Madre Ha y el Dios Rojo eran unos hermanos tan conflictivos
que a menos que ambos durmieran la vida no era plenamente posible.
La primera observaba a su propia creación como lo más bello
y vasto existente pues el tiempo mismo había dado lugar a la evolución de las
especies. El segundo observaba a tal atrocidad como el capricho de un infante
que no sabe mantener sus juguetes ordenados en su habitación e insiste en
regarlos por todos lados, reclamando el espacio como suyo.
Pensaba, pues, que
tenía derecho a destruir y a no compartir su energía con nadie, al contrario
de lo que hacía Ha, él era el mayor, había despertado primero y aquella roca
era tan suya como de ella, era lo más lógico del mundo; él mismo era un ser
inmortal e incambiable, bello, unitario, suficiente, y quería un espacio
similar para combinar. No entendía la terquedad por obligarlo a dormir, no
entendía la necesidad de desaparecerlo, de invadirlo, de ocupar cada espacio de
la roca que era de ambos.
Ha era injusta, se había dividido y ahora sus hijos habían
invadido absolutamente todo sin dejarle espacio para existir plenamente.
Primero los detestables Artesanos que habían reorganizado al planeta y luego
los insufribles vivos que lo habían redecorado. Nada le gustaba, se sentía
justamente invadido y suficientemente indignado con la situación. Aquella verde
situación era más bien como una enfermedad que debía erradicar.
Ya antes había intentado detener aquella invasión sin
lograrlo; en su intento por hacer que los Artesanos se destruyeran los echó a
pelear, sin embargo eso no dio un buen resultado pues la Tierra se enfrió como
resultado de dicho conflicto y poco después aparecieron los vivos en el vientre
de Anzu cuando Ha volvió a despertar.
Habiendo creado a la Muerte como guardián de los vivos a
quien el Dios Rojo quería exterminar, no podía acercárseles sin verse impedido
por el odioso gordo que resguardaba a la marea en todo lugar.
Primeramente habló con ella, herida todavía por el romance
de sus otros dos hermanos, haciéndola rabiar. La echó a pelear nuevamente con
Ka, quien terca sencillamente le mandó químicos al mar. Tantos cambios de humor
la calentaron, enfriaron y revolvieron sin parar, de forma que la vida en su
interior comenzaba a mainar.
Viéndose exitoso, el Dios Rojo regresó a dormir, y en ese
lapso de sueño la vida volvió a resurgir.
Sintiendo a la vida desparecer, Madre Ha despertó, llamando
a Suu para que acudiera a solventar la situación. Anzu era terca, difícil de
contactar, más Suu era templada y al final la logró calmar. Madre Ha dividió su
corazón nuevamente, dando a la mar más almas para reabastecer de vivos al medio
ambiente. Cansada por dividirse, regresó a dormir, y fue entonces que el Dios
Rojo decidió salir.
Cuando despertó la vida seguía existiendo y haciendo una
rabieta, quiso influenciar al Artesano del viento.
Sentose en un risco a esperar su pasar, y llamando su
atención le comenzó a hablar. Le dijo que había escuchado a la marea quejarse
nuevamente, hablando de retomar su arranque contra la tierra salvajemente. Explicó
de esa manera sus cambios de humor y el descenso de la vida en el mar, díjole
que eso a la marea no le importaba pues estaba planeando volver a atacar. Eso
hizo enojar tanto al viento que haciendo uso de su fuerza elemental enfrío a
toda la Tierra para inmovilizar al mar.
Así, la marea aturdida compacta se vio, incapaz de moverse o
de hallar salida de aquella situación. Tanto frío la hizo retroceder y siendo
parcialmente absorbida por Ea en forma de hielo, hicieron a los niveles del mar
descender.
Cambió tanto el océano que gran parte de la vida desapareció,
y viéndose exitoso el Dios Rojo solo se echó para atrás, observando con gran
deleite los desastres que había desatado en aquella faz.
Muchos años pasaron en los que el elemental del viento se calmó,
pues tras hablar con Suu entendió que todo había sido un error. Así pidió a Ka
y a Gala ayudarlo a templar el ambiente para que Anzu fuera libre de retomar
sus corrientes. El nivel del mar subió nuevamente, aniquilando sin querer a
gran parte de la vida del territorio adyacente, y solo entonces Madre Ha volvió
a despertar, preguntando por todos lados que había pasado para la situación
enmendar.
Nuevamente se dividió y exhausta volvió a dormir,
repartiendo su energía para que los vivos pudiesen existir.
El Dios Rojo no estaba contento, aquella vida tan vasta solo
le causaba incomodidad y tormento. No entendía aquella terquedad por dividirse,
cuando era más sencillo solo existir, consumir y divertirse.
Viendo que la vida dependía grandemente del mar, la mayor y
de todos la más pasional, fue a ella a quien decidió atacar nuevamente,
convenciéndola de que los atentados del viento eran evidente muestra de un odio
enorme y ferviente. Herida por aquella afirmación, comenzó a alterarse,
cambiando su propia temperatura y la calidad de sus gases. Así, nuevamente en
su interior la vida junto con el amor de su corazón se extinguió, pues no
soportaba ser odiada por sus hermanos al grado de causarle la pasada
glaciación.
Fue a encararse con el viento quien culpable y confundido
sin temor le respondió, alterando así también sus gases terrestres promoviendo también
arriba en la tierra la extinción.
La pelea escaló a tal grado que Suu, intentando calmarlos
les aventó varias rocas espaciales que orbitaban cerca de la Tierra,
acrecentando así la crisis y contribuyendo sin querer a la extinción de más
especies.
De dicho evento el
Dios Rojo se burló por años, pues le sorprendía lo ingenuos que eran aquellos Artesanos.
Así de buenas volvió a dormir, y fue entonces que Madre regresó para los errores
resarcir. Habiéndose dividido nuevamente, regreso a su sueño, dejando
nuevamente la vida en manos de sus legítimos dueños.
Aunque la vida se repuso nuevamente, apenas sintiendo el
cambio en la temperatura el Dios Rojo regresó, bastante molesto pues no lograba
desaparecer la creación.
Así persuasivo hizo cabrear a Ka, asegurándole que el mar la
odiaba debido a los pasados eventos y la quería apagar. Ésta estalló a su vez,
amenazando pasionalmente contra todos, cubriendo el cielo de columnas
incandescentes y de ceniza volcánica a una buena parte del planeta. La ceniza
contaminó al mar mientras que el carbono calentó al ambiente, su fuerza agujeró
la capa de Holo haciendo del suelo un infierno ardiente.
Al Dios Rojo le gustaba el calor, y cándido y placentero,
retomó su sueño con mucho fervor.
La vida por poco se apaga en este punto de no ser por su
propia naturaleza resiliente. Cooperando entre todos, los Artesanos lograron
estabilizar al planeta nuevamente. Fue entonces que recurrieron a Madre otra
vez para que volviese a dividirse, y de esta forma el planeta volvió a
recubrirse.
Ka sin embargo, seguía inestable y desconfiada, y casi sin
ayuda de nadie volvió a desatar otra gran catástrofe. Murieron varios miles por
igual pero aquella extinción no fue tan desastrosa como la que por su rabia
tuvo lugar.
De esta los vivos se repusieron casi sin problemas, pues
ahora eran más vastos, más fuertes y más resilientes los organismos y los
ecosistemas. Los suelos eran tibios y vastos, lo que le permitió a los
organismos adaptarse y sobrevivir, tras este evento hubo varios nuevos que se
reproducían como si el futuro fuese únicamente morir.
Más tarde el Dios Rojo volvió a despertar, y viendo tan
poblada a la Tierra no hizo otra cosa sino rabiar. Viéndose frustrado en todos
sus intentos por reinar en aquella faz, subió a lo alto hasta el espacio y tomando
un gran cometa lo aventó sin medición alguna contra el planeta, como un niño
emberrinchado, terco, inmaduro y falaz.
Tal ataque directo cubrió al errante de polvo y devastación,
asolando a los vivos y dando fin a buena parte de la creación. Este evento lo
observó atentamente hasta sentirse contento, viendo morir a los organismos como
no lo había hecho en sus anteriores intentos. Comenzaba a cansarle tal
situación, y es que Ha no entendía que todo ello le parecía una aberración.
Todo cambiaba, todo era errante, todo se modificaba, nada
era permanente. No le gustaba vivir así, al borde de la incertidumbre, viendo
al mundo cambiar indefinidamente, ¿dónde tendría lugar un ser como él si
siempre había sido el mismo desde el inicio de la historia?, no estaba
dispuesto a convivir, a competir, a sentirse amenazado por aquella escoria.
Independientemente de todo aquella masa ya no le pertenecía
sino a Ha, quien en su inteligencia se había dividido para conquistar. La
devastación nunca era permanente, siempre había seres vivos que enfrentando los
cambios del medio ambiente. ¿Dónde podría existir si no era así?, y es que Ha
no lo había contemplado para nada a la hora de decidir. Y eso le cabreaba.
Nuevamente Ha despertó, pero harta de dividirse porque sí, a
todos los Artesanos y a los tres titanes mandó a llamar, preguntándole a cada
uno qué había pasado en aquel lugar. Así se dio cuenta de que las extinciones
eran mayormente culpa del Dios Rojo, pues ese ser nefasto pensaba que podía
hacer de la Tierra lo que fuese su antojo.
Habló detenidamente con sus hijos y sus nietos y les hizo
saber que su misión era a la vida proteger. Debían de llevarse bien como
hermanos, de otra manera no sería posible enfrentar al terrible villano. Su
tarea era ahora no dejarse influenciar por él y controlar sus emociones, pues
sólo de esa manera obtendrían poder verdadero para encarar todas las
situaciones.
De esta manera Ha decidió encararse con su hermano mayor,
pero por mucho que buscaba no lograba dar con él en ninguna parte de la creación.
En su búsqueda anduvo por el eje ecuatorial del planeta, llenando de vida
accidentalmente a toda la franja verde entre los trópicos alrededor, floreciendo
estos debido a los minerales que se depositaron en la tierra gracias a las
riñas de sus hijos, llenándolo todo de prosperidad y esplendor.
Así bien recorrió al mundo buscando a su hermano, conociendo
su creación más detenidamente, convenciéndose de que lo más bello era formar
parte del todo, desarrollando afecto incontrolablemente. Estaba lista para
fundirse con la totalidad, pero antes debía de hallar al causante de las desgracias
que habían azotado al planeta.
Anduvo por doquier sin suerte, dejando su corazón botado en
todo terreno inerte. Inmediatamente todo volvía a florecer, haciéndola inmensamente
feliz. Notó que el amor empleado para sanar era un acto de consciencia, por lo
que contempló dotar a los vivos de dicha inteligencia.
Ellos con sus ciclos del carbono eran capaces de, con las
generaciones, estabilizar al planeta, por lo que de ser más conscientes serían
aliados importantes en esta casi-guerra.
¿Por qué ellos no eran así si compartían su fuerza original con los Artesanos?, ¿sería que
estaban demasiado alejados de ella que no compartían sus dones?, dependían de
los Artesanos para sobrevivir desde hacía generaciones, no así de Ha, no eran
hijos propiamente suyos sino el resultado de varios procesos más.
Llamó a sus artesanos y se los hizo saber: los seres vivos
requerían consciencia para no perecer.
“¿Consciencia?”, preguntaron, “¿cómo otorgar algo propio de
los Artesanos a seres que existen así sin más?, fue la división de Tu ser
entero lo que nos trajo a esta faz, ¿cómo darle a ellos el vínculo que tienes
con nosotros?, ¿cómo dotarlos de intelecto, de cualquier modo?”
“Ustedes son conscientes pues están directamente unidos a
mí, más ellos no lo son pues dependen de ustedes, de la tierra, para
sobrevivir; tienen que estar sintonizados conmigo para obtener un pedazo de
consciencia”, les respondió. “Descompondré mi existencia en energía, pura,
fluyente, para que ustedes me repartan por el mundo y me unifique con el suelo
nuevamente, de tal suerte que la consciencia sea algo asequible para cualquier
ser, todo aquel que se alimente del suelo la podría obtener”.
A los Artesanos no les pareció tan buena idea, pues si Madre
faltaba ya no habría cómo repoblar la Tierra. Ella les explicó que no sería
así, y que si volvían a verla unificada sería porque la vida nuevamente habría
llegado a su fin. No iba a desaparecer sino a repartirse, de forma que los
vivos fuesen aliados para defenderse en contra del Dios malvado.
A esto quisieron objetar, pero Madre se veía tan dispuesta
que al final nadie dijo nada. Había repartido tareas y no quedaba sino apegarse
al plan. Provisionalmente Madre le encargó a Suu no parar de cantar, pues sus
nanas arrudalloras podían dormir y calmar cualquier mal.
Así, cuando la vida se hubo recuperado, Madre se descompuso
para unificarse con la Tierra. La tomaron como lluvia y bruma, repartiéndola
por todos lados al azar, y dejándola caer en cada sierra, Suu se puso a cantar.
El Dios Rojo, fisgón se volvió consciente del plan, más de
la nana de la Luna no se pudo salvar. Antes de darse cuenta se durmió, y así
ingrávido sobre el suelo dormido se quedó. Mientras tanto Madre se unificaba
con el todo, dando la posibilidad a la vida de resurgir de cualquier modo.
Con el tiempo varias criaturas interesantes tuvieron lugar,
siendo los frutos de la consciencia, varios híbridos comenzaron a andar.
Cuando el lenguaje se hizo popular estas criaturas conscientes
de todas formas y colores como los Artesanos, se pudieron comunicar, y
heredando de ellos el conocimiento, la Tierra comenzaron a explorar. La mayoría
entendía el funcionamiento de las cosas, participando de él activamente, en
general no eran codiciosos, sanguinarios o indecentes.
Existían solo para vivir, haciendo eco de la sabiduría del
todo cuya ley más básica dictaba que simplemente debían de existir. Su tarea
era vigilar que los ciclos se mantuvieran constantes, de esa forma podría haber
vida siempre en aquel errante. La regla de oro era la diversidad, pues se
pretendía que la vida existiera de todas las formas posibles en la vastedad. La
vida como tal era una experiencia que varios de los vivos ahora exploraban a
consciencia.
Antes de los hombres se elevaron y desaparecieron varias
civilizaciones por igual, algunas cuyos descendientes existen hasta la
actualidad. A esos seres humanoides, parientes lejanos, los llamamos moradores,
monstruos, criaturas y espectros varios.
El humano, como tal, es un híbrido interesante producto de
una casualidad:
Alguna tarde se lamentaba la serpiente de su propia
condición, a sabiendas de que estaba condenada a arrastrarse sobre su abdomen
sin poder conocer la vastedad del mundo. Pasaba por debajo de un árbol donde
varios primates descansaban sin preocupación, balanceándose con sus largas
extremidades entre los árboles sin ninguna precaución.
Sintió envidia pues ellos podían describir un mundo más
grande que ella misma, que era larga, lenta y no sabía trepar ni caminar, por
lo que decidió hacerse un par de manos como aquellas para el mundo explorar.
La serpiente sabía bastante de magia, pues ya antes había visto
a varios seres conscientes nacer de la hibridación de varios animales. Los
primates en especial eran buenos para hibridar, por lo que colocándose detrás
de uno, comenzó a entonar una canción poderosa para unificarse con aquel otro
animal.
Al terminar la canción escaló por su espalda, uniéndose con
la columna del primate y extendiendo como raíces sus nervios por cada rincón de
su cuerpo.
La serpiente, hija de la lluvia y del rayo, que viajaba bajo
tierra y sobre el suelo por el igual, era la depositaria de mucha sabiduría
animal, pues todo lo observaba. La intercambió con el primate por un par de
manos para crear, accidentalmente logrando que se irguiera y comenzara a
pensar.
El nuevo ser era particularmente habilidoso e inteligente,
pues combinaba una gran capacidad motriz con una mente realmente potente. Las raíces
de la serpiente en forma de nervios lo invadieron todo, llevando su
conocimiento a cada parte de su ser, contactado las plantas de sus pies en el
suelo con el cerebro de reptil que daba cohesión a todo el ser.
Se decía pues que si la serpiente tocaba plenamente la base
del cráneo del ser humano, éste se volvía sabio y desinteresado, pues existía
comunicación directa entre la tierra que sentían las raíces de la serpiente a
través de la piel, y el cerebro de primate que dotaba de habilidad manual al
ser. De lo contrario aquel era un animal inteligente y petulante, abusivo,
estúpido, pero dotado de lenguaje.
El proceso de madurar por tanto es entender las
consecuencias, razones y causas de todo alrededor, para asegurarnos de actuar
sin afectar a otros por ninguna razón.
La consciencia se volvió el escudo contra el Dios Rojo,
quien al tanto del plan de Madre, aún en sueños siguió planeando el despojo.
Contaminaría la consciencia colectiva del reino animal y vegetal, de esa forma
acabaría al mismo tiempo con la vida y son su insufrible hermana menor, que
ahora habitaba los cuerpos de los animales de la creación.
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