En un inicio había nada, y en medio de esa imponente
vacuidad, toda la materia existente yacía unificada. Dos fuerzas cíclicas
equitativas y distintas, coludidas en la materia dormitaban, e inconscientes de
su propia existencia, sencillamente reposaban, hasta que el tiempo se hizo
lugar entre la inconmensurable oscuridad y tocando a la materia, la hizo
despertar. La menor de las fuerzas se volvió consciente entonces, y desgarrando
la paz quieta, inició una riña que dividió a los elementos.
En medio del silencio se inició una explosión, que repartió
a la materia por todo el espacio alrededor, dividida, con ambas fuerzas en cada
fragmento despedido hacia la infinidad. De pronto ya no existía más nada, ahora
todo estaba poblado por estrellas, por nebulosas, por galaxias, donde la riña
entre ambas fuerzas creaba caos, color y movimiento, iluminando de luces y
colores todo el firmamento.
La tercera roca que giraba en torno a una estrella menor,
hizo de su órbita un hogar para establecer su posición, y ahí, entre el
material ardiente, ambas fuerzas equitativas se peleaban sobre la superficie
incandescente. Inconscientes y sin forma, los dos seres competían por la
posibilidad de sobrevivir, a sabiendas de que ambos no podían coexistir.
Durante mucho tiempo el mayor de ellos reinó en aquella roca volcánica, más con
los siglos pasando poco a poco su guardia fue bajando, hasta que finalmente se
durmió, dándole oportunidad a la menor de escapar de su ojo vigilante para recorrer
alrededor.
Se admiró a sí misma en la superficie del agua, consciente
de sí, y viéndose libre, deseó compañía más afable que su insufrible igual. Se
comparaba y entre ellos no hallaba ninguna diferencia, ambos eran seres
luminosos sin cuerpos pero con consciencia. Pensó, pues, que si una piedra
partida creaba dos, dividirse sería de su problema la solución. Se sumergió así
en el río, dividiendo su núcleo y aventándolo al vacío. Un ser de aguas,
diferente de ella a su vez, tomó consciencia de sí y con una voz cavernosa
saludó al ser de luz amarilla, quien complacida le habló de sí. Entablaron una
charla, la primera en la historia del errante, y sintiéndose tan cómoda con su
creación, decidió crear otro ser hablante.
Se aventó así como así al cráter de un volcán, y
dividiéndose nuevamente entre la piedra y el calor, dio vida a un ser
magmático, vigoroso y errático de material rocoso y piroplástico. Se saludaron
con amabilidad, más al intentar tocarse, mar y tierra se hicieron estallar. Qué
curioso, pensaba el ser, que seres de un mismo hogar no pudiesen tocarse, mas
no se detuvo por mucho, su mente retozaba, deseosa e inquieta, viendo qué más
creaba.
Lanzó un cacho más de sí a la brisa vaporosa que aquel
contacto había creado, y entonces dicha brisa le habló, saludó las damas y su
camino continuó. Emocionada, optó por crear más, y subiendo al firmamento,
muchos pedazos de meteorito y tierra comenzó a juntar. Finalmente se construyó
un satélite grisáceo y espectacular, lo besó, llenándolo de caricias y afecto
sentimental, hasta que un fragmento de su vida se desprendió, y el ente de la
Luna finalmente despertó. Saludó a los 3 seres que el ser de luz había creado,
saludó a su creadora y echó a andar en torno a la gran esfera siguiendo a la
brisa andar.
Finalmente, y ya en el cielo, el ser pensó que hacía falta
algo que no pertenecía del todo al suelo, y enterrándose en la tierra estéril,
llegó al núcleo del errante y ahí se dividió una vez más. El ser nacido del
centro, lleno de amor y fraternidad, creaba atracción en el planeta que le daba
cohesión a toda la vastedad, magnetismo y unificación, el campo que a todo le
daba relación.
Mientras el mayor de las fuerzas reposaba, el mundo cambio
en su totalidad, creando nuevos colores, paisajes y mezcolanzas que antes no
habría podido ni contemplar: En este periodo, el ser de luz amarilla se fue
también a dormir, pues exhausta de dividirse era la única forma de sobrevivir.
Los siglos pasaron y el errante se llenó de texturas y formaciones varias, pues
los Artesanos, como más tarde los bautizó el ser, estaban ligados al errante y
no hacían sino crecer y andar como parias. Más pronto que tarde su actividad
invadió la totalidad del planeta, creando ciclos interminables como resultado
de sus relaciones fraternales.
Al despertar, el ser de luz amarilla se halló con una
distinta vastedad, todo se había transformado en su ausencia, de una roca
incandescente, deforme e incierta, a una masa caótica, variada y pintoresca. Mas al observarse en las aguas
se vio exactamente igual, como sus hijos lo eran, pues nada había cambiado,
solo la inmensidad. Fue así que pensando se dio cuenta de que aquello no era lo
único que podía haber: seres finitos en terrenos siempre cambiantes, vivos pero
no siempre iguales. Deseó que algo diferente de ellos poblara la inmensidad,
valioso por tener una existencia limitada que pudiese cambiar. Más en todo el
planeta no halló nada así, todo lo que había eran seres elementales conscientes
de sí.
Desesperada, revisó acá y allá, e incapaz de crear más nada,
se tendió en un acantilado a llorar. Su núcleo luminoso entonces se fragmentó,
y escurriéndole de la cara, directo en el mar cayó. La luna, comprensiva, jaló
del cielo una roca espacial, algo que no se hallaba en la tierra, con afán de
ayudarla a mejorar. Pero nada la consolaba, la vida quería crear, y de mala
gana, aventó la roca al mar. Los fragmentos de su núcleo se unieron a su vez
con los de la roca espacial, creando seres ínfimos que comenzaron a poblar el
mar. De esto ella no se enteró, y durante siglos en ese acantilado se quedó.
Lloró tanto que sin querer cubrió de sí todo el lecho marino, donde finalmente
con los años, la vida encontró su camino.
Harta, el ser luminoso regresó a dormir sin saber que por
ella la vida comenzaba a surgir. Milenios después despertó para ver su deseo
cumplido al fin: toda una gama de seres minúsculos poblaban las aguas, diversos
y coloridos, nadaban por doquier, más había un problema y es que al finalizar
su tiempo de vida, su fragmento de núcleo se apagaba también. Al cabo de un
rato, pensaba, la vida se extinguiría y no había nada nuevamente en aquel
lugar, y buscando quien además de ella pudiese tocar los fragmentos, sobre su
sombra se puso a reflexionar.
Partió otro pedazo de sí y en su sombra lo envolvió cual papel,
haciéndola surgir hinchada de suelo bajo sus pies; oscura e ingrávida, la
saludó galantemente, a lo que el ser respondió con simpleza pero amablemente.
La obesa sombra entonces se aclaró la garganta y se anunció con recato, “soy la
Muerte” y sin más comenzó a hacer su trabajo: cuando un mortal perecía, a su
alma debía de reacomodar, así su luz no desaparecía sino se pasaba a otro
lugar.
Con todo dispuesto, los ciclos comenzaron a cambiar, y como
lo había deseado, los mortales modificaban todo a su paso por la vastedad. La
ser de luz al que llamaban Madre estaba complacida, en el planeta no importaba
otra cosa sino la vida. Con toda calma, exhausta tras haberse cedido por la
mitad a la Muerte, regresó a dormir, y fue entonces que el otro ser de luz roja
vio su oportunidad para resurgir.
A él no le agradaban para nada la diversidad, la
incertidumbre, lo eternamente cambiante; él prefería lo predecible, lo rápido, lo
cómodo, lo aberrante; a él le gustaba estar en control, despreciaba todo
aquello fuera de su supervisión. Prefería los tiempos sencillos donde no tenía
que compartir su energía con nadie, ni su tiempo, detestaba aquel mundo nuevo y
a su hermana por haberlo hecho, ¿dónde quedó la simpleza de vagar en la nada?, ¿los
espectaculares volcanes en eterna erupción, las tempestuosas tormentas del Fin
del Mundo, la devastación?, ¿dónde estaban la emoción de lo masivo, lo excesivo,
lo maleable?, ¿qué había de malo con que todo fuese como antes?, Simple, caótico,
brillante. Solo lo visible a los ojos y nada más, ¿qué de bueno podría tener un
mundo lleno de insectos, de algas y hongos, de suciedad?
A él no le gustaba cambiar, y estaba dispuesto a hacer todo
lo necesario con tal de ganar. Su hermana dormía, ¿qué mejor oportunidad?,
astuto y malicioso, se propuso intervenir aquella creación tan abominable,
hasta que ya no pudiera revivir. Con dulces palabras, uno a uno a los Artesanos
sedujo, les ofreció exceso, pasión, emoción y lujo.
Con mucho sigilo uno a uno fue convenciendo, y cinco veces
antes de nuestra era, la vida fue desapareciendo. Más con la edad viene la
sabiduría y los Artesanoshan aprendido su lección: a no ceder a las dudas, a
los engaños, a los encantos, ni a la tentación. Hacer lo necesario para
preservar la vida, mantener el contacto, sanar las heridas; más el mayor de los
hermanos aún sigue aquí, buscando oportunidades para poder resurgir. Desde el
inicio de la vida, siete veces ha ido a dormir Madre, y siete veces se ha visto
obligada a resurgir de entre el caos para que la vida pueda existir.
Cada que duerme su energía se reparte, es el vínculo cíclico
que todos los seres vivos comparten, la hebra que le da color al ser, la
cohesión entre los ciclos, el milagro, la reproductibilidad, el perecer. La
capacidad de la vida para existir depende de que los vivos mantengan sus ciclos
andando, de lo contrario el monstruo dormido, el hermano mayor, nos seguirá rondando.
Con ella reinante ambos pueden dormir, arropados por el colorido manto terrestre,
y si alguno estuviese completamente consciente, ninguno de nosotros, ni la vida
misma, podría existir. Mientras ella duerma, la tierra canta, susurra, mantiene
el equilibrio andando en calma y sin mesura. Tales canciones mantienen a ambos
seres de luz durmiendo, y el día que el mayor despierte, ninguno de nosotros
podremos seguir viviendo. Es por ello que el barullo natural representa para los
vivos un consuelo, pues el silencio ininterrumpido no puede significar otra
cosa que miedo.
Oremos porque los ciclos se mantengan andando, porque las
aves canten, los ríos suenen, los peces naden, las lluvias lleguen. Oremos
porque el silencio no sea la norma jamás, para que el monstruo dormido de la
tierra no despierte nunca más.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario