Hace mucho tiempo, en una tierra lejana cuna de una gran
ciudad, cada familia contaba con un ejido para cosechar. Había toda clase de
semillas, frutos y plantas, mucho comercio, ríos lozanos y lluvias constantes.
A aquellas tierras iba cada año un comerciante durante el
otoño para vender los frutos rojos que se daban en su región lejana, a un mes
de camino de aquel lugar en las selvas lluviosas del sur. Transportaba en su
carreta costales y costales de aquel manjar seco, que se vendían en la gran
ciudad mejor que cualquier otro producto. Eran la golosina más popular, tanto
así que al poco tiempo se acababan. Todos los años se esperaba con gran fervor
su regreso, y era tan apreciada su mercancía que con el tiempo la gente había
comenzado a tratarlo como familia.
Le daban frutos y plumas para agradecerle, siempre que
pasaba por cualquier calle, lo trataban cordialmente. Sintiéndose muy cómodo el
comerciante tomó una decisión estratégica: un año entero ahorró lo necesario y
se compró una parcela en la ciudad, donde puso una casa y dispuso un jardín.
Partió de regreso a tierras lejanas durante primavera y volvió en verano con un
esqueje del árbol que daba los frutos rojos que a todos tanto gustaban y lo
plantó junto a su casa, bien seguro y cerca del canal de riego que alimentaba
el río cercano.
Todos los días lo abonaba sin falta, pensando que en unos
poco años aquella planta sería la fuente
de su segura riqueza. Provisionalmente cultivaba la milpa y regresaba a sus
tierras por frutos secos para vender, dejando a alguien a cargo en su ausencia
para abonarlo en su lugar.
El árbol creció y creció y pronto se convirtió en un
monumento enorme, una mata frondosa y de raíces anchas que se extendía
cubriendo de sombra toda su casa. Una década pasó antes de que diera sus
primeros frutos, que como lo esperado, fueron una sensación. Entonces el
hombre, satisfecho, vio la recompensa por su esfuerzo y en aquella planta lo
necesario para mantenerse durante la vejez.
Aquel árbol, que dependía totalmente del calor, floreaba
todo el año en aquella tierra extranjera donde ninguna otra planta le impedía
seguir creciendo. En la selva, animales e insectos todo el año lo picaban y
solo con las inclementes lluvias del verano y los frutos de los demás lo
dejaban en paz, más en aquel lugar no tenía predadores ni métodos de regulación
natural, podía extenderse cuanto deseara adueñándose del canal de riego para
saciar su sed. La abejas adoraban su néctar, y las aves también, en vez de
nutrirse de su tierra o de su corteza lo ayudaban a crecer bien.
Mas no todo era perfecto en este cuento, y hubo un detalle
que le falló: el follaje no era adecuado para abonar el suelo del que se
alimentaba. Sus hojas y savia, compuestos de ácidos propios de la selva
lluviosa, conservaban los desechos frescos impidiendo que regresaran a la
tierra con facilidad. Tardaba muchísimo más que cualquier follaje en
desaparecer, un mes o dos, tal vez. En su tierra natal todo el año era devorado
sin parar de tal forma que los animales con su digestión, abonaban el suelo sin
tantos problemas en medio.
Las especies locales se negaban a comer el follaje del árbol
frutal, de tal forma que el hombre solo apilaba los desechos en la parte de
atrás, junto al canal.
Fuera de eso las ventas iban de maravilla, y con la demanda
creciendo su futuro pintaba bastante acogedor. La gente se acostumbró pronto a
tener deliciosos frutos rojos todo el año, frescos, además. Aquél era un manjar
de tierras lejanas que ahora podía probar cuanto quisieran; sin medida ni temor
le compraban ramas enteras repletas de los frutos que ellos mismos no sabían cómo
plantar, pues el comerciante era astuto y siempre se negó a hablar de sus
cuidados.
Con los años el árbol siguió creciendo cual gigante, con sus
raíces anchas como hombres extendiéndose por doquier, levantando el suelo, y
devorando lentamente al canal también. El rico comerciante ni se fijaba, pues
seguía siendo bastante popular su fruto. Familias enteras preferían comprarle
que cosechar, era tal la delicia que otra cosa no querían probar. En las calles
se recibía cordialmente al hombre, pues ahora que era rico podía pagarse
cuantos lujos deseara: joyas, pieles y vasijas, de ellos era el mayor
comprador, los artesanos lo adoraban, también las mercaderes que sus mejores
semillas le guardaban. De la ciudad era ahora la celebridad, un hombre
generoso, al parecer, pues invertía sus ganancias en complacer al pueblo
también.
Empedraba las calles, arreglaba jardines, construía casas
para los pobres con gran altruismo, el seguro ejemplo a seguir, todo un
empresario con el que nadie quería discutir.
Mientras tanto junto al canal se juntaba la hojarasca ácida
que no se desintegraba jamás, liberando sus jugos tóxicos en el agua para que
recorrieran toda la ciudad. El viento a su vez, las arrastraba consigo y pronto
ya estaban en cada recoveco, en cada edificio. Así, sin pudrirse, se acumulaban
en las calles, y siendo las hojas desechos tan normales, las ignoraba
constantemente el pueblo sin pensar en que aquello representaba un problema,
solo se fijaban en sus frutos rojos y en su delicioso aroma.
Más abajo, siguiendo el río, los moradores del bosque
hallaron la hojarasca en su camino. Desconocían esa planta, ¿pero qué hacía
ahí?, siguieron los rastros río arriba hasta dar con el origen de aquel desecho
tan peculiar, y andando, andando dieron con la casa del comerciante. Lo
observaron varios días con curiosidad, hasta entender que aquel árbol era una
aberración, una monstruosidad. Los animales no se alimentaban de sus frutos,
solo de sus flores, y las demás plantas no crecían a sus pies, el suelo en sus
raíces se erosionaba así como así y las hojas no se descomponían a su vez. Ese
árbol era un enorme parásito en aquellas tierras, ajeno en su totalidad, y la
gente lo aceptaba solo porque les proporcionaba placer y comodidad.
Hablaron con los citadinos, intentando hacerlos entrar en
razón, aquel árbol debía de ser cortado o sería de todos la perdición. Varios
los escucharon y se unieron a la causa, más el comerciante, viendo peligrar su
fortuna, hizo abuso de su confianza.
Señaló a los moradores del bosque como anormales, los tacho
de locos, de ignorantes, de irracionales; Los llamó salvajes e incivilizados, se
burló de sus partes animales, se burló de sus orígenes, costumbres y opiniones,
dijo que lo que saliera de sus bocas no serían más que maldiciones. El árbol
era bueno, ¿y cómo no, si daba unos frutos tan deliciosos?, los equivocados
eran ellos, y no aquel comerciante tan codicioso.
Convencidos, los citadinos optaron por obedecer a su vecino
acaudalado, y echaron a los Moradores del Bosque de la ciudad, los tacharon de
salvajes y les prohibieron nunca más entrar. Ellos se fueron con una sola
advertencia: si ese árbol se quedaba ahí
sería para toda la ciudad una sentencia.
Los ignoraron y siguieron con sus vidas de la misma forma en
la que ignoraban que el suelo bajo sus pies comenzaba a secarse.
El árbol monstruoso siguió creciendo sin control hasta ser
del tamaño de un cerro. Ahora producía costales enteros día y noche sin cesar,
y habiendo tanto producto a mano de obra mandó llamar. Contrató varios hombres
por una paga diaria por cosechar, y con gente que cuidase de su fuente de
ingresos, el comerciante solo se tiró a disfrutar. Con el árbol creciendo y
extendiendo sus raíces sedientas por doquier, el suelo se desertificaba sin
querer. Todo esto lo ignoraba pues podía remediarlo con abono y solo por eso no
movía ni un dedo para arreglar la problemática central de su entorno. Ahora las
hojas estaban por doquier, y la gente misma las tiraba en el suelo pues no
sabían qué hacer.
Una época particularmente seca llegó, donde los ríos dejaron
de correr, sin embargo aquello había pasado antes y no había por qué temer: había
pozos de extracción de los cuales sacar agua, mas al abrirlos descubrieron con
tristeza que incluso ahí escaseaba. Había, aunque poca, y lo mejor era
racionarla de boca en boca. Esa temporada solo el árbol florecía, pues sus
raíces profundas del agua del subsuelo lo abastecían. Esto no lo sabía la
gente, quien ignorante, optaba por gastar sus dineros en frutos del árbol
gigante.
Para regar las milpas trajeron agua de las lagunas cercanas,
más alimentadas por el río contaminado de hojas acidificadas, mataban todo
cuanto regaban. Nadie entendía por qué las milpas no germinaban y aquellas que
sí, al poco tiempo cesaban; ya nada florecía en aquel lugar. Ni los animales se
paseaban ni se escuchaba a las abejas zumbar.
En toda la ciudad solo había una fuente de alimento: el
árbol rojo, la fuente de todo su tormento. De pronto el comerciante era un
santo por compartir, todos lo preciaban por darles de comer para vivir.
El hombre se enriquecía descaradamente, abusando sin reparos
de la confianza de la gente. En algún punto volvería a llover, se decía, y no
habría por qué cortar su árbol. Más la temporada seca se quedó y pronto todo
derredor se desertificó. Las gigantes raíces chuparon toda el agua y sin
humedad en la tierra se secaba toda la sierra. Ya no llovía más, pues no había
bosque que llamara a lluvia, no había sombra, no había insectos y escaseaban
los animales alrededor, sin nutrientes nada podía crecer y toda la zona perdió
su resplandor.
Al cabo de unos años la vida era insostenible y las familias
fueron migrando, el comerciante rico era viejo y sencillamente se retiró a
otras tierras a seguir disfrutando. Las familias más pobres, empleadas de aquel
vil señor, no tuvieron para mudarse pues su paga era miserable y no tenían
dónde quedarse y se quedaron ahí, a morir de hambre en esa tierra donde nada
podía vivir. Muchos murieron en nombre de su negocio, pues no les daba más que
lo indispensable para sostenerse, y los demás no alegaban pues cada quien tenía
cosas más importantes en qué entretenerse. Otros tantos murieron años después
pues los frutos rojos eran tóxicos a largo plazo también. Todo esto pasó pues
el pueblo era comodino e indiferente, y debido a su desidia, en el proceso murió
mucha gente.
El árbol enorme ahí
se quedó y sin gente que lo abonara y cuidara, sencillamente murió. Muchos
siglos pasaron antes de que la tierra se repusiera, no como estaba antes, eso
sí, pero al final volvió a resurgir toda la sierra. A esa zona no se acercaron
humanos jamás, pues la acidez de la nueva tierra no les permitía ni pisar.
El árbol del desecho (ilustración), 23x30cm, Ana Fregoso, 2019
El árbol del desecho (ilustración), 23x30cm, Ana Fregoso, 2019

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