Hace mucho tiempo, en una tierra donde las colinas
se parten y el paisaje danza,
ahí donde sangraban los manantiales y reverberaban
la vida fértil y la esperanza,
existía un pueblo viejo de antiguos nómadas que
tejían cestos, mimbre y manta,
labraban la tierra, seguían al arrollo, hablaban
con los árboles y vivían con templanza.
Viajaban de región en región, siguiendo a las aves
de norte a sur,
como la vida iba y venía, andando, andando en
busca de calor y luz.
No temían a la noche ni a los animales, no había
extraños ni gente de los arrabales,
todos eran semejantes y justos con el suelo, vivían
de él con los animales y los bosques en su paraíso por debajo del cielo.
El sacerdote de la comunidad era un joven culto e
inteligente,
diestro para hablar, atractivo y muy bueno con su
gente.
Leía las estrellas, los cielos y hablaba con los
animales, enseñaba a líderes y seguidores, a niños y ancianos, todos como
iguales.
Guiaba a recolectores y cazadores por las rutas
antiguas de sus predecesores, por tierras conocidas y a veces nuevas, por toda
la región, por valles, cascadas, bosques y cuevas.
Su tribu no hacía más que andar y andar con las
estaciones, recorriendo parajes sin dejar rastro de sus migraciones.
Ocasionalmente se hallaban con tribus más grandes
o asentamientos enormes, se establecían cerca una temporada para después
retomar su marcha por los alrededores.
El sacerdote era pleno más tenía un pesar y es que
gustaba de ser maestro porque no podía procrear.
Su anhelo más grande era el de crear vida como la
madre tierra lo hacía, pero sin capacidad propia, a experimentar con la vida se
reducía.
Un árbol centenario que sólo crecía en una cierta
región, se rumoraba mágico pues de sus hojas nacía una dulce canción.
Se decía que eran los árboles más viejos del
mundo, hijos del viento y de la tierra, que narraban historias con sus raíces y
hablaban desde el suelo con toda la sierra.
A sus pies se enterraba a los difuntos para que
hallasen descaso, pues los árboles entonaban canciones desde el alba hasta el ocaso.
Les llamaban Cabezas pues sus frutos rojos asemejaban
a la cabeza de un infante;
no tenían temporadas, siempre estaban en flor, mas
en aquel bosque no se reproducían si no había suficiente calor.
En esa parte de la sierra rebosaba la vida, por lo
cual en vez de seguir de largo, el sacerdote decidió retrasar un tiempo su
partida.
Ahí se asentaron y construyeron sus casas de barro
y madera, cerca de los árboles que florecían en la ladera; hicieron del llano
campos de labranza, y del río cercano beta para la crianza.
Muchos años pasaron sin que retomaran su
incansable andar, tiempo suficiente para que el sacerdote estudiara a los
árboles que habían capturado su curiosidad.
Conocía de rituales, ingredientes y materiales.
Todo lo tenía ahí para sus estudios acerca de los
minerales.
Creía que tal magia era más bien producto del
entorno y no así del conjunto del todo, tantas plantas y animales fértiles en
un mismo lugar le daban la esperanza de poder hallar una cura para su urgente
causa.
La tribu aledaña que vivía en la sierra -mujeres
ave, sátiros y hombres coyote- interactuaba escuetamente con los humanos para
intercambiar alimentos, materiales y pieles, y a cada visita que hacían,
ratificaban al sacerdote que su mal no tenía cura pues era obra de la madre
tierra, sin embargo el hombre terqueaba por hallar una.
Fue así que un cierto día atestiguó algo
sorprendente: de las raíces de un árbol de Cabeza vio surgir a una mujer
serpiente.
Los moradores del bosque acudieron a auxiliarla con
presteza, y explicaron a los humanos que ellos nacían a los pies de la maleza;
que bajo el bosque yacían ancestros suyos sepultados con semillas, que con el
tiempo habían crecido para ser árboles, plantas y más tarde, criaturillas.
El sacerdote quedó maravillado y del hueco comenzó
a sacar raíces y piedras,
que molió con sangre, pieles de
animales, minerales, huesos y demás ingredientes rituales.
Lo dejó reposar varios días hasta que de él salió
un hombrecillo de cabeza enorme, cuyas palabras dulces encantaron al
sorprendido hombre.
Hizo más mezclas y de ellas vinieron más criaturillas
curiosas a los que llamó Cabecillas, pues compartían una misma alma repartida
en varios cuerpos de arcilla.
Anunció gustoso su descubrimiento a la tribu
entera, y celebraron alegres con cantos en torno a la hoguera.
Era tan grande su alegría que decidió compartir
las buenas nuevas, enviando un cabecilla para cada líder tribal de las afueras.
Todos quedaron maravillados y enviaron de regreso alimentos,
pieles y regalos, que aceptaron gustosos todos los fieles.
El
sacerdote estaba complacido, pues no sólo había creado vida sino medios de
comunicación, así gente de distantes regiones podía saber qué pasaba sin la
necesidad de enviar un mensajero a la locación.
Los hombrecillos relataban a sus dueños lo que sus
semejantes atestiguaban en tierras lejanas, y así, sin necesidad de moverse,
los reinos se comunicaban.
Aquello era un invento genial y más pronto que
tarde, ya había demandas para producir más.
Emocionado, el sacerdote decidió seguir
investigando, y así contrató a hombres para que la tierra siguieran escarbando.
Mejoró la fórmula y en aquello vio un negocio para
acrecentar sus riquezas, sin saber que en la lejanía los moradores del bosque
lo espiaban desde la maleza.
Una buena noche se enfrentaron con él, y le
advirtieron que desgracias caerían de escarbar el suelo. De él nacían plantas y
animales, le reclamaban, no era para usarse en sus banalidades.
Sin embargo
él los ignoró, y muy contento prosiguió con su excavación.
A la siguiente noche, decididos, los moradores del
bosque atacaron para proteger a los árboles ancestrales, sin embargo fueron pronto
replegados por los humanos y sus armas letales.
Así, los enfrentamientos se repitieron, hasta que
los moradores del bosque finalmente se rindieron.
Marcharon a lo alto de la sierra, y jamás volvieron a los parajes.
Los humanos se apropiaron de la tierra, excavado y
talando el hermoso paisaje.
Ya raramente se escuchaba a los árboles cantar,
desde la caída del primero no hacían más que sollozar.
En un principio los hombres se resistieron a la
devastación, más con las ventas creciendo pronto se les pasó la indignación.
Tenían pieles sin necesidad de cazar, y alimentos
que no tenían que cultivar. Los pueblos aledaños los alimentaban por producir
los cabecillas que tanto se demandaban. Pronto ya nadie labraba la tierra, y
todos se entretenían sacando raíces de la sierra.
Los árboles poco a poco fueron desapareciendo
hasta que la zona se transformó de bosque a pastizal, y los años pasaron sin que
nadie pensara en reforestar.
El clima cambió, ahora todo era caliente; las
generaciones pasaron hasta que del bosque se olvidó la gente.
Ya nadie escuchaba hablar de los árboles de Cabeza
que canciones entonaban, sino que buscaban sus enormes raíces que en la tierra
se encarnaban.
Todos se dedicaban completamente a la extracción,
de forma tal que los niños se quedaban todo el día sin supervisión.
Para esas épocas todos tenían ya un cabecilla con
el que charlaban con la familia; al parecer la distancia era una cosa del
pasado como lo eran sus orígenes, sus tradiciones y su legado.
Los adultos salían temprano a trabajar, volviendo
tarde solamente a descansar. Puesto que el trabajo era demandante y las raíces
cada vez más escasas, la paga era miserable, y miserables se tornaban las
casas.
Los niños yacían solos todo el tiempo, siendo visitados
solamente a la hora del cuento.
Al mundo lo conocían a través de relatos, ya no
era necesario verse para pasar el rato.
Los vecinos apenas y se frecuentaban, no gustaba
de verse y se limitaban a saludarse desde la entrada. Compartían más chismes
por mensajería y voz de cabecilla, ya no era necesario salir a verse ni
llenarse las plantas de arcilla.
Aún así la producción dejaba, de tal forma que a
pesar de la explotación, el trabajo no escaseaba. Con la creciente demanda, la
economía parecía florecer, pero lo mismo no se decía de la sierra, que con
tristeza comenzaba a perecer.
Escaseaban los animales grandes, los árboles, las
flores y las sagradas serpientes, no renacía la vida ni en el valle, ni en la
montaña, ni en las escarpadas pendientes. A pesar de que el río corría, ya no
se escuchaban ni su arrullo ni su cantar; por sus aguas llenas de tierra
escavada ya no se veían ni aves ni ranas ni peces pulular.
Del suelo crecían solamente pastos altos que más
pronto que tarde terminaban muertos. Ya no crecían ni arbustos, ni bayas, ni
cactus, ni hortalizas, ni enredaderas, ni setos.
Aunque la gente parecía notarlo, no era tema de
preocupación, pues la producción minera se encargaba plenamente de alimentar a
la población.
Una ciudad vecina cuya gente padecía, llamaba
tercamente a la lluvia para acabar con la sequía. Sin embargo sus ruegos y
rituales resultaban en vano, pues sin los moradores del bosque aquellas tierras
se transformaban en un seco llano. Buscaron por toda la región formas de
alimentarse, más todo se había devastado y no existían ya formas de
sustentarse.
Fue así que repararon en la causa de todos sus
males: la tribu minera que había acabado con el bosque y los animales. Se
trataba de los productores de los cabecillas, los mismos que habían derrochado
en el río sus sobrantes de metales, piedras y arcillas. Se dieron cuenta,
además, que ya nadie labraba el terreno, todos se dedicaban a la minería y se
les pagaba con alimento ajeno.
Sintieron furia, ira y coraje, pues la ciudad
entera pagaba con hambre las labores de aquel pueblo salvaje. No había para
donde voltear, todo estaba igual por doquier, los niños lloraban, las crías
morían y ya no había nada que hacer.
A menos que, acordaron algunos, les arrebataran sus
tierras labradas en nombre de la avaricia. Les quitarían sus casas, sus raíces,
sus minerales y sus insumos como pago por su enorme codicia.
Asintió el pueblo entero a la decisión y pusieron
a planear la peligrosa misión.
Si lograban adueñarse del negocio, todo estaría
bien. Crecerían las plantas, cantaría el bosque y regresarían las aves también.
Podrían producir Cabecillas a cambio de agua y alimentos, así los niños no
morirían y las familias tendrían nuevamente un sustento.
Una noche de luna nueva, con el cielo negro sobre
los campos de las afueras, los hombres de la ciudad vecina cercaron al pueblo
por los pastizales, prendiendo fuego a la maleza seca, los troncos y los
matorrales. El pueblo minero yacía dormido, arrullado por la canción a eco de
los cabecillas, tan profundamente desconectados del ruido, que no notaron que afuera
se perpetraba una guerrilla.
No había animales que alertaran de nada al atolondrado
pueblo, de tal forma que ni siquiera notaron la velocidad a la que se acercaba
el fuego. Cuando abrieron los ojos ya era demasiado tarde, todo a su alrededor
había sido consumido por el voraz fuego que arde.
Se vinieron abajo casas, cabañas y corrales; nada
quedó en pie tras el incendio de los matorrales. Sobrevivientes no hubo
ninguno, apenas quedaron cenizas, carbón y humo.
Festejaron gustosos el éxito de la misión, pues
con ese negocio acabarían con la inanición. Más, oh, sorpresa, que al escarbar
la tierra no hallaron más que lombrices; el fuego había voraz que había
carbonizado hasta la más anchas raíces.
Ya no había materia para producir, y debido a la
sequía, la ciudad no tuvo más que partir.
Los siglos pasaron y el con el tiempo los
moradores del bosque regresaron. La tierra se reverdeció, pero los de Cabezas
jamás se volvió a escuchar ninguna canción.
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