domingo, 26 de mayo de 2019

El Inicio de la Vida en la Tierra (Mito Central)


En un inicio había nada, y en medio de esa imponente vacuidad, toda la materia existente yacía unificada. Dos fuerzas cíclicas equitativas y distintas, coludidas en la materia dormitaban, e inconscientes de su propia existencia, sencillamente reposaban, hasta que el tiempo se hizo lugar entre la inconmensurable oscuridad y tocando a la materia, la hizo despertar. La menor de las fuerzas se volvió consciente entonces, y desgarrando la paz quieta, inició una riña que dividió a los elementos.
En medio del silencio se inició una explosión, que repartió a la materia por todo el espacio alrededor, dividida, con ambas fuerzas en cada fragmento despedido hacia la infinidad. De pronto ya no existía más nada, ahora todo estaba poblado por estrellas, por nebulosas, por galaxias, donde la riña entre ambas fuerzas creaba caos, color y movimiento, iluminando de luces y colores todo el firmamento.
La tercera roca que giraba en torno a una estrella menor, hizo de su órbita un hogar para establecer su posición, y ahí, entre el material ardiente, ambas fuerzas equitativas se peleaban sobre la superficie incandescente. Inconscientes y sin forma, los dos seres competían por la posibilidad de sobrevivir, a sabiendas de que ambos no podían coexistir. Durante mucho tiempo el mayor de ellos reinó en aquella roca volcánica, más con los siglos pasando poco a poco su guardia fue bajando, hasta que finalmente se durmió, dándole oportunidad a la menor de escapar de su ojo vigilante para recorrer alrededor.
Se admiró a sí misma en la superficie del agua, consciente de sí, y viéndose libre, deseó compañía más afable que su insufrible igual. Se comparaba y entre ellos no hallaba ninguna diferencia, ambos eran seres luminosos sin cuerpos pero con consciencia. Pensó, pues, que si una piedra partida creaba dos, dividirse sería de su problema la solución. Se sumergió así en el río, dividiendo su núcleo y aventándolo al vacío. Un ser de aguas, diferente de ella a su vez, tomó consciencia de sí y con una voz cavernosa saludó al ser de luz amarilla, quien complacida le habló de sí. Entablaron una charla, la primera en la historia del errante, y sintiéndose tan cómoda con su creación, decidió crear otro ser hablante.
Se aventó así como así al cráter de un volcán, y dividiéndose nuevamente entre la piedra y el calor, dio vida a un ser magmático, vigoroso y errático de material rocoso y piroplástico. Se saludaron con amabilidad, más al intentar tocarse, mar y tierra se hicieron estallar. Qué curioso, pensaba el ser, que seres de un mismo hogar no pudiesen tocarse, mas no se detuvo por mucho, su mente retozaba, deseosa e inquieta, viendo qué más creaba.
Lanzó un cacho más de sí a la brisa vaporosa que aquel contacto había creado, y entonces dicha brisa le habló, saludó las damas y su camino continuó. Emocionada, optó por crear más, y subiendo al firmamento, muchos pedazos de meteorito y tierra comenzó a juntar. Finalmente se construyó un satélite grisáceo y espectacular, lo besó, llenándolo de caricias y afecto sentimental, hasta que un fragmento de su vida se desprendió, y el ente de la Luna finalmente despertó. Saludó a los 3 seres que el ser de luz había creado, saludó a su creadora y echó a andar en torno a la gran esfera siguiendo a la brisa andar.
Finalmente, y ya en el cielo, el ser pensó que hacía falta algo que no pertenecía del todo al suelo, y enterrándose en la tierra estéril, llegó al núcleo del errante y ahí se dividió una vez más. El ser nacido del centro, lleno de amor y fraternidad, creaba atracción en el planeta que le daba cohesión a toda la vastedad, magnetismo y unificación, el campo que a todo le daba relación.
Mientras el mayor de las fuerzas reposaba, el mundo cambio en su totalidad, creando nuevos colores, paisajes y mezcolanzas que antes no habría podido ni contemplar: En este periodo, el ser de luz amarilla se fue también a dormir, pues exhausta de dividirse era la única forma de sobrevivir. Los siglos pasaron y el errante se llenó de texturas y formaciones varias, pues los Artesanos, como más tarde los bautizó el ser, estaban ligados al errante y no hacían sino crecer y andar como parias. Más pronto que tarde su actividad invadió la totalidad del planeta, creando ciclos interminables como resultado de sus relaciones fraternales.
Al despertar, el ser de luz amarilla se halló con una distinta vastedad, todo se había transformado en su ausencia, de una roca incandescente, deforme e incierta, a una masa caótica, variada  y pintoresca. Mas al observarse en las aguas se vio exactamente igual, como sus hijos lo eran, pues nada había cambiado, solo la inmensidad. Fue así que pensando se dio cuenta de que aquello no era lo único que podía haber: seres finitos en terrenos siempre cambiantes, vivos pero no siempre iguales. Deseó que algo diferente de ellos poblara la inmensidad, valioso por tener una existencia limitada que pudiese cambiar. Más en todo el planeta no halló nada así, todo lo que había eran seres elementales conscientes de sí.
Desesperada, revisó acá y allá, e incapaz de crear más nada, se tendió en un acantilado a llorar. Su núcleo luminoso entonces se fragmentó, y escurriéndole de la cara, directo en el mar cayó. La luna, comprensiva, jaló del cielo una roca espacial, algo que no se hallaba en la tierra, con afán de ayudarla a mejorar. Pero nada la consolaba, la vida quería crear, y de mala gana, aventó la roca al mar. Los fragmentos de su núcleo se unieron a su vez con los de la roca espacial, creando seres ínfimos que comenzaron a poblar el mar. De esto ella no se enteró, y durante siglos en ese acantilado se quedó. Lloró tanto que sin querer cubrió de sí todo el lecho marino, donde finalmente con los años, la vida encontró su camino.
Harta, el ser luminoso regresó a dormir sin saber que por ella la vida comenzaba a surgir. Milenios después despertó para ver su deseo cumplido al fin: toda una gama de seres minúsculos poblaban las aguas, diversos y coloridos, nadaban por doquier, más había un problema y es que al finalizar su tiempo de vida, su fragmento de núcleo se apagaba también. Al cabo de un rato, pensaba, la vida se extinguiría y no había nada nuevamente en aquel lugar, y buscando quien además de ella pudiese tocar los fragmentos, sobre su sombra se puso a reflexionar.
Partió otro pedazo de sí y en su sombra lo envolvió cual papel, haciéndola surgir hinchada de suelo bajo sus pies; oscura e ingrávida, la saludó galantemente, a lo que el ser respondió con simpleza pero amablemente. La obesa sombra entonces se aclaró la garganta y se anunció con recato, “soy la Muerte” y sin más comenzó a hacer su trabajo: cuando un mortal perecía, a su alma debía de reacomodar, así su luz no desaparecía sino se pasaba a otro lugar.
Con todo dispuesto, los ciclos comenzaron a cambiar, y como lo había deseado, los mortales modificaban todo a su paso por la vastedad. La ser de luz al que llamaban Madre estaba complacida, en el planeta no importaba otra cosa sino la vida. Con toda calma, exhausta tras haberse cedido por la mitad a la Muerte, regresó a dormir, y fue entonces que el otro ser de luz roja vio su oportunidad para resurgir.
A él no le agradaban para nada la diversidad, la incertidumbre, lo eternamente cambiante; él prefería lo predecible, lo rápido, lo cómodo, lo aberrante; a él le gustaba estar en control, despreciaba todo aquello fuera de su supervisión. Prefería los tiempos sencillos donde no tenía que compartir su energía con nadie, ni su tiempo, detestaba aquel mundo nuevo y a su hermana por haberlo hecho, ¿dónde quedó la simpleza de vagar en la nada?, ¿los espectaculares volcanes en eterna erupción, las tempestuosas tormentas del Fin del Mundo, la devastación?, ¿dónde estaban la emoción de lo masivo, lo excesivo, lo maleable?, ¿qué había de malo con que todo fuese como antes?, Simple, caótico, brillante. Solo lo visible a los ojos y nada más, ¿qué de bueno podría tener un mundo lleno de insectos, de algas y hongos, de suciedad?
A él no le gustaba cambiar, y estaba dispuesto a hacer todo lo necesario con tal de ganar. Su hermana dormía, ¿qué mejor oportunidad?, astuto y malicioso, se propuso intervenir aquella creación tan abominable, hasta que ya no pudiera revivir. Con dulces palabras, uno a uno a los Artesanos sedujo, les ofreció exceso, pasión, emoción y lujo.
Con mucho sigilo uno a uno fue convenciendo, y cinco veces antes de nuestra era, la vida fue desapareciendo. Más con la edad viene la sabiduría y los Artesanoshan aprendido su lección: a no ceder a las dudas, a los engaños, a los encantos, ni a la tentación. Hacer lo necesario para preservar la vida, mantener el contacto, sanar las heridas; más el mayor de los hermanos aún sigue aquí, buscando oportunidades para poder resurgir. Desde el inicio de la vida, siete veces ha ido a dormir Madre, y siete veces se ha visto obligada a resurgir de entre el caos para que la vida pueda existir.
Cada que duerme su energía se reparte, es el vínculo cíclico que todos los seres vivos comparten, la hebra que le da color al ser, la cohesión entre los ciclos, el milagro, la reproductibilidad, el perecer. La capacidad de la vida para existir depende de que los vivos mantengan sus ciclos andando, de lo contrario el monstruo dormido, el hermano mayor, nos seguirá rondando. Con ella reinante ambos pueden dormir, arropados por el colorido manto terrestre, y si alguno estuviese completamente consciente, ninguno de nosotros, ni la vida misma, podría existir. Mientras ella duerma, la tierra canta, susurra, mantiene el equilibrio andando en calma y sin mesura. Tales canciones mantienen a ambos seres de luz durmiendo, y el día que el mayor despierte, ninguno de nosotros podremos seguir viviendo. Es por ello que el barullo natural representa para los vivos un consuelo, pues el silencio ininterrumpido no puede significar otra cosa que miedo.
Oremos porque los ciclos se mantengan andando, porque las aves canten, los ríos suenen, los peces naden, las lluvias lleguen. Oremos porque el silencio no sea la norma jamás, para que el monstruo dormido de la tierra no despierte nunca más.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

El Inicio de la Vida en la Tierra (Mito Central)

En un inicio había nada, y en medio de esa imponente vacuidad, toda la materia existente yacía unificada. Dos fuerzas cíclicas equitativas...