crueldad y la vanidad de aquel pueblo que se había adueñado del agua y cazaba a todo aquel que se acercara a beber, comenzó a cerrar los poros de su piel poco a poco para que el pueblo abusivo no pudiera beber y se fueran para que los animales volvieran.
Pero el pueblo no se detuvo. Viendo que la tortuga dejaba de exudar agua, dejaron de tratarla como deidad y en vez de ello comenzaron a amenazarla con talar totalmente sus bosques, sin embargo ella no cedió pues era más vieja que cualquiera de ellos y sabía que el bosque regresaría con el tiempo.
Puesto que no cooperaba los hombres, se molestaron y comenzaron lanzar más desechos a los ríos para amenazarla, pues ya no respetaban al agua y habían crecido tan acostumbrados a su abundancia que su carencia ni siquiera figuraba en su imaginación. Estaban dispuestos a obtener aguas como fuese pues sin ellas sus cosechas perecerían, pero la tortuga pensaba que eran malvados y no merecían el agua, pues debían de ser más humildes con la vida y no abusar de ella al grado de cazar en los abrevaderos. Y no cedió. Con esa amenaza se molestó más y cerró totalmente sus poros, dejando a secas al pueblo.
Así bien, los pobladores comenzaron a atentar contra la roca y haciéndose de palos y picos escavaron el cuerpo del gigante. Al principio aquello eran cosquillas, pero como hormigas fueron llegando poco a poco a su interior donde dieron con el centro de roca y perforándolo, causaron una herida en la piedra de la cual sangraba agua. La tortuga no podía contener el flujo que de su interior fluía y sintiéndose herida, quiso huir, pero era ya muy vieja y había pasado tanto tiempo echada en aquel valle que ya no se podía mover, y así herida, se sintió a morir.
El agua corría limpia nuevamente, dando vida a las cosechas. Los pobladores entendieron entonces que podían modificar el paisaje al grado incluso de controlar el agua que fluía. Se sintieron dioses pues decidían sobre el destino de los seres vivos de todo el valle, y viéndose en poder de hacer cuanto quisieran con ese poder, cazaron y cultivaron hasta desgastar totalmente la tierra. Si la tortuga sanaba sus heridas, abrían otras sin cuestionarse. Contaminaban el agua a partir de cierto punto para que nadie pudiese beber de ella y así conservar su soberanía sobre aquella tierra seca para pesar de la tortuga, quien siendo causante de las desgracias comenzó a llorar.
de sus enormes ojos escurría agua dulce que los pobladores agradecían y bebían sin culpa ni recato, para ellos aquella tristeza era simplemente un riachuelo más. Pero la tortuga no paró de llorar. Sus heridas sangraban y su corazón dolía pues había traído muerte a aquel lugar cuando lo que había deseado era llevar vida.
Debido al inconsolable llanto algunas heridas cesaron de sangrar, pues su vida se iba en la tristeza, y así el agua brotaba sucia de sus ojos, llena de metal y tierra, y nadie la podía beber pues quien lo hacía, moría.
En vista de la falta de agua comenzaron a escarbar aun más en la roca, sacando agua cada vez más sucia y haciendo que aumentara el llanto del enorme animal. Al principio no les importó pero con el pasó del tiempo aquello se volvió insostenible. Así, siguieron escarbando y la tortuga siguió sufriendo y poco a poco, sin lluvias, su agua fue cesando al grado de incluso causar escacéz en el llanto del animal.
Un cierto día, sin embargo, los hombres llegaron a la vieja carne bajo la roca y pensando que bajo de ella se encontraba el agua, la perforaron igualmente, causando la muerte de la tortuga colosal, quien agradecida de que aquel suplicio terminara, cerró sus ojos de una buena vez y abandonó su cuerpo tras de ella.
Ya no volvió a brotar agua de aquel enorme animal.
Ea decidió llover entonces más siendo testigo de aquella desgracia prefirió vengar al gran animal y persiguió con sequías a aquella población. Se llevó toda el agua, incluso el agua sucia, y los dejó en un terreo árido de vientos secos. La población migró, más Ea, molesto, se llevó toda lluvia que se cruzara en el paso de aquella población. Los hizo pasar sed y hambre, los sumergió en la miseria pues ya no había más agua, toda la habían gastado y contaminado y poco a poco los fue matando.
Una vez se hubiesen extinto, regresó donde yacía la tortuga colosal y apiadándose de ella, llovió sin cesar cada día hasta que las plantas regresaron y los animales también. De nuevo la tortuga estaba rodeada de vida, de nuevo su cuerpo engendraba vida.
El tiempo fue puliendo aquel cadáver de piedra hasta agujerar su caparazón descubriendo en su interior una gran cantidad de agua dulce y limpia, como un tesoro lleno de amor, hasta entonces oculto, que con los años albergó aves, peces y otros animales. La lluvias degradaron aún más al caparazón hasta hacer de sus restos óseos una cuenca enorme que acogía a un gran lago donde la luna, enorme, bañaba al suelo de luz en las noches, llenándola de canciones viejas.
"Mextli", bautizaron al gigantes difunto que aún tras su muerte era para aquella tierra un regalo que generaba vida.
Muchos años después esa enorme cuenca se conoció como la cuenca de México donde grandes civilizaciones de alzaron nuevamente, haciendo culto al agua.




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