Terra: El Reino Mestizo (litografía) 50x60cm, Ana Fregoso, 2019
Tiempo
atrás, en una grieta entre las placas continentales, comenzaba a conformarse la
población que más tarde sería el grande y vasto Reino de Terra. La burbuja
subterránea, laberíntica, profunda, era una conejera de pasadizos y caminos de
agua que bajaban hasta las entrañas de la tierra, donde la luz escaseaba y los
cristales luminosos, más arriba enormes, abundantes y blanquecinos, eran apenas
manojos de un azul triste.
La
población mestiza producto de las migraciones a causa de la guerra, llevaba asentada
en la cueva más amplia ya varias
generaciones, labrando y abonando el terreno antes desprovisto de vegetación,
habiéndolo finalmente cubierto de una capa verde que era alimentada por los
abundantes ríos que corrían desde el manantial situado en el punto más alto del
lugar, que se expandía más año con año.
El
crecimiento de las plantas trajo consigo la introducción de distintos animales
e insectos que, llevando ya algunas décadas de adaptación, se habían
multiplicado bastante y convivían harmoniosamente con el joven pueblo. La fauna
en su mayoría no representaba problemas para la supervivencia de la población,
a excepción de una especie particularmente molesta: los conejos de terracota.
Estos
animales, del tamaño de un hombre adulto, eran voraces devoradores de cultivos
que durante las horas menos concurridas saqueaban los campos en ocasiones.
Venían de más arriba, de los estratos más superficiales del suelo montañoso y
al parecer se reproducían lejos de la población, sin embargo a temporadas las
lluvias no aliviaban lo suficiente el calor de las llanuras de arriba de modo
que, impulsados por el hambre, de cuando en cuando robaban raíces y verduras.
Una
pareja de hermanos que labraba el campo en alguna ocasión, halló de casualidad
a una coneja preñada que, habiendo caído en una de sus trampas, luchaba por
liberarse enredándose más en las ataduras. El mayor de los hermanos, con
malicia, sugirió primero matarla y después comerla, pero el menor se negó. Matar hembras preñadas o criando no es
honorable.
Se
discutió si liberarla, pues habiendo encontrado el cultivo y con crías en
camino no representaría más que un problema a futuro por lo que,
provisionalmente, se le mantuvo encadenada a una enorme roca de gran dureza que
sus poderosas patas no podían afectar. Habiendo pasado una semana sin llegar a
una decisión, se le construyó una covacha similar a la de las cabras, en la que
se le alimentaba.
Una
semana más tarde en esa misma covacha dio a luz a seis conejitos.
El
menor de los hermanos estaba encantado con las crías mientras que el más grande
veía en aquello una fuente de alimento. Con el pasar de las semanas los seis
conejitos fueron creciendo y para maravilla del menor, eran capaces de aprender
a obedecer órdenes. Los nombró, entrenó y alimentó hasta que hubieron alcanzado
el tamaño de una cabra, momento en el que se les consideró aptos para consumo.
Inevitablemente
varias crías sobrevivieron mientras que las demás fueron consumidas
gustosamente. El menor no estaba complacido pues las consideraba criaturas
inteligentes. De cualquier forma se acordó que aquellos animales más que una
plaga podían representar alguna clase de bien, por lo que se propusieron criar
más en vista de que su alimentación, a base de follaje y raíces, era económica
y sencilla de producir.
Así
se dispusieron a capturar otra hembra preñada y colocaron trampas hasta
conseguirlo confabulados con sus vecinos. Encontraron dos que sufrieron la
misma suerte que la primera, y una vez con los conejos más grandes
seleccionados para pie de cría, las madres fueron liberadas y los más pequeños
consumidos y comerciados.
Se
estableció un criadero de conejos de terracota donde cada tanto se procuraba
liberar algunos conejos y capturar a otros para variar los genes de los
animales, donde por selección artificial en unos pocos años se logró criar
conejos del tamaño de asnos.
El
menor de los hermanos, quien desde siempre se había negado a consumir la carne
de sus conejos más incidentalmente se enriquecía por su comercialización, vio
en su gran tamaño una industria mucho menos cruel y más redituable, pues
habiendo amaestrado algunos, ya lograba montarlos. Comenzó a promocionarlos
entre la población como animales de carga y transporte, alegando que debido a
su superior intelecto resultaría verdaderamente lamentable verlos como
alimento.
¡Deshierban el
campo mejor que las cabras!, ¡soportan el peso de un hombre maduro a cuestas y
dos en carreta!, ¡corren como caballos!, ¡obedecen órdenes, son de gran
intelecto!, ¡cuidan el campo de conejos salvajes!, ¡pueden usar yunta!...
Siendo
aparentemente de gran utilidad, la población optó por adquirirlos paralelamente
como animales para las labores o como alimentos.
Debido
a la controversial disputa ideológica con respecto al uso de los conejos, ambos
hermanos entraron en conflicto separando sus caminos y asentándose en cada
extremo de la gran cueva donde, haciendo uso de su riqueza dividida, cada quien
estableció su propio criadero.
Con
el paso del tiempo el uso y consumo de los animales se vio en aumento ya que,
habiendo tanta vegetación, su alimentación no preocupaba a nadie, y siendo su
abono tan rápidamente degradado, los desechos no eran un problema.
Durante
ciertos años la implementación de dichos animales permitió al pueblo crecer y
desarrollarse, pues ya podían transportar cargas pesadas, labrar la tierra y
tener alimento asegurado en caso de escasez por un módico precio, debido a su
rápida reproducción y bajo costo, por lo que la calidad de vida de la gente
mejoró fácilmente.
Dos
décadas más tarde el pueblo había crecido notablemente y la gente se observaba
plena. En aquellos años ya se comenzaba a notar una ligera reducción en la
alfombra verde que hasta entonces había recubierto la mayor parte de la cueva,
más viéndose en su mayoría satisfechos con las cosas como estaban, eran
indiferentes al inofensivo efecto que sus conejos tenían sobre la vegetación y
el paisaje.
Una
década después la reducción de la vegetación era notoria, más la gente,
viéndose conforme con sus alimentos únicamente, no se preocupaba pros los
bosques que sus ancestros habían plantado en los inicios de aquella joven
civilización.
El
aire había cambiado su olor, si bien no dejaba de haber agua y tierra húmeda,
ya no olía tanto a yerba como a conejo durante la época húmeda, cuando lluvias
de la superficie ocasionaban lluvias
al interior de la cueva con el goteo de las estalactitas. Aunque las yerbas
crecían aún en la ciudad, eran rápidamente devoradas por los conejos de las
personas, quienes ya se habían adecuado a vivir casi sin vegetación. Debido al
encharcamiento, los manantiales estaban contaminados frecuentemente con
desechos de los animales, ocasionando que de ellos no se pudiera beber.
La
época seca se había vuelto particularmente pesada, pues habiéndose erosionado
el terreno, los conejos al correr levantaban grandes cantidades de polvo, y al
escarbar liberaban en ocasiones gases dañinos de las profundidades, a los que
ellos mismos eran inmunes. Puesto que al interior de la cueva no había viento,
el polvo y los gases se acumulaban con mayor densidad al centro de la cueva, el
lugar más densamente poblado, mientras que los extremos donde los hermanos
tenían sus criaderos se mantenían libres de polvo y problemas una buena parte
del tiempo.
Los
negocios se habían expandido y las demandas de alimentos para conejo también,
de forma que ahora buena parte de la población se ocupaba en gran medida de
labrar la tierra, sumando así a la destrucción de las áreas verdes.
Nadie
notaba nada malo en ello, pues había empleo y alimentos. Nadie extrañaba tanto
la vegetación, sin embargo sí notaban que poco a poco la cueva se había ido
secando sin plantas que retuvieran el agua y consecuentemente hacía más calor.
Aquello era medianamente molesto pero podían lidiar con ello.
Al
poco tiempo notaron también la reducción en la cantidad de otros animales, la
contaminación de más fuentes de agua y su creciente dificultad para respirar a
causa del polvo y los gases. Durante la época seca la vida comenzaba a volverse
caliente, dificultosa y complicada, acrecentando la incomodidad.
La
población entonces comenzó a notar (en pocas palabras) que debido a que todos
tenían conejos, había aire sucio y pocas plantas, cuestión que en ese punto
comenzó a preocuparles por la erosión del terreno que dificultaba las cosechas,
y la progresiva contaminación de sus canales de agua, cerca de los cuales ambos
criaderos depositaban el exceso de abono de sus animales. Se discutió la
cuestión más detenidamente.
Entre
riñas, se llegó a la conclusión de que como población eran dependientes de los
conejos debido a todas sus funciones, y se dieron cuenta, incluso, que sus
cultivos dependían del consumo de los animales. Mencionaron de paso que ello
había acabado con la vegetación secando consecuentemente el suelo, con lo que
llegaron a la conclusión de que aquellos conejos eran un problema.
Entonces
se discutió cómo dejar de depender de ellos, pues de lo contrario tendrían que
abandonar su cueva o mudarse a alguna de las cuevas más pequeñas donde la luz
era más escasa. El problema residía en la incertidumbre en cuanto al exterior,
pues llevaban tanto tiempo viviendo pacíficamente bajo la superficie que las
constantes amenazas de guerra que sufrían las poblaciones de arriba les
aterraban. Las opciones no eran muchas.
Acordaron
en primera instancia determinar cuáles conejos eran indispensables y cuáles no.
Aquellos del transporte de cargas y de arado para las tierras comunitarias
debían de quedarse. Todos los demás, los que eran para la comodidad de las
personas, debían de irse.
Inicialmente
se pensó en liberarlos pero se optó mejor por consumirlos y hacerlos en
conserva. Una parte de la población se dedicaría a reforestar y la otra parte
supliría su consumo alimenticio en su lugar para permitirles dedicarse a ello
además de cederles dichas conservas.
Lentamente
la dependencia a los conejos fue desapareciendo, hecho que extrañó a los ahora
muy ricos empresarios que vivían en cada extremo de la cueva. Viendo sus
ganancias caer, intentaron convencer nuevamente a la población a pesar de los
acuerdos. Algunos cedieron, echando para atrás el trabajo, pero fueron
rápidamente corregidos por los demás.
Los
empresarios fueron entonces reprendidos, pues se reconoció que eran sus
criaderos los que generaban más desechos. Los campesinos aprovechaban el abono
de sus conejos mientras ellos lo apilaban sin aprovecharse cerca de los ríos
que convergían en la ciudad. Inicialmente se optó por lincharlos, pero mucha
gente se puso del lado de los empresarios ya que eran sus patrones, por lo que
las discusiones escalaron bastante.
Finalmente
se resolvió permitir un número justo de conejos dentro de la cueva y se accedió
a permitirles continuar con sus negocios mientras no sobrepasaran esa cantidad
y prestaran sus servicios para resanar los bosques, de lo contrario serían linchados
por una mayoría. Ignorando las amenazadoras guadañas y picos, los empresarios
accedieron de buena gana a la proposición y cedieron parte de sus riquezas a
aquella gente que reforestaba y al pueblo que los surtía.
Varias creaturas fueron liberadas,
consecuentemente expandiendo el tamaño de la cueva con los años y creando
nuevos pasajes entre las rocas. Sus excavaciones abrieron paso a una modesta
industria minera que financió el establecimiento de escuelas y centros administrativos. Los hombres aprendieron
de ellos y pasaron de ser esclavos al emblema del escudo de armas del Reino que
florecería a partir de la recuperación del territorio al que más tarde se le
conoció como Terra, donde nunca más se volvió a consumir conejo de terracota.

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