lunes, 8 de abril de 2019

Sobre la Inacción: Los Cabecillas


Hace mucho tiempo, en una tierra donde las colinas se parten y el paisaje danza,
ahí donde sangraban los manantiales y reverberaban la vida fértil y la esperanza,
existía un pueblo viejo de antiguos nómadas que tejían cestos, mimbre y manta,
labraban la tierra, seguían al arrollo, hablaban con los árboles y vivían con templanza.

Viajaban de región en región, siguiendo a las aves de norte a sur,
como la vida iba y venía, andando, andando en busca de calor y luz.
No temían a la noche ni a los animales, no había extraños ni gente de los arrabales,
todos eran semejantes y justos con el suelo, vivían de él con los animales y los bosques en su paraíso por debajo del cielo.

El sacerdote de la comunidad era un joven culto e inteligente,
diestro para hablar, atractivo y muy bueno con su gente.
Leía las estrellas, los cielos y hablaba con los animales, enseñaba a líderes y seguidores, a niños y ancianos, todos como iguales.
Guiaba a recolectores y cazadores por las rutas antiguas de sus predecesores, por tierras conocidas y a veces nuevas, por toda la región, por valles, cascadas, bosques y cuevas.

Su tribu no hacía más que andar y andar con las estaciones, recorriendo parajes sin dejar rastro de sus migraciones.
Ocasionalmente se hallaban con tribus más grandes o asentamientos enormes, se establecían cerca una temporada para después retomar su marcha por los alrededores.

El sacerdote era pleno más tenía un pesar y es que gustaba de ser maestro porque no podía procrear.
Su anhelo más grande era el de crear vida como la madre tierra lo hacía, pero sin capacidad propia, a experimentar con la vida se reducía.
Un árbol centenario que sólo crecía en una cierta región, se rumoraba mágico pues de sus hojas nacía una dulce canción.

Se decía que eran los árboles más viejos del mundo, hijos del viento y de la tierra, que narraban historias con sus raíces y hablaban desde el suelo con toda la sierra.
A sus pies se enterraba a los difuntos para que hallasen descaso, pues los árboles entonaban canciones desde el alba hasta el ocaso.
Les llamaban Cabezas pues sus frutos rojos asemejaban a la cabeza de un infante;
no tenían temporadas, siempre estaban en flor, mas en aquel bosque no se reproducían si no había suficiente calor.
En esa parte de la sierra rebosaba la vida, por lo cual en vez de seguir de largo, el sacerdote decidió retrasar un tiempo su partida.
Ahí se asentaron y construyeron sus casas de barro y madera, cerca de los árboles que florecían en la ladera; hicieron del llano campos de labranza, y del río cercano beta para la crianza.
Muchos años pasaron sin que retomaran su incansable andar, tiempo suficiente para que el sacerdote estudiara a los árboles que habían capturado su curiosidad.

Conocía de rituales, ingredientes y materiales.
Todo lo tenía ahí para sus estudios acerca de los minerales.
Creía que tal magia era más bien producto del entorno y no así del conjunto del todo, tantas plantas y animales fértiles en un mismo lugar le daban la esperanza de poder hallar una cura para su urgente causa.

La tribu aledaña que vivía en la sierra -mujeres ave, sátiros y hombres coyote- interactuaba escuetamente con los humanos para intercambiar alimentos, materiales y pieles, y a cada visita que hacían, ratificaban al sacerdote que su mal no tenía cura pues era obra de la madre tierra, sin embargo el hombre terqueaba por hallar una.

Fue así que un cierto día atestiguó algo sorprendente: de las raíces de un árbol de Cabeza vio surgir a una mujer serpiente.
Los moradores del bosque acudieron a auxiliarla con presteza, y explicaron a los humanos que ellos nacían a los pies de la maleza; que bajo el bosque yacían ancestros suyos sepultados con semillas, que con el tiempo habían crecido para ser árboles, plantas y más tarde, criaturillas.

El sacerdote quedó maravillado y del hueco comenzó a sacar raíces y piedras,
que molió con sangre, pieles de animales, minerales, huesos y demás ingredientes rituales.

Lo dejó reposar varios días hasta que de él salió un hombrecillo de cabeza enorme, cuyas palabras dulces encantaron al sorprendido hombre.
Hizo más mezclas y de ellas vinieron más criaturillas curiosas a los que llamó Cabecillas, pues compartían una misma alma repartida en varios cuerpos de arcilla.
Anunció gustoso su descubrimiento a la tribu entera, y celebraron alegres con cantos en torno a la hoguera.

Era tan grande su alegría que decidió compartir las buenas nuevas, enviando un cabecilla para cada líder tribal de las afueras.
Todos quedaron maravillados y enviaron de regreso alimentos, pieles y regalos, que aceptaron gustosos todos los fieles.
 El sacerdote estaba complacido, pues no sólo había creado vida sino medios de comunicación, así gente de distantes regiones podía saber qué pasaba sin la necesidad de enviar un mensajero a la locación.
Los hombrecillos relataban a sus dueños lo que sus semejantes atestiguaban en tierras lejanas, y así, sin necesidad de moverse, los reinos se comunicaban.

Aquello era un invento genial y más pronto que tarde, ya había demandas para producir más.
Emocionado, el sacerdote decidió seguir investigando, y así contrató a hombres para que la tierra siguieran escarbando.
Mejoró la fórmula y en aquello vio un negocio para acrecentar sus riquezas, sin saber que en la lejanía los moradores del bosque lo espiaban desde la maleza.
Una buena noche se enfrentaron con él, y le advirtieron que desgracias caerían de escarbar el suelo. De él nacían plantas y animales, le reclamaban, no era para usarse en sus banalidades.

 Sin embargo él los ignoró, y muy contento prosiguió con su excavación.
A la siguiente noche, decididos, los moradores del bosque atacaron para proteger a los árboles ancestrales, sin embargo fueron pronto replegados por los humanos y sus armas letales.
Así, los enfrentamientos se repitieron, hasta que los moradores del bosque finalmente se rindieron.
Marcharon a lo alto de la sierra, y jamás volvieron a los parajes.
Los humanos se apropiaron de la  tierra, excavado y talando el hermoso paisaje.
Ya raramente se escuchaba a los árboles cantar, desde la caída del primero no hacían más que sollozar.

En un principio los hombres se resistieron a la devastación, más con las ventas creciendo pronto se les pasó la indignación.
Tenían pieles sin necesidad de cazar, y alimentos que no tenían que cultivar. Los pueblos aledaños los alimentaban por producir los cabecillas que tanto se demandaban. Pronto ya nadie labraba la tierra, y todos se entretenían sacando raíces de la sierra.
Los árboles poco a poco fueron desapareciendo hasta que la zona se transformó de bosque a pastizal, y los años pasaron sin que nadie pensara en reforestar.
El clima cambió, ahora todo era caliente; las generaciones pasaron hasta que del bosque se olvidó la gente.
Ya nadie escuchaba hablar de los árboles de Cabeza que canciones entonaban, sino que buscaban sus enormes raíces que en la tierra se encarnaban.

Todos se dedicaban completamente a la extracción, de forma tal que los niños se quedaban todo el día sin supervisión.
Para esas épocas todos tenían ya un cabecilla con el que charlaban con la familia; al parecer la distancia era una cosa del pasado como lo eran sus orígenes, sus tradiciones y su legado.
Los adultos salían temprano a trabajar, volviendo tarde solamente a descansar. Puesto que el trabajo era demandante y las raíces cada vez más escasas, la paga era miserable, y miserables se tornaban las casas.
Los niños yacían solos todo el tiempo, siendo visitados solamente a la hora del cuento.
Al mundo lo conocían a través de relatos, ya no era necesario verse para pasar el rato.
Los vecinos apenas y se frecuentaban, no gustaba de verse y se limitaban a saludarse desde la entrada. Compartían más chismes por mensajería y voz de cabecilla, ya no era necesario salir a verse ni llenarse las plantas de arcilla.

Aún así la producción dejaba, de tal forma que a pesar de la explotación, el trabajo no escaseaba. Con la creciente demanda, la economía parecía florecer, pero lo mismo no se decía de la sierra, que con tristeza comenzaba a perecer.
Escaseaban los animales grandes, los árboles, las flores y las sagradas serpientes, no renacía la vida ni en el valle, ni en la montaña, ni en las escarpadas pendientes. A pesar de que el río corría, ya no se escuchaban ni su arrullo ni su cantar; por sus aguas llenas de tierra escavada ya no se veían ni aves ni ranas ni peces pulular.
Del suelo crecían solamente pastos altos que más pronto que tarde terminaban muertos. Ya no crecían ni arbustos, ni bayas, ni cactus, ni hortalizas, ni enredaderas, ni setos.
Aunque la gente parecía notarlo, no era tema de preocupación, pues la producción minera se encargaba plenamente de alimentar a la población.

Una ciudad vecina cuya gente padecía, llamaba tercamente a la lluvia para acabar con la sequía. Sin embargo sus ruegos y rituales resultaban en vano, pues sin los moradores del bosque aquellas tierras se transformaban en un seco llano. Buscaron por toda la región formas de alimentarse, más todo se había devastado y no existían ya formas de sustentarse.

Fue así que repararon en la causa de todos sus males: la tribu minera que había acabado con el bosque y los animales. Se trataba de los productores de los cabecillas, los mismos que habían derrochado en el río sus sobrantes de metales, piedras y arcillas. Se dieron cuenta, además, que ya nadie labraba el terreno, todos se dedicaban a la minería y se les pagaba con alimento ajeno.

Sintieron furia, ira y coraje, pues la ciudad entera pagaba con hambre las labores de aquel pueblo salvaje. No había para donde voltear, todo estaba igual por doquier, los niños lloraban, las crías morían y ya no había nada que hacer.
A menos que, acordaron algunos, les arrebataran sus tierras labradas en nombre de la avaricia. Les quitarían sus casas, sus raíces, sus minerales y sus insumos como pago por su enorme codicia.
Asintió el pueblo entero a la decisión y pusieron a planear la peligrosa misión.
Si lograban adueñarse del negocio, todo estaría bien. Crecerían las plantas, cantaría el bosque y regresarían las aves también. Podrían producir Cabecillas a cambio de agua y alimentos, así los niños no morirían y las familias tendrían nuevamente un sustento.

Una noche de luna nueva, con el cielo negro sobre los campos de las afueras, los hombres de la ciudad vecina cercaron al pueblo por los pastizales, prendiendo fuego a la maleza seca, los troncos y los matorrales. El pueblo minero yacía dormido, arrullado por la canción a eco de los cabecillas, tan profundamente desconectados del ruido, que no notaron que afuera se perpetraba una guerrilla.
No había animales que alertaran de nada al atolondrado pueblo, de tal forma que ni siquiera notaron la velocidad a la que se acercaba el fuego. Cuando abrieron los ojos ya era demasiado tarde, todo a su alrededor había sido consumido por el voraz fuego que arde.

Se vinieron abajo casas, cabañas y corrales; nada quedó en pie tras el incendio de los matorrales. Sobrevivientes no hubo ninguno, apenas quedaron cenizas, carbón y humo.

Festejaron gustosos el éxito de la misión, pues con ese negocio acabarían con la inanición. Más, oh, sorpresa, que al escarbar la tierra no hallaron más que lombrices; el fuego había voraz que había carbonizado hasta la más anchas raíces.
Ya no había materia para producir, y debido a la sequía, la ciudad no tuvo más que partir.

Los siglos pasaron y el con el tiempo los moradores del bosque regresaron. La tierra se reverdeció, pero los de Cabezas jamás se volvió a escuchar ninguna canción.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

El Inicio de la Vida en la Tierra (Mito Central)

En un inicio había nada, y en medio de esa imponente vacuidad, toda la materia existente yacía unificada. Dos fuerzas cíclicas equitativas...