Inicia la escena.
Se limpia el campo con hojas de palma y sal, posteriormente
se trae a la deidad al frente y alrededor suyo se colocan las ofrendas.
En torno a la deidad, los sacerdotes se sientan a orar en
voz baja.
Por
mí, por el futuro
Por
mí, por el presente
Por
nosotros, por el pasado
Soy
fuerte, soy capaz, soy suficiente.
Mi
piel de barro hablará por las generaciones
Sin
raza un antiguo linaje, mestizos que oran canciones
Hijos
de la tierra que al suelo venimos a proteger
Ofrendas
al tiempo para la vida defender.
Hijos
de la sierra que a la tierra venimos para cuidar
De
las generaciones futuras que nuestros caminos han de continuar
Hijos
de la tierra que a la vida venimos a resguardar
Los
ciclos eternos que al todo dan continuidad
El cardenal se pone de pie, gira hacia el público e inicia
la narración.
En un inicio había nada, todo estaba oscuro y silencioso. No había
noche ni día, no había dimensión ni distancia.
El tiempo, sabio, despertó de su sueño y tocando nuevamente a la
materia dormida, la hizo despertar. Inmediatamente las dos fuerzas que la
habitaban despertaron, e iniciando una inconsciente riña repartieron toda la
materia por el universo. Ahora ya no había más nada, había luces, nebulosas y
galaxias.
Vivimos en la tercera roca en torno a una estrella menor, donde hace eones, mucho antes de que hubiese vida para relatar este cuento, ambas
fuerzas riñeron durante siglos por la soberanía. El mayor era mañoso, abusivo y
controlador. Se ocupaba de vigilar a la menor de ambos, intentando
someterla en todo instante para asegurarse de reinar sobre esta roca, y siempre
conseguía dominarla.
Milenios pasaron en los que distintas catástrofes tuvieron lugar sin casualidades en esta masa ardiente, cayeron meteoritos, y contento con el caos
reinante, el mayor decidió dormir. Para estos seres de luz colorida los años
eran apenas horas, por lo que el descanso duraba bastante. En ese ínter la menor aprovechó para escapar a su ojo
vigilante y recorrer alrededor.
Era curiosa, impetuosa, y estaba profundamente molesta por haber sido
tanto tiempo sometida, que estaba dispuesta a volverse independiente y alejarse
de la mano aplastante de su hermano. Anduvo durante años y solo entonces se entendió
sola, y deseó compañía.
Viendo que una roca partida creaba dos, figuró que si quería cambiar su
situación debía de dividirse. Al apartar una fracción luminosa de su cuerpo,
ésta se apagaba, por lo que decidió adherirla a la materia para evitar que
aquello pasara, después de todo, la luz yacía igualmente contenida en el magma
alrededor suyo, la materia contenía energía.
Halló agua y viendo en ella su reflejo, aventó el primer
pedazo de su cuerpo a la gran masa líquida. El agua le habló con cordialidad, la llamó “Madre”.
Esto le gustó mucho al ser de luz amarilla y así se dispuso a crear más,
añadiendo en cada uno más amor que en el anterior. Primero creó un ente de roca
y magma. Luego, otro más de brumas y vientos. Rejuntó los fragmentos espaciales
que en torno al planeta giraban y modeló a la Luna, a quien también dotó de un
fragmento de su alma, y finalmente abrazó el corazón del planeta creando un ser más cuya
fuerza daba atracción a todo.
Madre estaba feliz con sus cinco hijos, ya tenía con quien charlar,
pero tanto se había fragmentado que su luz amarillenta parpadeaba. Debía de
reponerse, recoger fuerza del suelo.
Volvió a dormir durante varios milenios.
En este periodo el hermano mayor, la luz roja, despertó nuevamente,
alterado por haber perdido de vista a la luz amarilla. Anduvo en busca de ella
e incidentalmente dio con los Artesanos, como más tarde los llamarían, y supo
inmediatamente que eran creaciones de la menor, después de todo, su
luz ambarina brillaba a través de sus cuerpos materiales.
Los observó varios milenios y notó que como su hermana eran
pasionales, viscerales, impetuosos, volátiles y altamente reactivos, y viendo
que eran mayoría, se le ocurrió que lo mejor era echarlos a pelear entre ellos
para hacer que se destruyeran evitando ensuciarse las manos.
Habló primero al viento y luego al magma, haciéndoles notar lo peligrosos
que eran el uno y el otro, pero ellos se miraban con admiración, no con
cautela. No se generaban miedo en absoluto sino atracción, cuestión conveniente, pensaba el
rojo, pues se podían auto-consumir entre ambos.
Cambió su estrategia y les mintió, asegurando que fundirse entre los dos era la mejor sensación del mundo, idea que a ambos agradó al grado de comenzar
a devorarse sin miedo ni recato al poco tiempo, creando tormentas cargadas de gases y ventiscas
ardientes a toda hora del día.
Esto llamó la atención del agua, quien pronto sintió celos, y viéndose
rechazada por tierra y viento, arremetió sin piedad contra el suelo magmático
en forma de enormes marejadas, enfriándola.
El hermano rojo estaba tan contento con su hazaña que muy cómo se fue a dormir, seguro de que al despertar no hallaría más Artesanos sobre la faz de la Tierra.
A causa del enfrentamiento nació Ka, la titan del fuego, a partir del corazón herido del suelo magmático. Ella creó a los gigantes de piedra y corazón de fuego para proteger a su propia madre, los suelos.
El hermano rojo estaba tan contento con su hazaña que muy cómo se fue a dormir, seguro de que al despertar no hallaría más Artesanos sobre la faz de la Tierra.
A causa del enfrentamiento nació Ka, la titan del fuego, a partir del corazón herido del suelo magmático. Ella creó a los gigantes de piedra y corazón de fuego para proteger a su propia madre, los suelos.
El mar cesó su ataque y volvió a sí misma a llorar, derrochando tanta
tristeza en el proceso que se saló el agua.
El viento, sintiéndose responsable deseó consolar a las hermanas peleadas, pues incluso la
tierra se veía mal, y cooperando con el fuego, calentaron al mar para llevarlo
en forma de lluvia a la tierra para reconciliarlas.
Tanto llovió que la tierra comenzó a exudar agua dulce por la piel, y
ésta le habló también. Se llamaba Ea, el titan del agua clara, del corazón
sollozante, y estaba ahí para conciliar a ambas hermanas.
Ea se transportaba a través de las tormentas como actos de amor del
viento, el mar y la tierra, iluminando incidentalmente los contactos
pasionales. El rayo se llamó Lu, el titan luminoso, quien marcaría con sus tambores las conexiones
entre el cielo y el suelo de ahora en adelante.
Cuando la luz amarillenta de nombre Ha despertó, tantas cosas habían
pasado que el planeta era ahora totalmente diferente. Estaba complacida, y
deseaba crear más cosas, cosas que asemejaran al suelo. Vio en aquellos parajes cambiantes la posibilidad de la continuidad, de la presencia del tiempo.
Deseó seres que cambiaran como el suelo lo hacía, cuya existencia fuese
limitada y valiosa, única y variable.
Intentó dividirse y crear más, pero lo que nacía eran seres similares a
los primeros y no era lo que quería. Durante milenios trató de distintas formas sin conseguir nada.
Con el corazón roto se tendió con el mar a llorar, derramando en las
aguas fragmentos de su alma partida que le escurrían de la cara en forma de lágrimas.
Tanto lloró que el agua se llenó de luz, ya nada la calmaba.
La luna le regaló una roca espacial que pasaba por ahí para consolarla,
más Ha la aventó al mar sintiéndose desdichada, y se marchó, sin fijarse que
sus fragmentos con los de la roca se fusionaban.
Tanto chilló que mejor se tiró a dormir, y en ese ínter la vida comenzó
a existir. Al despertar había bastante, pero con el paso del tiempo notó que cuando
ellos morían, como lo había deseado, su luz se extinguía sin reponerse, su energía podía ser contenida pero no sostenerse. Fue
entonces que decidió que alguien debía de re-acomodar la energía para darle
continuidad. Creó a la Muerte envolviendo la mitad de su alma en su sombra, y
ésta juró proteger a los vivos con todo
su ser de aquel punto en adelante.
Madre Ha volvió a dormir, dándole oportunidad al Dios Rojo de
resurgir. Éste vio con desagrado que sus planes de acabar con los Artesanos
habían sido en vano y ahora había vivos también. Estaba enojado.
Ahora sí los echaría a pelear, que se pelearan tanto que la vida se
extinguiera, así sin más.
En distintas ocasiones retomó su malintencionado, echando a pelear a los Artesanos con sus amados hermanos. Pelearon el viento, la marea y el fuego sin cesar, hubo tantas riñas que antes de nuestra era la vida casi se acaba cinco veces a causa de aquel terrible mal. Todas estas veces madre Ha se dividió, y donando de su alma, restituyó el orden.
En distintas ocasiones retomó su malintencionado, echando a pelear a los Artesanos con sus amados hermanos. Pelearon el viento, la marea y el fuego sin cesar, hubo tantas riñas que antes de nuestra era la vida casi se acaba cinco veces a causa de aquel terrible mal. Todas estas veces madre Ha se dividió, y donando de su alma, restituyó el orden.
Se volvió consciente tras la quinta tragedia que la culpa no era de tanto
sus hijos como su hermano mayor, quien los echaba a pelear, y cayó en cuenta de
que esto era muy propio de él. Era egoísta y manipulador, posesivo, no sabía
compartir, no le gustaba crear ni descubrir.
Lo buscó molesta por todo el planeta, más no dio con él. Tanto anduvo que al final todo lo pudo recorrer, admirando ampliamente la vida que había surgido con el pasar de los años.
Los vivos habían modificado a través de sus alianzas todo el clima del planeta, sus texturas, su color, e incluso su temperatura. En conjunto eran tan poderosos como cualquier Artesano, como cualquier catástrofe, podían transformar la roca en su totalidad sin darse cuenta. Esto le dio a entender que si se volvieran conscientes de ello, podrían salvarse y salvar la vida de su planeta si conseguían mantener al clima estable conociendo sus ciclos.
Lo buscó molesta por todo el planeta, más no dio con él. Tanto anduvo que al final todo lo pudo recorrer, admirando ampliamente la vida que había surgido con el pasar de los años.
Los vivos habían modificado a través de sus alianzas todo el clima del planeta, sus texturas, su color, e incluso su temperatura. En conjunto eran tan poderosos como cualquier Artesano, como cualquier catástrofe, podían transformar la roca en su totalidad sin darse cuenta. Esto le dio a entender que si se volvieran conscientes de ello, podrían salvarse y salvar la vida de su planeta si conseguían mantener al clima estable conociendo sus ciclos.
Supo entonces que a lo único a lo que respetaban con fiereza sus hijos era a
ella misma, y que su propio valor recaía en su consciencia, por lo que de yacer
en cada ser vivo del planeta sus hijos los respetarían a todos por igual, y los
seres vivos serían conscientes y podrían interceder para impedir que la vida se
extinguiese aún si el Dios Rojo intentaba regresar.
Madre se transformó en bruma y ordenó al viento repartirla por doquier, para que la consciencia yaciera en el suelo y cualquiera pudiese
obtenerla. A los Artesanos les encargó cuidar de los vivos a como diera
lugar, para que ellos pudiesen seguir existiendo en Su nombre.
La lluvia sagrada cubrió con las estaciones a todo el planeta, adhiriendo la consciencia a la tierra de la cuál todos, de una forma u otra, se alimentaban.
La lluvia sagrada cubrió con las estaciones a todo el planeta, adhiriendo la consciencia a la tierra de la cuál todos, de una forma u otra, se alimentaban.
Los vivos se volvieron conscientes a partir de aquel punto y aprendieron a hablar, muchas civilizaciones
se alzaron y perecieron en el lugar. No había problema, era parte intrínseca de
la vida, de vivir y de existir, el cambio constante y el conocimiento
compartido eran las reglas de la supervivencia y la supervivencia brillaba por
su propia permanencia.
Mas el Dios Rojo en algún punto despertó nuevamente, furioso de ver
cómo fallaban sus planes. Finalmente resolvió hablar con Ha para reclamarle por la re-decoración planetaria y el sobrio hecho de no haberlo considerado en ninguna etapa de las decisiones que concernían a ambos, pues el planeta era de los dos, pero no dio con ella en ninguna parte y más tarde se enteró de sus planes.
Ahora ella yacía esparcida por doquier, en la consciencia de los vivos, y si quería rejuntarla debía de asesinarlos también. Perfecto, dos pájaros de un solo tiro, pensó, y se puso a planear cómo hacer para que los mortales se auto-destruyeran.
Se infiltraría una vez más en los vivos, pensó, y los convencería con visiones de que el consumo y el abuso eran la mejor opción, para que devoraran sus recursos sin parar, como plagas, y quedara el planeta desprovisto de vida así sin más.
Ahora ella yacía esparcida por doquier, en la consciencia de los vivos, y si quería rejuntarla debía de asesinarlos también. Perfecto, dos pájaros de un solo tiro, pensó, y se puso a planear cómo hacer para que los mortales se auto-destruyeran.
Se infiltraría una vez más en los vivos, pensó, y los convencería con visiones de que el consumo y el abuso eran la mejor opción, para que devoraran sus recursos sin parar, como plagas, y quedara el planeta desprovisto de vida así sin más.
Y así lo hizo, les habló y les hizo sentir que eran superiores y podían poseer, los llamó empresarios, reyes, clérigos, soberanos, poderosos acumuladores.
Y nos sometimos a la terca voluntad de la avaricia que con los siglos ha ido acabando con nosotros y con todos los demás.
Nos volvió indiferentes y arrogantes, nos habla en susurros
convenciéndonos de que la auto-complacencia es lo mejor que puede haber, nos
mantiene mediocres y nos hace contaminar el medio ambiente para asegurarse de
que nos destruyamos solos, él no tiene nada más que hacer.
Nos volvió racistas, nos volvió machistas, nos volvió violentos, nos volvió
miserables, irresponsables y crueles. Años y años nos dijo que entre más poseyéramos
mejor sería, pero no es así, porque los recursos se acaban y no hay adonde
huir.
Años y años nos susurró al oído que estaba bien ser indiferentes,
antipáticos y destructivos. Años y años nos mostró publicidad, nos impuso
estándares, nos explotó sin piedad, hasta que nosotros mismos comenzamos a
hacerlo también, aún sin su presencia.
Estamos poseídos por un mal intrínseco que no nos permite sobrevivir, que nos critica, nos oprime, y
que para el final de este siglo amenaza con llevarnos al fin. No más vida en
este planeta hasta la siguiente vuelta porque así lo deseamos. No más vida en este planeta porque todo codiciamos.
Compramos productos a compañías que destruyen nuestros bosques por mero
placer, tiramos basura, asesinamos, matamos, talamos así sin más. Contaminamos porque sí. Son muestras evidentes del mal presente en cada quién, de nuestra
ignorancia y nuestro deseo de morir también.
Hemos sido poseídos y ahora somos nuestra propia desgracia, y a nadie podemos culpar. Nos acarreamos nuestros males y hay mucho que enmendar.
Al concluir la narración se sienta. Oran.
Pedimos
a la lluvia saciar nuestra sed y a la tierra nuestra hambre,
Pedimos
benevolencia al clima y consciencia a nuestra Madre.
Oramos
por la capacidad de ver aquello que escapa nuestro entendimiento,
Aprender
para vivir y vivir para compartir el conocimiento.
Diversidad
como regla y cambio constante
La
vida retomando su paso cada día a cada instante
Muerte
como proceso, muerte como reintegración
Historias
urdidas en el lienzo inmenso de la creación
Vivir
para dar y dar para vivir,
Fluir
y soltar, amar y reír
Con
empatía y sin ambición
Son
las simples reglas en esta misión.
La mariposa monarca abre el caparazón de la Tortuga Mextli, de su interior extrae
el libro Raíces, lo abre en la página
indicada.
Tras
las batallas con el mar…
Al concluir la narración, el libro se coloca en el centro
junto a la tortuga, el cardenal y el zanate se ponen de pie y los tres danzan.
Bendita
sangre que cae del cielo
Vida que da
vida y la regresa al suelo
Dale
prosperidad a esta tierra
Fuerza a los
vivos y vigor a la sierra
Trae de
regreso lo que el invierno se ha llevado
Las dulces
lloviznas y las tormentas de verano
Trae de
regreso los frutos y flores
Reviste al
campo y trae de vuelta los colores
Recuerda con
tu ronco canto canciones antiguas
Nanas viejas
para sanar la tierra y las heridas
Recuerda a
los vivos que por tu magnificencia viven
Que por tu
fuerza las aves cantan y los ciclos siguen
Sangre
bendita que cae del cielo
Lluvia sagrada
que nutre al suelo
Que tus
aguas permanezcas siempre potables
Que no se
contamines tus lagos ni manglares
Que los
vivos te adoren sin restricción
Que sepan
que por tu presencia viven sin preocupación
Al detenerse la música, regresan a su lugar. El zanate se
queda de pie.
Toma el libro sagrado, lo hojea y encuentra una leyenda de
su agrado. Muestra el libro, ilustra la narración.
(...)
(...)
Al concluir, cierra el libro, lo mete en el caparazón de la
tortuga y ocupa su lugar en el círculo central.
Los tres oran en voz alta arrojando sal a las ofrendas
Hijos
de la tierra nos hacemos llamar
Aquellos
que con las manos al suelo hemos de sanar
Hijos
de la sierra nacimos para ser
Nacidos
para ser amados, nacidos para proteger
Dignos
y fuertes somos animales
Somos
ríos, somos bosques, somos manantiales
Con
piernas de raíces y brazos alados
Escamas
en el cuerpo y los dedos emplumados
Hijos
de la tierra somos aquellos que respiramos
Los
que vuelan, los que nadan, los que andamos.
A
lo largo de esta vida hemos aprendido
que
si hay cambio, hay camino recorrido
Del
pasado se aprende si se quiere avanzar
Los
dolores se resanan si se busca la paz
Cuida
de otros, que otros cuidarán de ti
Cuida
de otros para cuidar de mí
Cuida
de otros sea cual sea su especie o color
Recibe
ayuda y resana el dolor
Cuida
de otros, así se irá el estrés
Cuida
de otros para que todo esté bien
Cuida
de otros midiendo tus acciones
Cuida
de otros tomando decisiones
Cuida
de otros cuidando al medio ambiente
Cuida
de otros viviendo sanamente
Cuida
de otros cuidando de ti
Cuida
de otros cuidando de mí
Se ponen de pie, agradecen a la tortuga, agradecen a los
presentes, entregan las ofrendas al público que desee recogerlas.
Termina la función.
Ana Fregoso (Cardenal)
Frida Ugalde (Mariposa)
Osvaldo Ibarra (Zanate)
Ana Fregoso (Cardenal)
Frida Ugalde (Mariposa)
Osvaldo Ibarra (Zanate)
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