lunes, 24 de junio de 2019

Sobre la Contaminación: Los Conejos de Terra


Terra: El Reino Mestizo (litografía) 50x60cm, Ana Fregoso, 2019

Tiempo atrás, en una grieta entre las placas continentales, comenzaba a conformarse la población que más tarde sería el grande y vasto Reino de Terra. La burbuja subterránea, laberíntica, profunda, era una conejera de pasadizos y caminos de agua que bajaban hasta las entrañas de la tierra, donde la luz escaseaba y los cristales luminosos, más arriba enormes, abundantes y blanquecinos, eran apenas manojos de un azul triste.
La población mestiza producto de las migraciones a causa de la guerra, llevaba asentada en  la cueva más amplia ya varias generaciones, labrando y abonando el terreno antes desprovisto de vegetación, habiéndolo finalmente cubierto de una capa verde que era alimentada por los abundantes ríos que corrían desde el manantial situado en el punto más alto del lugar, que se expandía más año con año.
El crecimiento de las plantas trajo consigo la introducción de distintos animales e insectos que, llevando ya algunas décadas de adaptación, se habían multiplicado bastante y convivían harmoniosamente con el joven pueblo. La fauna en su mayoría no representaba problemas para la supervivencia de la población, a excepción de una especie particularmente molesta: los conejos de terracota.
Estos animales, del tamaño de un hombre adulto, eran voraces devoradores de cultivos que durante las horas menos concurridas saqueaban los campos en ocasiones. Venían de más arriba, de los estratos más superficiales del suelo montañoso y al parecer se reproducían lejos de la población, sin embargo a temporadas las lluvias no aliviaban lo suficiente el calor de las llanuras de arriba de modo que, impulsados por el hambre, de cuando en cuando robaban raíces y verduras.
Una pareja de hermanos que labraba el campo en alguna ocasión, halló de casualidad a una coneja preñada que, habiendo caído en una de sus trampas, luchaba por liberarse enredándose más en las ataduras. El mayor de los hermanos, con malicia, sugirió primero matarla y después comerla, pero el menor se negó. Matar hembras preñadas o criando no es honorable.
Se discutió si liberarla, pues habiendo encontrado el cultivo y con crías en camino no representaría más que un problema a futuro por lo que, provisionalmente, se le mantuvo encadenada a una enorme roca de gran dureza que sus poderosas patas no podían afectar. Habiendo pasado una semana sin llegar a una decisión, se le construyó una covacha similar a la de las cabras, en la que se le alimentaba.
Una semana más tarde en esa misma covacha dio a luz a seis conejitos.
El menor de los hermanos estaba encantado con las crías mientras que el más grande veía en aquello una fuente de alimento. Con el pasar de las semanas los seis conejitos fueron creciendo y para maravilla del menor, eran capaces de aprender a obedecer órdenes. Los nombró, entrenó y alimentó hasta que hubieron alcanzado el tamaño de una cabra, momento en el que se les consideró aptos para consumo.
Inevitablemente varias crías sobrevivieron mientras que las demás fueron consumidas gustosamente. El menor no estaba complacido pues las consideraba criaturas inteligentes. De cualquier forma se acordó que aquellos animales más que una plaga podían representar alguna clase de bien, por lo que se propusieron criar más en vista de que su alimentación, a base de follaje y raíces, era económica y sencilla de producir.
Así se dispusieron a capturar otra hembra preñada y colocaron trampas hasta conseguirlo confabulados con sus vecinos. Encontraron dos que sufrieron la misma suerte que la primera, y una vez con los conejos más grandes seleccionados para pie de cría, las madres fueron liberadas y los más pequeños consumidos y comerciados.

Se estableció un criadero de conejos de terracota donde cada tanto se procuraba liberar algunos conejos y capturar a otros para variar los genes de los animales, donde por selección artificial en unos pocos años se logró criar conejos del tamaño de asnos.
El menor de los hermanos, quien desde siempre se había negado a consumir la carne de sus conejos más incidentalmente se enriquecía por su comercialización, vio en su gran tamaño una industria mucho menos cruel y más redituable, pues habiendo amaestrado algunos, ya lograba montarlos. Comenzó a promocionarlos entre la población como animales de carga y transporte, alegando que debido a su superior intelecto resultaría verdaderamente lamentable verlos como alimento.
¡Deshierban el campo mejor que las cabras!, ¡soportan el peso de un hombre maduro a cuestas y dos en carreta!, ¡corren como caballos!, ¡obedecen órdenes, son de gran intelecto!, ¡cuidan el campo de conejos salvajes!, ¡pueden usar yunta!...
Siendo aparentemente de gran utilidad, la población optó por adquirirlos paralelamente como animales para las labores o como alimentos.
Debido a la controversial disputa ideológica con respecto al uso de los conejos, ambos hermanos entraron en conflicto separando sus caminos y asentándose en cada extremo de la gran cueva donde, haciendo uso de su riqueza dividida, cada quien estableció su propio criadero.
Con el paso del tiempo el uso y consumo de los animales se vio en aumento ya que, habiendo tanta vegetación, su alimentación no preocupaba a nadie, y siendo su abono tan rápidamente degradado, los desechos no eran un problema.
Durante ciertos años la implementación de dichos animales permitió al pueblo crecer y desarrollarse, pues ya podían transportar cargas pesadas, labrar la tierra y tener alimento asegurado en caso de escasez por un módico precio, debido a su rápida reproducción y bajo costo, por lo que la calidad de vida de la gente mejoró fácilmente.
Dos décadas más tarde el pueblo había crecido notablemente y la gente se observaba plena. En aquellos años ya se comenzaba a notar una ligera reducción en la alfombra verde que hasta entonces había recubierto la mayor parte de la cueva, más viéndose en su mayoría satisfechos con las cosas como estaban, eran indiferentes al inofensivo efecto que sus conejos tenían sobre la vegetación y el paisaje.
Una década después la reducción de la vegetación era notoria, más la gente, viéndose conforme con sus alimentos únicamente, no se preocupaba pros los bosques que sus ancestros habían plantado en los inicios de aquella joven civilización.
El aire había cambiado su olor, si bien no dejaba de haber agua y tierra húmeda, ya no olía tanto a yerba como a conejo durante la época húmeda, cuando lluvias de la superficie ocasionaban lluvias al interior de la cueva con el goteo de las estalactitas. Aunque las yerbas crecían aún en la ciudad, eran rápidamente devoradas por los conejos de las personas, quienes ya se habían adecuado a vivir casi sin vegetación. Debido al encharcamiento, los manantiales estaban contaminados frecuentemente con desechos de los animales, ocasionando que de ellos no se pudiera beber.
La época seca se había vuelto particularmente pesada, pues habiéndose erosionado el terreno, los conejos al correr levantaban grandes cantidades de polvo, y al escarbar liberaban en ocasiones gases dañinos de las profundidades, a los que ellos mismos eran inmunes. Puesto que al interior de la cueva no había viento, el polvo y los gases se acumulaban con mayor densidad al centro de la cueva, el lugar más densamente poblado, mientras que los extremos donde los hermanos tenían sus criaderos se mantenían libres de polvo y problemas una buena parte del tiempo.
Los negocios se habían expandido y las demandas de alimentos para conejo también, de forma que ahora buena parte de la población se ocupaba en gran medida de labrar la tierra, sumando así a la destrucción de las áreas verdes.
Nadie notaba nada malo en ello, pues había empleo y alimentos. Nadie extrañaba tanto la vegetación, sin embargo sí notaban que poco a poco la cueva se había ido secando sin plantas que retuvieran el agua y consecuentemente hacía más calor. Aquello era medianamente molesto pero podían lidiar con ello.
Al poco tiempo notaron también la reducción en la cantidad de otros animales, la contaminación de más fuentes de agua y su creciente dificultad para respirar a causa del polvo y los gases. Durante la época seca la vida comenzaba a volverse caliente, dificultosa y complicada, acrecentando la incomodidad.
La población entonces comenzó a notar (en pocas palabras) que debido a que todos tenían conejos, había aire sucio y pocas plantas, cuestión que en ese punto comenzó a preocuparles por la erosión del terreno que dificultaba las cosechas, y la progresiva contaminación de sus canales de agua, cerca de los cuales ambos criaderos depositaban el exceso de abono de sus animales. Se discutió la cuestión más detenidamente.
Entre riñas, se llegó a la conclusión de que como población eran dependientes de los conejos debido a todas sus funciones, y se dieron cuenta, incluso, que sus cultivos dependían del consumo de los animales. Mencionaron de paso que ello había acabado con la vegetación secando consecuentemente el suelo, con lo que llegaron a la conclusión de que aquellos conejos eran un problema. 
Entonces se discutió cómo dejar de depender de ellos, pues de lo contrario tendrían que abandonar su cueva o mudarse a alguna de las cuevas más pequeñas donde la luz era más escasa. El problema residía en la incertidumbre en cuanto al exterior, pues llevaban tanto tiempo viviendo pacíficamente bajo la superficie que las constantes amenazas de guerra que sufrían las poblaciones de arriba les aterraban. Las opciones no eran muchas.
Acordaron en primera instancia determinar cuáles conejos eran indispensables y cuáles no. Aquellos del transporte de cargas y de arado para las tierras comunitarias debían de quedarse. Todos los demás, los que eran para la comodidad de las personas, debían de irse.
Inicialmente se pensó en liberarlos pero se optó mejor por consumirlos y hacerlos en conserva. Una parte de la población se dedicaría a reforestar y la otra parte supliría su consumo alimenticio en su lugar para permitirles dedicarse a ello además de cederles dichas conservas.
Lentamente la dependencia a los conejos fue desapareciendo, hecho que extrañó a los ahora muy ricos empresarios que vivían en cada extremo de la cueva. Viendo sus ganancias caer, intentaron convencer nuevamente a la población a pesar de los acuerdos. Algunos cedieron, echando para atrás el trabajo, pero fueron rápidamente corregidos por los demás.
Los empresarios fueron entonces reprendidos, pues se reconoció que eran sus criaderos los que generaban más desechos. Los campesinos aprovechaban el abono de sus conejos mientras ellos lo apilaban sin aprovecharse cerca de los ríos que convergían en la ciudad. Inicialmente se optó por lincharlos, pero mucha gente se puso del lado de los empresarios ya que eran sus patrones, por lo que las discusiones escalaron bastante.
Finalmente se resolvió permitir un número justo de conejos dentro de la cueva y se accedió a permitirles continuar con sus negocios mientras no sobrepasaran esa cantidad y prestaran sus servicios para resanar los bosques, de lo contrario serían linchados por una mayoría. Ignorando las amenazadoras guadañas y picos, los empresarios accedieron de buena gana a la proposición y cedieron parte de sus riquezas a aquella gente que reforestaba y al pueblo que los surtía.
 Varias creaturas fueron liberadas, consecuentemente expandiendo el tamaño de la cueva con los años y creando nuevos pasajes entre las rocas. Sus excavaciones abrieron paso a una modesta industria minera que financió el establecimiento de escuelas y  centros administrativos. Los hombres aprendieron de ellos y pasaron de ser esclavos al emblema del escudo de armas del Reino que florecería a partir de la recuperación del territorio al que más tarde se le conoció como Terra, donde nunca más se volvió a consumir conejo de terracota.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

El Inicio de la Vida en la Tierra (Mito Central)

En un inicio había nada, y en medio de esa imponente vacuidad, toda la materia existente yacía unificada. Dos fuerzas cíclicas equitativas...